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lunes, 25 de julio de 2016

Su culto por la austeridad terminó de fraguar el día en que asistió a la gran exposición imperial sobre el arte del Japón del año 1900. Al salir escribió: “Los japoneses pintan una rama en flor y logran retratar la primavera. En los ampulosos paisajes primaverales de nuestros pintores, en cambio, a duras penas hay una rama verdaderamente florecida”. Así era su relación con el dinero: Schnitzler se lo cruzó por la calle una tarde y, como hacía siempre, lo invitó a cenar, sólo que en el camino al restaurante descubrió que había dejado la billetera en casa. “No te preocupes”, le dijo Altenberg, “tú me invitas pero pago yo”, y sacó de su bolsillo un puñado de billetes arrugados. Era capaz de pedir la indelicada suma de cien coronas y después gastárselas enteramente en un telegrama kilométrico agradeciendo la confianza. Una vez le escribió de urgencia a su hermano, el empresario Georg Englander: “Querido hermano, manda enseguida veinte coronas. He puesto todos los ahorros en el Banco y estoy ante la nada”. Cuando se abrió su testamento, en 1919 se descubrió que dejaba una cuantiosa suma a repartir entre los cocheros y las putas que paraban en la esquina del Hotel London de la Wallnerstrasse, sólo que esa cuantiosa suma estaba en coronas austríacas de antes de la guerra: un dinero que no valía nada, como él supo entender antes que nadie. Predicaba el nudismo en la ciudad, el vegetarianismo en el campo y la vida en comunión con la naturaleza, pero sólo se sentía en casa pisando el empedrado de las calles de Viena, bajo la luz de los faroles a gas. Y a quienes lo acusaban de impostor, les contestaba angélicamente: “He sido jurista sin estudiar derecho, médico sin estudiar medicina, librero sin vender libros, amante sin casarme y poeta sin escribir poemas. Tengo enemigos, dispépticos psíquicos que detestan mi procedimiento abreviado, porque detestan el estilo telegráfico del alma, que cala con demasiada precisión el idiotismo de cada uno”. Frase que lo pinTaba como el Poeta avanzaDo que eRa . Peter Altenberg

Cavilaciones de un revolucionario (fragmento)
“Los debilitamientos trágicos: comer cuando no se tiene hambre. Beber cuando no se tiene sed. Moverse cuando se necesita descanso. Copular cuando se carece de amor. ¡Sabiamente nos conduce la naturaleza! Cuando tenemos hambre, al pan. Cuando tenemos sed, al agua. Cuando estamos cansados, al sueño. Cuando estamos llenos de amor, a la mujer. No tomarse la propia vida más en serio que una pieza de Shakespeare! ¡Pero tampoco menos! Dejar que la vida se apodere de uno como en el teatro. El teatro de la vida. ¡Ser el espectador ideal de uno mismo! ¡Estar del todo concentrado y, sin embargo, saber salir luego de los embrollos e intrigas al aire fresco de la noche! ¡Haber vivido lo que no se ha vivido y no haber vivido lo que se ha vivido! ¡Así te purificas de ti mismo! Y tus “propias tragedias” te proporcionan la sonrisa…de la sabiduría.” – Peter Altenberg


Peter Altenberg, cuyo verdadero nombre era Richard Engländer (Viena9 de marzo de 1859 - Viena8 de enero de 1919) fue un destacado escritor y poeta austríaco.



Eran los tiempos en que los grandes conversadores tenían en Viena el mismo prestigio que los escritores: cuando el famoso abogado Sperber se sentaba a jugar a las cartas en el Central, se hacía una fila detrás de su silla que llegaba hasta la calle y así se iban repitiendo de boca en boca las frases que decía. Altenberg era vienés hasta la médula, pero no soportaba los valses. Decía que un aforismo era algo mediante lo cual un escritor se ahorraba de escribir un ensayo. Dormía de día y brillaba de noche. Cobraba por sus reflexiones en su recorrida nocturna por los cafés, y así pagaba sus tragos y el hotel por horas donde dormía durante el día. Según Loos, era el alcohólico más raro del mundo: bebía para dormir. Sus personas favoritas en el mundo eran “las putas cándidas y los cocheros que saben escuchar” y le gustaba decir que ni su nombre era suyo: hasta ese punto renegaba de la propiedad. Había nacido en el seno de una próspera familia judía asimilada (fue bautizado y luego educado en el culto a la hipocresía católica y la superioridad austríaca). Uno de sus maestros de escuela lo definió como “un genio sin cualidades”. En un examen en que debía explayarse sobre “La influencia del Nuevo Mundo”, se limitó a escribir una y otra vez la palabra papas en la hoja de examen. Un psiquiatra contratado por su padre le diagnosticó una “sobreexcitación del sistema nervioso” que lo hacía médicamente inepto para cualquier empleo. Él tomó el diagnóstico al pie de la letra: abandonó su nombre de nacimiento (Richard Englander) para salvar el honor familiar y se sumergió en la bohemia: su dirección postal a partir de entonces hasta el día de su muerte, cuarenta años después, fue sencillamente: “Café Central, Viena”.



