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miércoles, 24 de mayo de 2017

Una Historia Increíble.La historia detrás de una biblioteca clandestina española en el campo de exterminio nazi de Mauthausen María Lillo Para BBC Mundo, España

En medio del infierno de Mauthausen, unos libros robados se convirtieron en el único flotador al que agarrarse para los miles de deportados del nazismo.
En este centro de detención austríaco, donde murieron más de 100.000 personas de 26 nacionalidades, los internos organizaron grupos de resistencia para poder sobrevivir. Y los españoles fueron de los más activos.
La biblioteca clandestina fue idea de uno de ellos.
Pensó que leyendo podrían evadirse un poco del horror de las celdas de castigo, de los latigazos, de las duchas heladas y de los 186 escalones que tenían que subir 10 o 12 veces al día cargados con rocas de 20 kilos hasta lo alto de una cantera desde donde los oficiales de las SS nazi lanzaban a los reclusos al vacío.
"Mi padre siempre decía que leer te hace libre", le cuenta a BBC Mundo Llibert Tarragó, hijo del promotor de la biblioteca. Lleva años indagando sobre la historia de su padre Joan, un militante del Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC), de ideología comunista, que lucoan Tarragó fue uno de los más de medio millón de personas que cruzaron la frontera francesa tras la caída de Cataluña, en 1939, y, una vez en territorio galo, los internaron en campos de refugiados.

Estrategas del almacén y la cocina

Cuando comenzó la segunda Guerra Mundial, Tarragó se alistó en el ejército francés y lo enviaron al frente con otros miles de españoles exiliados.
"Fueron los primeros en ser capturados por los alemanes cuando los nazis invadieron Francia", señala Tarragó, al teléfono desde Barcelona.
El gobierno de Berlín, aliado de Francisco Franco en España, llamó a Madrid -cuenta Tarragó- para preguntar qué debían hacer con los reclusos. Y Ramón Serrano Suñer, ministro de Asuntos Exteriores, contestó con un simple: "Ya no son españoles". Los trasladaron a Mauthausen y les pusieron un triángulo azul, el color de los apátridas.hó en el bando republicano durante la guerra civil española.



Joan Tarragó llegó al campo en enero de 1940. Y en febrero del año siguiente fundó, junto a otros deportados, la red de resistencia española.
"Todos tenían claro que la única solución para resistir era la solidaridad", asegura su hijo. "Decían que eran compañeros de lucha y compañeros en el infierno".
En 1943, cuando trasladaron a los SS más duros al frente del este, la organización española encontró más "huecos". Por aquel entonces ya eran expertos estrategas en la lucha por la supervivencia. Controlaban el almacén, la enfermería y la cocina. Sustraían medicinas y alimentos que luego distribuían entre los presos.
"Trabajaban en cadena. Mi padre, que hacía de 'pinche' en la cocina de los oficiales, escondía los alimentos en el contenedor. Encima ponía papel y la basura de verdad. Luego, otro compañero los recogía", relata Llibert Tarragó.


Llegan los libros

A comienzos de 1943, empezaron a llegar franceses, italianos y rusos deportados de la resistencia a la ocupación nazi en sus países, narra Tarragó. Nada más llegar al campo, les quitaban todas sus pertenencias. Lo que era de valor se lo quedaban y lo que no les interesaba, lo incineraban.
Cuando los españoles que trabajaban en el almacén le dijeron a Joan Tarragó que había libros entre los enseres que acaban en la hoguera, le propuso a la cúpula de la resistencia rescatarlos y formar una pequeña biblioteca.
Así, Tarragó junto a un compañero, de apellido Picot y capaz de arreglar los libros que llegaban en mal estado, comenzó a reunir volúmenes y a esconderlos en un armario del barracón número 13.

La pequeña biblioteca clandestinafue creciendo. Recopilaron alrededor de 200 obras de autores como Émile Zola, Víctor Hugo o Fiódor Dostoievski.
Pero la que más éxito cosechó entre los presos, cuenta Tarragó, fue "La madre", de Maksim Gorki.
Un sobreviviente francés, de Córcega, le confesó a Llibert Tarragó que leer "La Cartuja de Parma" de Stendhal en Mauthausen había sido "un salvavidas".
"Me explicó con mucha emoción que cuando leía sentía que escapaba del campo. Le recordaba a su infancia", recuerda Tarragó, fundador de la asociación Triángulo Azul, que desde 2003 reúne documentos sobre la deportación española.
"Si los hubieran descubierto, les habrían dado una buena paliza", opina Tarragó.
Hace una pausa y luego añade: "O los habrían matado directamente. Convivían con ese miedo todos los días. Imagina lo que debía ser oler a carne humana quemada las 24 horas del día durante cuatro años y tres meses".


