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lunes, 24 de abril de 2017

PoeTas: Elizabeth Bishop.El arte de perder.

El arte de perder se domina fácilmente;
tantas cosas parecen decididas a extraviarse
que su pérdida no es ningún desastre.
Pierde algo cada día. Acepta la angustia
de las llaves perdidas, de las horas derrochadas en vano.
El arte de perder se domina fácilmente.
Después entrénate en perder más lejos, en perder más rápido:
lugares y nombres, los sitios a los que pensabas viajar.
Ninguna de esas pérdidas ocasionará el desastre.
Perdí el reloj de mi madre. Y mira, se me fue
la última o la penúltima de mis tres casas amadas.
El arte de perder se domina fácilmente.
Perdí dos ciudades, dos hermosas ciudades. Y aun más:
algunos reinos que tenía, dos ríos, un continente.
Los extraño, pero no fue un desastre.
Incluso al perderte (la voz bromista, el gesto
que amo) no habré mentido. Es indudable
que el arte de perder se domina fácilmente,
así parezca (¡escríbelo!) un desastre.










Elizabeth Bishop (WorcesterMassachusetts8 de febrero de 1911 - Boston6 de octubre de 1979) fue una poetaestadounidense, distinguida como poeta laureada de los Estados Unidos (1949-1950) y Premio Pulitzer de poesía en 1956.



sábado, 15 de abril de 2017

El canon de los marginados Los escritores de culto, esos autores olvidados y desconocidos por el mercado y la cultura oficial, fascinan a los investigadores y son objeto de análisis. Pero también, nombres como Macedonio Fernández o Juan L. Ortiz funcionan como políticas de intervención en el campo literario para quienes los descubren. Opina el académico Julio Premat. Por: Osvaldo Aguirre

Buenas tardecitas otoñales. Hoy sábado , les posteo una nota sobre los poetas marginados. Disfrutenla.






EL ANCESTRO del escritor de culto es el poeta maldito. Esta figura se proyectó desde fines del siglo XIX a partir del libro de Paul Verlaine (1884) que difundió la expresión, aplicada en principio a escritores injustamente olvidados y desconocidos.


Sus textos suelen circular en ámbitos restringidos, al margen de la industria editorial. Leídos con devoción, encarnan un canon alternativo, la pista capaz de mantenerse largo tiempo latente hasta asomar en la superficie. Es que no sólo se desentienden de la publicación, sino de las propias obras, que terminan siendo una creación compartida con sus herederos y albaceas. De Macedonio Fernández a Ricardo Zelarayán, de Juan L. Ortiz a Osvaldo Lamborghini, los escritores de culto conforman una línea que atraviesa la literatura argentina contemporánea y pone en cuestión las consagraciones y los reconocimientos de la crítica y el periodismo. 

La figura de Macedonio Fernández (1874-1952) preside este cenáculo de escritores renuentes al gran público y la cultura oficial. Las tertulias que lo tenían como protagonista en la confitería La Perla fueron el escenario donde despuntó su genio, a través de especulaciones, bromas y ocurrencias atesoradas en la memoria de los acólitos. El cronista de tales reuniones no fue otro que Borges, en artículos y homenajes dedicados a ese hombre gris que redescubría los problemas eternos de la filosofía ante un pequeño círculo de oyentes. "Yo heredé de mi padre la amistad y el culto de Macedonio", dijo.

Ese culto, tal como lo relató Borges, parece un modelo de los que luego rodearon a otros escritores argentinos. Macedonio, al parecer, no se sentía escritor: "la literatura le importaba menos que el pensamiento, y la publicación menos que la literatura, es decir, casi nada". Consideraba los textos de No toda es vigilia la de los ojos abiertos como borradores, y lo primero que sus palabras borraban eran las nociones de autor y obra en el sentido corriente. Los proyectos frustrados –escribir una novela fantástica en grupo, desplegar una conspiración algo infantil alrededor de una candidatura presidencial– tenían más valor que los realizados, y cobraron proporciones con la leyenda. En aquellas tertulias participaba Santiago Dabove (1889-1951), otro escritor que también prefería, paradójicamente, la palabra oral a la escrita y cuyo único libro, La muerte y su traje (1961), dio lugar a un culto póstumo.