Antes de hacerse conocido como escritor, fue un pionero de la ropa informal (él mismo adaptaba a su gusto la ropa usada que le regalaban), del uso de sandalias en la ciudad (los nudistas hicieron suyo el epigrama: “Un pie hermoso es más bello que un zapato hermoso”) y de las tarjetas postales (cada vez que conocía a una puta o bailarina especialmente angelical la hacía fotografiar, en el reverso del retrato escribía uno de sus aforismos y enviaba la postal por correo a alguno de sus innumerables amigos). Dos veces debieron internarlo en el manicomio de Steinhof. La primera vez fue breve y lo rescataron Loos y Kraus para llevárselo a Venecia (la única vez que salió de Austria). Era el verano de 1913. En el Lido vieron caminando al jovencito Georg Trakl. Altenberg se acercó al poeta y conversaron en susurros durante un rato. Loos y Kraus contemplaban la escena a la distancia. Nunca lograron saber qué le dijo uno al otro. Uno y otro volverían a ser internados poco después: Trakl se suicidó en el manicomio al año siguiente, Altenberg recibió el alta pocos días después de que estallara la guerra y pidió quedarse hasta 1918.
Poema (Fragmento)

¿Has visto el bosque 
después de la tormenta?
Todo reposa, destella 
y es más bello que antes.
Mira, mujer, 
¡también tú necesitas tormentas! – Peter Altenberg


Su culto por la austeridad terminó de fraguar el día en que asistió a la gran exposición imperial sobre el arte del Japón del año 1900. Al salir escribió: “Los japoneses pintan una rama en flor y logran retratar la primavera. En los ampulosos paisajes primaverales de nuestros pintores, en cambio, a duras penas hay una rama verdaderamente florecida”. Así era su relación con el dinero: Schnitzler se lo cruzó por la calle una tarde y, como hacía siempre, lo invitó a cenar, sólo que en el camino al restaurante descubrió que había dejado la billetera en casa. “No te preocupes”, le dijo Altenberg, “tú me invitas pero pago yo”, y sacó de su bolsillo un puñado de billetes arrugados. Era capaz de pedir la indelicada suma de cien coronas y después gastárselas enteramente en un telegrama kilométrico agradeciendo la confianza. Una vez le escribió de urgencia a su hermano, el empresario Georg Englander: “Querido hermano, manda enseguida veinte coronas. He puesto todos los ahorros en el Banco y estoy ante la nada”. Cuando se abrió su testamento, en 1919 se descubrió que dejaba una cuantiosa suma a repartir entre los cocheros y las putas que paraban en la esquina del Hotel London de la Wallnerstrasse, sólo que esa cuantiosa suma estaba en coronas austríacas de antes de la guerra: un dinero que no valía nada, como él supo entender antes que nadie.
Predicaba el nudismo en la ciudad, el vegetarianismo en el campo y la vida en comunión con la naturaleza, pero sólo se sentía en casa pisando el empedrado de las calles de Viena, bajo la luz de los faroles a gas. Y a quienes lo acusaban de impostor, les contestaba angélicamente: “He sido jurista sin estudiar derecho, médico sin estudiar medicina, librero sin vender libros, amante sin casarme y poeta sin escribir poemas. Tengo enemigos, dispépticos psíquicos que detestan mi procedimiento abreviado, porque detestan Su culto por la austeridad terminó de fraguar el día en que asistió a la gran exposición imperial sobre el arte del Japón del año 1900. Al salir escribió: “Los japoneses pintan una rama en flor y logran retratar la primavera. En los ampulosos paisajes primaverales de nuestros pintores, en cambio, a duras penas hay una rama verdaderamente florecida”. Así era su relación con el dinero: Schnitzler se lo cruzó por la calle una tarde y, como hacía siempre, lo invitó a cenar, sólo que en el camino al restaurante descubrió que había dejado la billetera en casa. “No te preocupes”, le dijo Altenberg, “tú me invitas pero pago yo”, y sacó de su bolsillo un puñado de billetes arrugados. Era capaz de pedir la indelicada suma de cien coronas y después gastárselas enteramente en un telegrama kilométrico agradeciendo la confianza. Una vez le escribió de urgencia a su hermano, el empresario Georg Englander: “Querido hermano, manda enseguida veinte coronas. He puesto todos los ahorros en el Banco y estoy ante la nada”. Cuando se abrió su testamento, en 1919 se descubrió que dejaba una cuantiosa suma a repartir entre los cocheros y las putas que paraban en la esquina del Hotel London de la Wallnerstrasse, sólo que esa cuantiosa suma estaba en coronas austríacas de antes de la guerra: un dinero que no valía nada, como él supo entender antes que nadie.
Predicaba el nudismo en la ciudad, el vegetarianismo en el campo y la vida en comunión con la naturaleza, pero sólo se sentía en casa pisando el empedrado de las calles de Viena, bajo la luz de los faroles a gas. Y a quienes lo acusaban de impostor, les contestaba angélicamente: “He sido jurista sin estudiar derecho, médico sin estudiar medicina, librero sin vender libros, amante sin casarme y poeta sin escribir poemas. Tengo enemigos, dispépticos psíquicos que detestan mi procedimiento abreviado, porque detestan el estilo telegráfico del alma, que cala con demasiada precisión el idiotismo de cada uno”.