De los 7.189 españoles que entraron en el campo, solo 2.374 vivieron aquel momento. La mayoría estaba fichada como enemigos de la dictadura franquista y no pudieron volver a España hasta que murió Franco en 1976.
Ahora, a 70 años de su liberación, solo quedan 25.
Una vez libre, Joan Tarragó escribió a su mujer, que seguía viviendo en Cataluña. Después de que ella pasara clandestinamente la frontera, se reunieron en Andorra en 1946, tras ocho años de separación.
"Nueve meses más tarde nací yo", ríe Llibert Tarragó, a quien le pusieron el nombre por la palabra catalana Llibertat: en español, libertad.

Muchos de los sobrevivientes del campo encontraron sosiego en las páginas de los libros ocultos.








viernes, 12 de mayo de 2017

jagger interpreta a Turner, el personaje protagónico. Turner/Jagger lee en voz alta un pasaje del cuento “El sur”, de Borges, y alude también a “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”. En una alucinación de Turner, además, aparece, nítido, el rostro de Borges-

Viernes gris para  una mirada fresca sobre el mundo Stone y el patriarca Jorge Luis.

Aca les posteo un hallazgo, el día que Mick Jagger leyó a Borges,





María Kodama repitió más de una vez la historia de un encuentro casual entre Jorge Luis Borges y Mick Jagger. . “Un día estábamos en el hotel Palace de Madrid, esperando a que vinieran a buscarnos para cenar, y de pronto lo veo a  Mick Jagger arrodillado,agarrándole la mano a Borges y le dice: ‘Maestro, yo he leído toda su obra, lo admiro’. Borges, un poco asombrado, no lo veía, dice: ‘¿Y usted quién es, señor?’. Y él responde: ‘Soy Mick Jagger’. Borges dice: ‘Ah, uno de los Rolling Stones’. Mick Jagger casi se desmaya y pregunta: ‘¿Cómo maestro, usted me conoce?’. Y Borges dice: ‘Sí, gracias a María’”. 

Ella le había contado a Borges que en en la película "Performance" aparece una foto de Borges y  que también aparece Jagger leyendo uno de sus libros. 

Sin embargo, en 1998, durante la segunda visita de la banda a la Argentina, Jagger desmintió que tal encuentro haya ocurrido. “No, no me encontré, veremos si es posible en este viaje”, dijo en la conferencia de prensa de los Stones, ante las señas desesperadas de la traductora Nora Koblinc.
Es que Jagger tenía leído a Borges, pero ignoraba que hubiese muerto en 1986. Luego agregó: “Es un fantástico escritor y sus libros eran muy populares en los 60 en Inglaterra. Lo he leído mucho y me hubiera encantado conocerlo, pero esto no sucedió
Una sola parte de la historia es indudablemente cierta: en la película “Performance”, de Nicholas Roeg (1970) jagger interpreta a Turner, el personaje protagónico. Turner/Jagger lee en voz alta un pasaje del cuento “El sur”, de Borges, y alude también a  “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”. En una alucinación de Turner, además, aparece, nítido, el rostro de Borges- 
fUENTE: Bingbangnews



lunes, 8 de mayo de 2017

Mentes Brillantes, Salvador Benesdra, el Escritor que escribio la novela modernista mas importante de la literatura argentina junto a Adan Buenosayres de Marechal, un libro lleno de enigmas : El Traductor.