La singularidad de Macedonio se recortaba sobre el nosotros del grupo que lo escuchaba y luego difundía su palabra. Si Borges hablaba en plural al evocarlo, era tal vez para reponer el auditorio ante el cual el maestro pronunciaba sus frases memorables. "Yo por aquellos años lo imité, hasta la transcripción, hasta el apasionado y devoto plagio", confesó. La veneración es característica. Juan José Saer la observó en el círculo que rodeaba a Aldo Oliva (1927-2000) en la antigua Facultad de Filosofía y Letras de Rosario y en los ambientes intelectuales de Santa Fe en los años 60 y 70: "siempre tenía discípulos que lo seguían a todas partes y le imitaban, como diría Borges, hasta la manera de escupir". El grupo era llamado Malvaloca, en alusión a "una marca de aceite que tenía el 90 por ciento de oliva".

El mercado maldito
El ancestro del escritor de culto es el poeta maldito. Esta figura se proyectó desde fines del siglo XIX a partir del libro de Paul Verlaine (1884) que difundió la expresión, aplicada en principio a escritores injustamente olvidados y desconocidos. Su aparición coincidió con el surgimiento de la industria editorial moderna, y quizá no se trató de una casualidad, desde el momento en que esos autores retraídos y desconsiderados podían manifestar la resistencia de los hombres de letras ante las demandas del público masivo y la publicidad. Pero el escritor de culto termina por ocupar una posición ambigua: sus mismas características, el aura que le otorgan el anecdotario y las frases que ponen en circulación sus discípulos, lo convierten en un objeto atractivo para el mercado.

Los escritores de culto abonan la historia de los rechazos. El traductor, la gran novela de Salvador Benesdra (1952-1996), compitió dos veces por el premio Planeta, una decena de editoriales desestimó su publicación y recién apareció de manera póstuma y con un subsidio. Si bien Julio Cortázar auspició su primer libro en Sudamericana, Néstor Sánchez (1935-2003) encontró las mismas dificultades en una vida de trotamundos en la que fue becario en Iowa, adherente a los grupos de Gurdjieff y clochard en Manhattan. "Mi imagen como escritor es por lo general resistida –dijo en una entrevista– y esto llega al ámbito de las editoriales, donde aparezco como un raro de cierto peligro". Sin embargo, durante su largo exilio, fue también lector de Gallimard y publicó en esta prestigiosa editorial y en Seix Barral.

Si se cree en ciertos mitos, los sucesos de ventas resultan indiferentes a estos escritores. Pese a la repercusión de El fiord, su primer libro, Osvaldo Lamborghini (1940-1985) dejó de interesarse por la publicación. En el panegírico que escribió como prólogo a la primera edición de Novelas y cuentos (1988), César Aira cuenta que él mismo mecanografió algunos de sus textos, y en algunos casos, al extraviarse el original, las copias ocuparon su lugar.

La industria editorial, con sus preferencias y sobre todo con sus negativas, contribuye a la construcción de estas figuras de escritores. A veces, los ataques que recibe responden sólo al mito. La marginación de Juan Filloy (1894-2000), por ejemplo, fue más bien una estrategia del propio autor: dada su situación como juez, prefirió publicar en ediciones privadas o directamente dejar inéditos textos que precisamente ponían en entredicho el sentido de la ley. Desde los años 70, Filloy atrajo la atención de la prensa: su longevidad, la dedicación insólita a la creación de palíndromos y la costumbre de titular sus novelas –más de cincuenta– con siete letras o múltiplos de siete bastaban para provocar la curiosidad. Los ataques que recibieron algunos de sus libros –Op oloop fue considerado pornográfico en 1934 y Vil y Vil prohibido por la dictadura militar en 1976– incidieron también en su rescate, aunque sólo en fecha reciente comenzó a desarrollarse un plan editorial sobre la obra.