domingo, 24 de julio de 2016

dOMINGOS dE lECTUra.

ILUSTRAdora

Morella Fuenmayor .


Poemas Bravos de RayMond Carver. Un escritor que brilla en la suciedad del realisMO.





Desocupado
Los que eran mejores que nosotros
vivían cómodamente en casas recién pintadas
con inodoros a botón en todos los baños.
Manejaban autos de modelo y marca
reconocibles.Para siempre
 A la deriva en una nube de humo,
sigo la raya que en el suelo del jardín deja un caracol
hasta el muro de piedra.
Solamente al final me acuclillo, veo

lo que hay que hacer y, de repente,
me adhiero a la piedra húmeda.
Empiezo a mirar lentamente alrededor
y a escuchar, utilizando para ello

mi cuerpo entero como el caracol
utiliza el suyo, relajado, pero alerta.
¡Atención! Esta noche es un hito
en mi vida. Después de esta noche,

¿cómo podré volver a mi
vida anterior? Mantengo los ojos fijos
en las estrellas, les hago señales
con mis antenas. Me sujeto bien
durante horas, descansando sin más.
Más tarde, la pena comienza
a gotear en mi corazón.
Recuerdo que mi padre está muerto,

Y que me voy a ir pronto
de esta ciudad. Para siempre.
Adiós, hijo, dice mi padre.
Casi al amanecer, bajo

y vuelvo errabundo a casa.
Todavía están esperándome,
el espanto aletea en sus rostros
cuando se encuentran con mis nuevos ojos por primera vez.
Los que no tenían trabajo, estaban apenados,
no les iba bien.
Sus autos extraños estaban estacionados
sobre cajones, ‘al fondo’ de casas polvorientas,
donde se amontonaban infinidad de objetos inútiles.
Los años pasan y todo y todos son reemplazados.
Existen siempre, es lo que dicen, nuevas oportunidades.
Pero, para decir la verdad,
a mí nunca me gustó Desocupado
Los que eran mejores que nosotros
vivían cómodamente en casas recién pintadas
con inodoros a botón en todos los baños.
Manejaban autos de modelo y marca
reconocibles.
Los que no tenían trabajo, estaban apenados,
no les iba bien.Miedo
Miedo a ver un coche de la policía acercarse a mi puerta.
Miedo a dormirme por la noche.
Miedo a no dormirme.
Miedo al pasado resucitando.
Miedo al presente echando a volar.
Miedo al teléfono que suena en la quietud de la noche.
Miedo a las tormentas eléctricas.
¡Miedo a la limpiadora que tiene una mancha en la mejilla!
Miedo a los perros que me han dicho que no muerden.
Miedo a la ansiedad.
Miedo a tener que identificar el cuerpo de un amigo muerto.
Miedo a quedarme sin dinero.
Miedo a tener demasiado, aunque la gente no creerá esto.
Miedo a los perfiles psicológicos.
Miedo a llegar tarde y miedo a llegar antes que nadie.
Miedo a la letra de mis hijos en los sobres.
Miedo a que mueran antes que yo y me sienta culpable.
Miedo a tener que vivir con mi madre cuando ella sea vieja, y yo también.
Miedo a la confusión.
Miedo a que este día acabe con una nota infeliz.
Miedo a llegar y encontrarme con que te has ido.
Miedo a no amar y miedo a no amar lo suficiente.
Miedo de que lo que yo amo resulte letal para los que amo.
Miedo a la muerte.
Miedo a vivir demasiado.
Miedo a la muerte.
           Ya he dicho eso.