Nació en 1952 en Buenos Aires. Fue el hijo menor de una familia de clase alta dedicada al comercio de zapatos. De niño no habló hasta después de los 3 años -lo "normal" es más o menos antes del primero- y fue toda su infancia tartamudo. Cuando descubrió la lectura, también descubrió el insomnio prematuro: podía pasarse varias noches sin dormir para terminar sus libros. En la preadolescencia, luego de leer las obras completas de Lenin, inició su militancia en el Partido Obrero y a los 15 años convenció a su profesor de literatura de que se afiliara. Entre esa época y el comienzo de su carrera universitaria fue cuando estudió y aprendió los siete idiomas que hablaba con fluidez. Al momento de su muerte, estudiaba el octavo: japonés. Cursó la carrera de Psicología y la terminó en dos años. Durante la dictadura, se exilió en Francia con su pareja -Mirta Fabre-, y luego de que le extrajeron las glándulas paratiroides en una operación de rutina, tuvo su primer brote psicótico. En 1982 volvió a Buenos Aires y fue cuando empezó su carrera periodística en varios medios, como analista político y económico. Disfrutaba el periodismo y veía la redacción como un espacio para desarrollar el pensamiento. Con la profundización del modelo neoliberal menemista y su intensa actividad sindical, los brotes psicóticos volvieron con más frecuencia, siempre bajo la misma idea: una inminente invasión extraterrestre que pretendía robarse el Obelisco. 
Si Salvador Benesdra les parece un tipo raro, falta agregar que era un gran nadador, un excelente bailarín de salsa y
que escribió la novela modernista más importante de la literatura argentina, junto con el Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal. La novela se llama El traductor y es un largo texto autobiográfico que trata de dibujar o mapear -en el contexto de la caída del muro de Berlín- cómo es que funcionaba la mente de Salvador Benesdra ante los eventos de su realidad intelectualizada. Ricardo Zevi, el protagonista y álter ego de Benesdra, es una mente paranoide que lee los acontecimientos desde las propuestas teóricas de los autores que más resuenan en su formación humanista: filósofos, sociólogos, escritores, pedagogos. A su vez, se ve enredado en una historia de amor patológica con una evangelista salteña a la que convence de que abandone su religión. Así, la narración avanza sin tropiezos con una prosa barroca y magnética a lo largo de casi 700 páginas. Si el traductor -Ricardo Zevi- es Benesdra, entonces se ha de suponer que Turba, la editorial para la que trabaja, es la redacción del diario Página/12, donde Benesdra era redactor. El clima caótico de la flexibilización laboral y el mundillo del asambleísta asalariado es el apocalipsis generacional del libro. Un mundo en el que rápidamente lo que hasta hace un instante se consideraba nuevo ya es algo obsoleto, y una nueva categoría de novedad trae consigo una nueva idea de modernidad.
El traductor fue finalista del premio Planeta de 1995 (en 1994 ni había llegado a esas instancias). Benesdra insistió en un par de editoriales más y finalmente, luego de que le dijeron que no era un libro para el mercado, guardó el manuscrito en un cajón y empezó a escribir otra cosa. En 1996 su familia y amigos decidieron hacer una edición paga de la novela en Ediciones de la Flor; la tirada rápidamente se agotó y empezó el mito. 
En el año 2012, la editorial palermitana Eterna Cadencia reeditó este libro junto con otro inédito de Benesdra: El camino total. Un texto de autoayuda. Si leemos el subtítulo, que es "Técnicas no ingenuas de autoayuda para gente en crisis en tiempos de cambio", podemos pensar que está hablando, desde una zona no ficcional, de los mismos temas que El traductor. Bien, el libro es una compilación de técnicas, reflexiones y consejos para las personas con problemas depresivos. Movilizado por la rentabilidad de los libros de autoayuda, sus estudios en meditación, psicoterapia, genética, y por la acumulación de "brotes psicóticos", decidió escribir -mientras avanzaba con los primeros capítulos de El traductor - un libro que lo acompañara. Que hablara de sus procesos humanos más íntimos despojados de la construcción de autor que hay detrás de cada novela. Así es como debe leerse El camino total y así es como debe entenderse El traductor. Como un libro autoritario que necesitó de otro pequeño e intimista para consolidar su monstruosa autoridad. Dos libros que hablan de una personalidad dividida, extasiada, y a la vez preocupada, que ya no puede con lo que su cabeza le dicta. 
Salvador Benesdra presentía, tal como los epilépticos y demás enfermos neurológicos, la aproximación de una nueva crisis. Por eso es que el 1 de enero de 1996 abandonó la playa uruguaya en donde estaba descansando, escribiendo, para volver a su departamento de Barrio Norte. Hizo un llamado a la clínica psiquiátrica en la que solía internarse para que le reservaran un espacio, pero luego lo canceló. Salvador Benesdra saltó el 2 de enero del piso décimo de su departamento en la calle Solís, unos meses antes de que su novela fuera publicada. En una carta que dejó a su hermana decía que no se sentía mal, que estaba muy bien, que de hecho estaba demasiado bien. 
La apuesta editorial de Eterna Cadencia, al presentarnos estos dos volúmenes que componen lo que sería la obra completa de Benesdra, es la de mostrar no solo un libro de cualidades asombrosas, sino también la personalidad de cualidades asombrosas que escribió el libro

“Sabía que había otra vía. Sabía que existía todo un mundo diferente donde los actos no consultan a cada paso a los pensamientos para atreverse a ocurrir" 
Fragmento de" El Traductor"