La historia de Juan Rodolfo Wilcock (1919-1978) muestra idas y venidas similares. De autor consagrado por la revista Sur pasó a ser un escritor ignorado en la Argentina, a partir de su radicación en Italia, en 1957, y el abandono del castellano por el italiano como lengua de escritura. No provocaba esa simpatía necesaria para un culto, al contrario: era tan odiado por sus colegas que temía ataques personales y en el caso de una cena organizada por la SADE, contaba Silvina Ocampo, llevó su propia comida por temor a ser envenenado. Su redescubrimiento, en los 90, fue posible a partir de una nueva generación de escritores.

Perdidos en los papeles

La casa de Juan L. Ortiz (1896-1978) en Paraná fue el camino de Damasco para muchos escritores. Ir de visita "se transformó desde mediados de los años 50 en un ritual iniciático de la joven poesía argentina", según Saer. Este peregrinaje se renovó en los años 90, no ya con el autor sino con su obra, a propósito de su reedición (1996) y de un grupo de intelectuales que volvió a situarla en ese punto donde la había ubicado Gola: el comienzo de una nueva tradición.

"Cuando estaba Juan, él era el centro de todas las reuniones", recuerda Gola en un extenso artículo inédito. Su aspecto frágil engañaba; hablaba sin parar, aunque "nunca se comportó como un maestro que se reunía con sus discípulos: nos leía sus poemas con total humildad, explicándonos los pasajes que consideraba oscuros". Sergio Delgado, su compilador, cuenta que esas sesiones eran extensas. Una noche, la lectura se prolongó hasta la madrugada y gran parte del auditorio se quedó dormido. Delgado compara esta anécdota con la de Cristo en el Monte de los olivos: "es difícil luchar contra la vigilia del poeta, poseer sus ojos, su mirada sobre el mundo". 

Juanele fue, como ningún otro, el escritor olvidado y menospreciado por los críticos y los historiadores, que elabora en secreto una obra monumental y un día alcanza el reconocimiento. Una proyección actual puede ser la del pampeano Juan Carlos Bustriazo Ortiz (1928), con unos 80 libros escritos y seis publicados; cada año sus lectores peregrinan hasta Santa Rosa para participar en las jornadas Canto Quetral, en conmemoración de su nacimiento.

En el extremo opuesto se encuentran autores como Bernardo Jobson (1928-1986), con sólo un libro de cuentos publicado y varios perdidos. Pero es sobre todo Ricardo Zelarayán (1928) quien actualiza con intensidad la figura del escritor que no escribe, el escritor que se extravía en sus papeles. "Confieso que me he perdido en Lata peinada, una novela enorme y torrencial", dijo a propósito de una obra largamente esperada y que al fin se publicó el año pasado. Las prosas de Lata peinada (Argonauta), dicen los editores, son "páginas escritas a máquina o en letras grandes, en imprenta a veces, en hojas de redacción, amarillas, con puntuación disímil, sin ningún orden". Ese aparente caos también se explica –o se profundiza– con las mismas ideas que pone en juego Zelarayán al escribir.

El reconocimiento de Zelarayán es obra de los poetas jóvenes de los 90. Un fenómeno similar ocurre con Darío Canton (1928). De la misma llama, su autobiografía en seis volúmenes, consiguió el raro privilegio de ser valorada en textos de un notable conjunto de críticos (Helder, Dobry, Marcelo Díaz, Ana Porrúa y Battilana, entre otros). Escritoras como Angélica Gorodischer y María Teresa Andruetto han llamado la atención sobre la obra prácticamente desconocida de Paula Wajsman (1939-1995), autora de la novela Informe de París (1990), los cuentos de Crónicas e infundios (1999) y dos libros de poemas y sesenta cuadernos inéditos; textos inhallables que circulan en fotocopias, de mano en mano.

Esos movimientos no son inocentes. La creación de un escritor de culto se relaciona también con la tradición literaria y con los posicionamientos de nuevos autores. Mempo Giardinelli en el caso de Filloy, Abelardo Castillo con Jobson, Aira a propósito de Osvaldo Lamborghini, Saer y Gola con Juan L. Ortiz: detrás de un autor de culto siempre hay un escritor que apunta a una intervención fuerte en el campo literario.