Felicidad

oscuro todavía.
Me acerco a la ventana con una taza de café
y el atasco de siempre a estas horas de la mañana
en la cabeza.
Veo entonces al chico y a su amigo
calle arriba
repartiendo el periódico.
Llevan gorras y sudaderas,
uno de ellos con una bolsa al hombro.
Son tan felices
que no se dicen nada, estos chicos.
Creo que si pudieran, se cogerían
del brazo.
Es temprano por la mañana
y están haciendo esto juntos.
Se acercan, despacio.
El cielo empieza a cubrirse de luz,
aunque todavía cuelga pálida la luna sobre el agua.
Tanta belleza que, durante un instante,
la muerte o la ambición, incluso el amor,
no tienen cabida aquí.
Felicidad. Llega
de forma inesperada. Y sigue su camino, realmente.
Cualquier madrugad


Desocupado 

Los que eran mejores que nosotros 
vivían cómodamente en casas recién pintadas 
con inodoros a botón en todos los baños. 
Manejaban autos de modelo y marca 
reconocibles. 
Los que no tenían trabajo, estaban apenados, 
no les iba bien. 
Sus autos extraños estaban estacionados 
sobre cajones, ‘al fondo’ de casas polvorientas, 
donde se amontonaban infinidad de objetos inútiles. 
Los años pasan y todo y todos son reemplazados. 
Existen siempre, es lo que dicen, nuevas oportunidades. 
Pero, para decir la verdad, 
a mí nunca me gustó el trabajo. 
Mi objetivo era permanecer desocupado. 
Ése era mi mérito. 
Me gustaba la idea de sentarme en una silla, 
hora tras hora, frente a la casa, sin hacer nada 
con un sombrero sobre mi cabeza y tomando una gaseosa. 
¿Qué hay de malo en eso? 
Fumar, escupir de vez en cuando. 
Tallar madera con mi cuchillo. 
¿Hay daño o maldad en esto? 
En ocasiones salgo con mi perro a perseguir conejos. 
Tenés que hacerlo alguna vez. 
A veces levanto a un chico gordo y rubio como yo, 
diciéndole: ‘‘¿de dónde te conozco?’’. 

Nunca digas: ‘‘¿Qué querés ser cuando seas grande?’’ 


Raymond Clevie Carver, Jr. (25 de mayo de 1938 — 2 de agosto de 1988), escritor estadounidense adscrito al llamado realismo sucio. 
Los críticos asocian los escritos de Carver al minimalismo y le consideran el padre de la citada corriente del realismo sucio. En la época de su muerte Carver era considerado un escritor de moda, un icono que Estados Unidos "no podría darse el lujo de perder", según Richar Gottlieb, entonces editor de New Yorker. Sin duda era su mejor cuentista, quizá el mejor del siglo junto a Chéjov, en palabras del escritor chileno Roberto Bolaño. Al hilo de esta idea cabe destacar un soberbio cuento dedicado a los últimos días del referido escritor ruso de nombre "Tres rosas amarillas"