Los mitos están hechos de exageraciones, deificaciones, de sucesos alocados que se cuentan con excitación y admiración, pero cuyo primer negativo encierra casi siempre un estómago apretado de angustia. El Turco era un genio: hablaba con fluidez seis idiomas y estaba aprendiendo ruso y japonés; tenía la capacidad de convencer “hasta a las paredes”; articuló en su novela de manera excepcional toda la vastedad de su cultura: Cambaceres, Sartre, Kafka, Hesse, Fogwill, Marx, Hegel, Piaget, Canetti, Saussure, Lacan, Chomsky, Freud, Lorenz y el estudio del amor y la agresión en los animales, Melanie Klein, Nietzsche, la relatividad y la cuántica, la entropía y la incertidumbre, Prigogine, Trotsky y Stalin, el fundamentalismo, Darwin y el neo evolucionismo y la filosofía zen. Sobre todos estos temas hay síntesis memorables en la novela. Pero también era un sufriente. La genialidad suele estar atada a la locura y muchas veces la locura se retrata pintoresca, pero en el fondo –dicen los que saben- se padece como un ancla que tira y pesa con fuerza y contra la que se lucha por mantenerse a flote toda la vida.
“Si no me comuniqué en todo este tiempo fue sencillamente porque estaba totalmente anulado, demasiado hecho mierda (…) pero con la conciencia clara de estar en otro mundo, en preocupaciones que nadie podía compartir porque no eran más que epifenómenos de mi locura. Estuve esperando los ovnis, comunicándome telepáticamente con los pájaros, desviando el agua de las fuentes y gobernando el curso de los autos en la calle. Y esto era cuando ya estaba bastante bien y sabía casi positivamente que nunca me iba a suicidar, cuando ya me conocía todos los paisajes de París a través de verdaderas cataratas de lágrimas”, tecleó Salvador en una carta que le escribió durante dos días a mi viejo desde una ‘chambre de bonne’ del Boulevard de Port Royal (7ème étage, droite).
En 1976, después de terminar la carrera de Psicología en la UBA (en tres años), viajó a París junto a su pareja a hacer un doctorado de epistemología genética en la École des Hautes Études en Sciences Sociales con Pierre Greco, un discípulo de Piaget.

Fuentes: Revista Brando 
               Luciana Mantero.

lunes, 24 de abril de 2017

PoeTas: Elizabeth Bishop.El arte de perder.

El arte de perder se domina fácilmente;
tantas cosas parecen decididas a extraviarse
que su pérdida no es ningún desastre.
Pierde algo cada día. Acepta la angustia
de las llaves perdidas, de las horas derrochadas en vano.
El arte de perder se domina fácilmente.
Después entrénate en perder más lejos, en perder más rápido:
lugares y nombres, los sitios a los que pensabas viajar.
Ninguna de esas pérdidas ocasionará el desastre.
Perdí el reloj de mi madre. Y mira, se me fue
la última o la penúltima de mis tres casas amadas.
El arte de perder se domina fácilmente.
Perdí dos ciudades, dos hermosas ciudades. Y aun más:
algunos reinos que tenía, dos ríos, un continente.
Los extraño, pero no fue un desastre.
Incluso al perderte (la voz bromista, el gesto
que amo) no habré mentido. Es indudable
que el arte de perder se domina fácilmente,
así parezca (¡escríbelo!) un desastre.










Elizabeth Bishop (Worcester, Massachusetts, 8 de febrero de 1911 - Boston, 6 de octubre de 1979) fue una poetaestadounidense, distinguida como poeta laureada de los Estados Unidos (1949-1950) y Premio Pulitzer de poesía en 1956.



sábado, 15 de abril de 2017

El canon de los marginados Los escritores de culto, esos autores olvidados y desconocidos por el mercado y la cultura oficial, fascinan a los investigadores y son objeto de análisis. Pero también, nombres como Macedonio Fernández o Juan L. Ortiz funcionan como políticas de intervención en el campo literario para quienes los descubren. Opina el académico Julio Premat. Por: Osvaldo Aguirre

Buenas tardecitas otoñales. Hoy sábado , les posteo una nota sobre los poetas marginados. Disfrutenla.






EL ANCESTRO del escritor de culto es el poeta maldito. Esta figura se proyectó desde fines del siglo XIX a partir del libro de Paul Verlaine (1884) que difundió la expresión, aplicada en principio a escritores injustamente olvidados y desconocidos.


Sus textos suelen circular en ámbitos restringidos, al margen de la industria editorial. Leídos con devoción, encarnan un canon alternativo, la pista capaz de mantenerse largo tiempo latente hasta asomar en la superficie. Es que no sólo se desentienden de la publicación, sino de las propias obras, que terminan siendo una creación compartida con sus herederos y albaceas. De Macedonio Fernández a Ricardo Zelarayán, de Juan L. Ortiz a Osvaldo Lamborghini, los escritores de culto conforman una línea que atraviesa la literatura argentina contemporánea y pone en cuestión las consagraciones y los reconocimientos de la crítica y el periodismo. 

La figura de Macedonio Fernández (1874-1952) preside este cenáculo de escritores renuentes al gran público y la cultura oficial. Las tertulias que lo tenían como protagonista en la confitería La Perla fueron el escenario donde despuntó su genio, a través de especulaciones, bromas y ocurrencias atesoradas en la memoria de los acólitos. El cronista de tales reuniones no fue otro que Borges, en artículos y homenajes dedicados a ese hombre gris que redescubría los problemas eternos de la filosofía ante un pequeño círculo de oyentes. "Yo heredé de mi padre la amistad y el culto de Macedonio", dijo.

Ese culto, tal como lo relató Borges, parece un modelo de los que luego rodearon a otros escritores argentinos. Macedonio, al parecer, no se sentía escritor: "la literatura le importaba menos que el pensamiento, y la publicación menos que la literatura, es decir, casi nada". Consideraba los textos de No toda es vigilia la de los ojos abiertos como borradores, y lo primero que sus palabras borraban eran las nociones de autor y obra en el sentido corriente. Los proyectos frustrados –escribir una novela fantástica en grupo, desplegar una conspiración algo infantil alrededor de una candidatura presidencial– tenían más valor que los realizados, y cobraron proporciones con la leyenda. En aquellas tertulias participaba Santiago Dabove (1889-1951), otro escritor que también prefería, paradójicamente, la palabra oral a la escrita y cuyo único libro, La muerte y su traje (1961), dio lugar a un culto póstumo.

La singularidad de Macedonio se recortaba sobre el nosotros del grupo que lo escuchaba y luego difundía su palabra. Si Borges hablaba en plural al evocarlo, era tal vez para reponer el auditorio ante el cual el maestro pronunciaba sus frases memorables. "Yo por aquellos años lo imité, hasta la transcripción, hasta el apasionado y devoto plagio", confesó. La veneración es característica. Juan José Saer la observó en el círculo que rodeaba a Aldo Oliva (1927-2000) en la antigua Facultad de Filosofía y Letras de Rosario y en los ambientes intelectuales de Santa Fe en los años 60 y 70: "siempre tenía discípulos que lo seguían a todas partes y le imitaban, como diría Borges, hasta la manera de escupir". El grupo era llamado Malvaloca, en alusión a "una marca de aceite que tenía el 90 por ciento de oliva".

El mercado maldito
El ancestro del escritor de culto es el poeta maldito. Esta figura se proyectó desde fines del siglo XIX a partir del libro de Paul Verlaine (1884) que difundió la expresión, aplicada en principio a escritores injustamente olvidados y desconocidos. Su aparición coincidió con el surgimiento de la industria editorial moderna, y quizá no se trató de una casualidad, desde el momento en que esos autores retraídos y desconsiderados podían manifestar la resistencia de los hombres de letras ante las demandas del público masivo y la publicidad. Pero el escritor de culto termina por ocupar una posición ambigua: sus mismas características, el aura que le otorgan el anecdotario y las frases que ponen en circulación sus discípulos, lo convierten en un objeto atractivo para el mercado.

Los escritores de culto abonan la historia de los rechazos. El traductor, la gran novela de Salvador Benesdra (1952-1996), compitió dos veces por el premio Planeta, una decena de editoriales desestimó su publicación y recién apareció de manera póstuma y con un subsidio. Si bien Julio Cortázar auspició su primer libro en Sudamericana, Néstor Sánchez (1935-2003) encontró las mismas dificultades en una vida de trotamundos en la que fue becario en Iowa, adherente a los grupos de Gurdjieff y clochard en Manhattan. "Mi imagen como escritor es por lo general resistida –dijo en una entrevista– y esto llega al ámbito de las editoriales, donde aparezco como un raro de cierto peligro". Sin embargo, durante su largo exilio, fue también lector de Gallimard y publicó en esta prestigiosa editorial y en Seix Barral.