Carver nació en ClatskanieOregón y creció en YakimaWashington. Su padre trabajaba en un aserradero y era alcohólico. Su madre trabajaba como camarera y vendedora. Tuvo un único hermano llamado James Franklyn Carver que nació en 1943.
Durante algún tiempo, Carver estudió bajo la tutela del escritor John Gardner, en el Chico State College, en Chico,California. Publicó un sinnúmero de relatos en revistas y periódicos, incluyendo el New Yorker y Esquire, que en su mayoría narran la vida de obreros y gente de las clases desfavorecidas de la sociedad estadounidense. Sus historias han sido incluidas en algunas de las más prestigiosas compilaciones estadounidenses: Best American Short Stories y el Premio O. Henry de relatos cortos.
Carver estuvo casado dos veces. Su segunda esposa fue la poetisa Tess GallagherAlcohólico, cuyos efectos se manifiestan en algunos de sus personajes, Carver permaneció sobrio los últimos diez años de su vida. Era un gran amigo de Tobias Wolff y de Richard Ford, escritores también del realismo sucio.
En 1988, fue investido por la Academia Americana de Artes y Letras.





sábado, 23 de julio de 2016

L ucia Berlin, La Escritora Maldita Rescatada, la Raymond Carver Femenina.ESCRIBIO UN LIBRO ALUCINANTE" MANUal para mujeres de limpieza , basado en su vida..
















Manual para mujeres de la limpieza' es una antología de relatos basados en la vida itinerante de Lucia Berlin, una alcohólica inteligente y valiente que trabajó de todo para mantener a sus hijos





Lucia Berlin (Juneau, Alaska, 1936-Marina del Rey, California, 2004) pertenece a esa clase de escritoras estadounidenses “perdidas y halladas en el templo”. En el templo de la literatura, en este caso. Es una especie de club involuntario al que pertenecen mujeres de vida difícil o problemática: Shirley Jackson, Anne Sexton, Elizabeth Smart, la misma Dorothy Parker… El caso de Berlin es peculiar porque empezó a publicar (no a escribir) muy tarde y sólo a finales del pasado siglo se la comenzó a leer y reconocer como una narradora excepcional.
Su escritura, aun estando dentro de la gran tradición americana del cuento que procede de Chéjov, es absolutamente singular. A Lydia Davis —otra gran cuentista— le recuerda la franqueza y objetividad de los relatos de un William Carlos Williams, y es cierto, aunque la vida agitada de Berlin, que impregna a los personajes y escenarios de sus cuentos, contrasta con la tranquila prosa del gran poeta. En realidad, todo cuanto relata Berlin tiene tal olor a verdad que resulta evidente el uso de su experiencia personal para componer sus cuentos. Conoce muy bien los mecanismos del relato, como demuestra en el titulado ‘Punto de vista, un ejercicio de interrelación entre autora y personaje muy sugerente; en ‘Hasta la vista contemplamos el paso del tiempo sobre una relación, la felicidad que contiene y sobre los reflejos de esa felicidad cuando la vida se ha convertido simplemente en una costumbre; ‘Penas’ es una construcción literaria admirable del dolor escondido para aliviar otro dolor… En fin, para qué seguir: todo el libro es de primera.

El olor a verdad lo percibe el lector en cuanto empieza a leer. No se trata tanto de que cuente su vida, sino que lo que cuenta y, sobre todo, la manera de decir las cosas, posee una naturalidad fascinante. Cuenta como si se tratara de su propia vida (y en muchos casos lo es, en toda clase de detalles y anécdotas), pero habla de una experiencia humana que va más allá de lo personal, que se ceba en lo significativo, que se abre al mundo en vez de quedarse en el ámbito y la crónica de la propia vivencia. Lo que la mirada de Lucia Berlin abarca no tiene desperdicio y, además, escribe con un estilo en el que la espontaneidad juega duro. La espontaneidad, aquí, no es solo moral o social, es pura estética. 

Tampoco le importa soltar el relato una vez que ha conseguido decir lo que quiere, sin necesidad de cerrar una construcción como mandan los cánones.
Lucia Berlin es libertad y es intensidad: una mezcla emocionante. Su escritura parece saltar de una cosa a otra, como quien mira una habitación llena de trastos y mira sin orden, pero sabiendo perfectamente de qué habitación se trata. En realidad, el momento mágico de su escritura llega cuando el orden se revela y uno comprende que todo tiene su lugar por desconcertante, emotivo o cruel que parezca, y que la vida, como la escritura, consiste en ser receptivo y no dejarse vencer por la apariencia de los demonios. Es como uno de esos cuadros modernos que parecen representar un trozo de pared desconchada como cualquier otra que vemos por la calle hasta que nos percatamos de que ese motivo ha sido elegido y construido. Ahí aparece el valor trascendente de la mirada del artista que nos invita a comprender y compartir lo que él ha visto. La mirada del artista es la que, donde los demás ven lo obvio, ella ve lo distinto.