Si se cree en ciertos mitos, los sucesos de ventas resultan indiferentes a estos escritores. Pese a la repercusión de El fiord, su primer libro, Osvaldo Lamborghini (1940-1985) dejó de interesarse por la publicación. En el panegírico que escribió como prólogo a la primera edición de Novelas y cuentos (1988), César Aira cuenta que él mismo mecanografió algunos de sus textos, y en algunos casos, al extraviarse el original, las copias ocuparon su lugar.

La industria editorial, con sus preferencias y sobre todo con sus negativas, contribuye a la construcción de estas figuras de escritores. A veces, los ataques que recibe responden sólo al mito. La marginación de Juan Filloy (1894-2000), por ejemplo, fue más bien una estrategia del propio autor: dada su situación como juez, prefirió publicar en ediciones privadas o directamente dejar inéditos textos que precisamente ponían en entredicho el sentido de la ley. Desde los años 70, Filloy atrajo la atención de la prensa: su longevidad, la dedicación insólita a la creación de palíndromos y la costumbre de titular sus novelas –más de cincuenta– con siete letras o múltiplos de siete bastaban para provocar la curiosidad. Los ataques que recibieron algunos de sus libros –Op oloop fue considerado pornográfico en 1934 y Vil y Vil prohibido por la dictadura militar en 1976– incidieron también en su rescate, aunque sólo en fecha reciente comenzó a desarrollarse un plan editorial sobre la obra.

La historia de Juan Rodolfo Wilcock (1919-1978) muestra idas y venidas similares. De autor consagrado por la revista Sur pasó a ser un escritor ignorado en la Argentina, a partir de su radicación en Italia, en 1957, y el abandono del castellano por el italiano como lengua de escritura. No provocaba esa simpatía necesaria para un culto, al contrario: era tan odiado por sus colegas que temía ataques personales y en el caso de una cena organizada por la SADE, contaba Silvina Ocampo, llevó su propia comida por temor a ser envenenado. Su redescubrimiento, en los 90, fue posible a partir de una nueva generación de escritores.

Perdidos en los papeles

La casa de Juan L. Ortiz (1896-1978) en Paraná fue el camino de Damasco para muchos escritores. Ir de visita "se transformó desde mediados de los años 50 en un ritual iniciático de la joven poesía argentina", según Saer. Este peregrinaje se renovó en los años 90, no ya con el autor sino con su obra, a propósito de su reedición (1996) y de un grupo de intelectuales que volvió a situarla en ese punto donde la había ubicado Gola: el comienzo de una nueva tradición.

"Cuando estaba Juan, él era el centro de todas las reuniones", recuerda Gola en un extenso artículo inédito. Su aspecto frágil engañaba; hablaba sin parar, aunque "nunca se comportó como un maestro que se reunía con sus discípulos: nos leía sus poemas con total humildad, explicándonos los pasajes que consideraba oscuros". Sergio Delgado, su compilador, cuenta que esas sesiones eran extensas. Una noche, la lectura se prolongó hasta la madrugada y gran parte del auditorio se quedó dormido. Delgado compara esta anécdota con la de Cristo en el Monte de los olivos: "es difícil luchar contra la vigilia del poeta, poseer sus ojos, su mirada sobre el mundo". 

Juanele fue, como ningún otro, el escritor olvidado y menospreciado por los críticos y los historiadores, que elabora en secreto una obra monumental y un día alcanza el reconocimiento. Una proyección actual puede ser la del pampeano Juan Carlos Bustriazo Ortiz (1928), con unos 80 libros escritos y seis publicados; cada año sus lectores peregrinan hasta Santa Rosa para participar en las jornadas Canto Quetral, en conmemoración de su nacimiento.

En el extremo opuesto se encuentran autores como Bernardo Jobson (1928-1986), con sólo un libro de cuentos publicado y varios perdidos. Pero es sobre todo Ricardo Zelarayán (1928) quien actualiza con intensidad la figura del escritor que no escribe, el escritor que se extravía en sus papeles. "Confieso que me he perdido en Lata peinada, una novela enorme y torrencial", dijo a propósito de una obra largamente esperada y que al fin se publicó el año pasado. Las prosas de Lata peinada (Argonauta), dicen los editores, son "páginas escritas a máquina o en letras grandes, en imprenta a veces, en hojas de redacción, amarillas, con puntuación disímil, sin ningún orden". Ese aparente caos también se explica –o se profundiza– con las mismas ideas que pone en juego Zelarayán al escribir.

El reconocimiento de Zelarayán es obra de los poetas jóvenes de los 90. Un fenómeno similar ocurre con Darío Canton (1928). De la misma llama, su autobiografía en seis volúmenes, consiguió el raro privilegio de ser valorada en textos de un notable conjunto de críticos (Helder, Dobry, Marcelo Díaz, Ana Porrúa y Battilana, entre otros). Escritoras como Angélica Gorodischer y María Teresa Andruetto han llamado la atención sobre la obra prácticamente desconocida de Paula Wajsman (1939-1995), autora de la novela Informe de París (1990), los cuentos de Crónicas e infundios (1999) y dos libros de poemas y sesenta cuadernos inéditos; textos inhallables que circulan en fotocopias, de mano en mano.

Esos movimientos no son inocentes. La creación de un escritor de culto se relaciona también con la tradición literaria y con los posicionamientos de nuevos autores. Mempo Giardinelli en el caso de Filloy, Abelardo Castillo con Jobson, Aira a propósito de Osvaldo Lamborghini, Saer y Gola con Juan L. Ortiz: detrás de un autor de culto siempre hay un escritor que apunta a una intervención fuerte en el campo literario.



martes, 28 de marzo de 2017

Amy Hempel, la EscritoRa que usa las oraciones Para salvar Vidas.

Amy Hempel (Chicago, 14 de diciembre de 1951) es una escritora estadounidense, muy prestigiosa como autora de cuentos (alabados, entre otros autores, por Chuck Palahniuk). Coordina el curso de escritura del College de Brooklyn de la Universidad de la Ciudad de Nueva York e imparte también clases de escritura creativa en la Universidad de Princeton.
Fue alumna del taller literario de Gordon Lish, bajo cuya tutela comenzó a escribir sus primeros cuentos. Impresionado por su talento, Lish le ayudó a encontrar editor para su primer libro, Razones para vivir (1985), donde está incluido el primer cuento escrito por Hempel, «En el cementerio donde está enterrado Al Jolson».
En 2006 la organización United States Artists le concedió la beca USA Ford Fellow. En 2007 ganó el Premio Ambassador Book por su colección de cuentos Collected Stories y en 2008 ganó el Premio Rea



"Yo creo que si vas hacia lo que te asusta, lo que te asusta acaba liberándote”. 


Amy Hempel




.En la bañera

   " El corazón... creí que se me paraba. Así que me subí al coche y me fui rumbo a Dios. Pasé por delante de dos iglesias ante las que había coches estacionados. Después paré en una tercera porque nadie había estacionado ahí.
    Fue a primera hora de la tarde, a mediados de semana. Elegí un banco de las filas centrales. Episcopal o metodista, daba lo mismo. Estaba tan silenciosa como puede esperarse de una iglesia.
    Pensé en lo que sentí cuando me dio el largo paro cardíaco, y en el desorden de los latidos que vinieron después, cuando se precipitaron para llenar el espacio vacío. Sentada allí, bajo la alta estructura de la vidriera silenciosa, me puse a escuchar."