Este libro es una antología de 43 relatos basados en la vida itinerante de la autora, una mujer muy bella, casada tres veces, alcohólica, que trabajó duramente en toda clase de oficios para mantener a sus cuatro hijos. Cuenta vidas desastradas en las que el desastre se acepta con normalidad; no tiene reparo en mostrar la miseria humana; la degradación, la vulgaridad, la fealdad, la suciedad aceptada ni la ternura o la emoción de los inadaptados. Sus personajes son gente maltratada por la vida y por sí mismos, pero también audaces, que van de frente, con una intrepidez y una inconsciencia admirables. En el orden de los cuentos se advierte el paso del tiempo sobre la autora, lo que nos permite ver en ella el trayecto de la juventud a la vejez, lo que resulta muy sugestivo.
Además de escritora, lo más parecido a Raymond Carver que ha existido jamás, una Raymond Carver cuyas eléctricas historias "vibran y chisporrotean como unos cables pelados al tocarse"
Lo recuerda Lydia Davis, otra gran cuentista norteamericana que admiraba sobremanera a Berlin, y que, decidida a rescatarla del olvido, a la manera en que Charles Bukowski rescató a su maestro John Fante, la reivindica en el entusiasta prólogo que sirve de apertura a Manual para mujeres de la limpieza (Alfaguara), 
"La escritura de Lucia tiene nervio. Cuando pienso en ella, a veces imagino a un maestro de la percusión tras una batería enorme, tocando con ambas manos indistintamente una serie de tambores, tom-toms y platillos, mientras controla los pedales con los dos pies. No es que su obra sea percusiva, es solo que pasan muchas cosas a la vez. La prosa se abre camino a zarpazos en el papel". El que habla es Stephen Emerson, escritor y amigo, y el encargado de recopilar los cuentos deManual para mujeres de la limpieza.

En todos esos años, los años en que fue de un lado a otro, y tuvo todo tipo de trabajos, y tardó demasiado en descubrir que estaba abusando del alcohol, escribió 77 relatos que, a ratos, a Davis le recuerdan a William Carlos Williams cuando escribía como el médico de familia que era: sin rodeos, con franqueza. "Más aún que en Williams, Lucia veía en Chéjov [otro médico] un modelo y un maestro", dice Davis. De hecho, en una carta a Stephen Emerson afirma que lo que da vida al trabajo de ambos es "ese desapego clínico, combinado con la compasión". Destaca también el uso que ambos hacen del detalle específico y su economía: "No se escriben palabras de más". Quizá por eso se habla de ella como lo más parecido a un Raymond Carver femenino que ha existido jamás. Quizá por eso y porque sus historias son francamente duras. Es realismo sucio, sí, y aun siendo a ratos incluso más doloroso que el de Carver, es un realismo sucio vivaz.

 "Él era como el vertedero de Berkeley. Ojalá hubiera un autobús al vertedero. Íbamos allí cuando añorábamos Nuevo México. Es un lugar inhóspito y ventoso, y las gaviotas planean como los chotacabras del desierto al anochecer. Allá donde mires, se ve el cielo. Los camiones de basura retumban por las carreteras entre vaharadas de polvo. Dinosaurios grises".

Lucia Berlin

Lucia Berlin (JuneauAlaska12 de noviembre de 1936 - Marina del ReyLos Ángeles12 de noviembre de 2004) fue una escritora estadounidense. Escribió 77 cuentos cuyos temas estaban conectados con su personalidad y la propia experiencia de una vida compleja que la convirtió, según los críticos literarios, en un personaje maldito y de leyenda, con una historia sentimental atormentada, alcoholismo, serios problemas económicos que solventó limpiando casas ajenas, problemas de salud, etc. Su obra ha sido comparada con la de Hemingway y Carver. En 1991 con Homesik ganó el American Book Award 1 pero su trabajo quedó olvidado durante años hasta que en 2015 se publicó a título póstumo Manual para mujeres de la limpieza un libro que fue considerado por las principales revistas literarias como uno de los mejores del año










Manual para mujeres de la limpieza. Lucia Berlin. Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino. Alfaguara. Madrid, 2016. 432 páginas.