Celebrada por estilistas como Rick Moody o por efectistas como Chuck Palahniuk, Amy Hempel es uno de los muchos secretos a voces de la literatura norteamericana. Y la reunión de su obra completa bajo tapas de exquisito diseño es ocasión para renovar el regocijo de sus seguidores, así como la ocasión perfecta para los que ahora tienen la oportunidad de preguntarse, extáticos, dónde estuvo esta escritora durante todos estos años y cómo fue que se les escapó a sus radares.
Afirma Moody en su tan admirada como clínica introducción a The Collected Stories que “Hempel usa las oraciones para salvar vidas”, que “sale de bajo las faldas de Grace Paley”, pero que “su voz es sólo suya y que tiene que ver con la stand-up comedy, la poesía contemporánea, las revistas de celebridades, las artes visuales, el Oeste y las canciones populares”. Y es cierto, pero también es verdad que se trata apenas de la punta de un ardiente iceberg y que, a la hora de la verdad, la clave y la maestría residen en las oraciones marca Hempel. Ejemplo: “He aquí un truco que descubrí para por fin poder dormir. Me acuesto en la cama de mi marido. De este modo, la cama vacía a la que me enfrento es la mía”.
Pupila del legendario Gordon Lish, surgida junto a la mejor promocionada Lorrie Moore, a Hempel a menudo se la considera minimalista. Pero fue el crítico Robert Towers quien propuso una etiqueta alternativa que sólo sirve para ella: Amy Hempel es una precisionista. Y sus cuatro libros de relatos aquí compilados –Reasons to Live de 1985, At the Gates of the Animal Kingdom de 1990, Tumble Home de 1997, y The Dogs of Marriage del 2005– constituyen el mejor argumento para semejante rótulo. Los 47 relatos y una nouvelle de Hempel cortan como bisturíes recién afilados y abren con pulso firme por el sólo placer y coraje de revelarnos qué hay debajo de la piel. Y son todos excelentes, pero cabe destacar algunas obras maestras: “In the Cemetery where Al Jolson Is Buried” (donde alguien intenta alegrar a un amigo moribundo), “The Harvest” (donde Hempel realiza una proeza técnica que quita el aliento), la novela corta “Tumble Home” (donde el narrador invoca la sombra de un amante pasado y del pasado) y su secuela “Offertory” (con, según Moody, y estoy de acuerdo, una de las escenas más logradamente eróticas de la literatura contemporánea).
Y un Collected Stories –celebrar también la reciente publicación de las Collected Stories de Deborah Eisenberg, otra escritora de relatos vertiginosamente lenta– suele invocarse cuando la vida se acaba o la obra se considera más o menos cerrada. No es el caso de Hempel, pero sí, tal vez, la necesidad de cerrar una puerta para abrir otra. Y es que Hempel ha llevado una de esas existencias que equivalen a muchas: nació en Chicago, se fue a California para trabajar como periodista, dio vueltas por los barrios hippies, no pudo terminar la escuela, trabajó como asistenta de veterinario y –revela Moody y corroboró la misma Hempel en una reciente entrevista– acaba de recibirse de médica forense y, entre cuento y cuento, practica autopsias a cadáveres que no conoce para conocerlos mejor, para comprenderlos. Explica Hempel: “Cuando comencé a estudiar anatomía forense me intrigó la fobia que me producía todo aquello que podía llegar a ir mal con un cuerpo humano. Así que me propuse ser definitiva y totalmente contrafóbica y ver los cuerpos a fondo. Fue ahí cuando comencé a interesarme por la anatomía y la disección de cadáveres. Y hoy por hoy estoy muy contenta de haberlo hecho. Estoy orgullosa de haberme atrevido a mirarlos fijo. Funcionó. Yo creo que si vas hacia lo que te asusta, lo que te asusta acaba liberándote”. Y todo esto –ojos de rayos X, frases láser, diagnósticos sin vuelta– cobra el más preciso de los sentidos leyendo los relatos de Amy Hempel. Mírenlos.

fUENTE: rODRIGO fRESAN para Pagina 12


Fragmento del cuento La Cosecha

La Cosecha 

Amy Hempel

El año en que empecé a decir florero en vez de ties­to, un hombre al que apenas conocía estuvo a punto de matarme accidentalmente. El hombre no sufrió ninguna herida cuando el otro coche chocó contra nosotros. El hombre, al que había conocido hacía una semana, me sujetaba en el asfalto de una manera que daba a entender que era mejor que yo no me viese las piernas. Recuerdo que sabía que no debía mirar, y sabía también que miraría si él no me lo impidiese. El frontal de su ropa estaba manchado con mi sangre. —Tú te pondrás bien, pero este jersey está para tirar a la basura —me dijo. El miedo al dolor me hizo gritar. Pero no sentía dolor alguno. En el hospital, después de que me pusieran unas inyecciones, supe que había dolor en la habitación…, sólo que no sabía de quién era ese dolor. Una de mis piernas necesitó cuatrocientos puntos de sutura. Cuando se lo contaba a la gente, se convertían en quinientos, porque nunca nada es tan malo como podría serlo. Los Cinco días que tardaron en saber si podrían salvarme la pierna o no los alargaba a diez. El abogado era el único que usaba esa palabra. Pero no llegaré a esa parte hasta dentro de un par de párrafos. Hablábamos del físico, de lo importante que es. Crucial, diría yo. Creo que el aspecto físico es crucial. Pero aquel tipo era abogado. Se sentaba en una silla de plástico que acercaba a mi cama. Lo que él entendía por físico era lo que valdrían ante un tribunal de justi­cia los daños ocasionados en mi físico. Me atrevería a jurar que al abogado le gustaba decir tribunal de justicia. Me contó que había tenido que exa­minarse tres veces antes de poder ingresar en el colegio de abogados. Me dijo que sus amigos le regalaron unas tarjetas espléndidamente impresas, con las letras en re­lieve, pero que donde tenía que poner Abogado ponía Abogado Por Fin. Había conseguido a esas alturas tantas indemniza­ciones, que yo no podría aspirar ya a convertirme en azafata de vuelo. El hecho de que a mí nunca se me hu­biese ocurrido convertirme en tal cosa era, según él, algo legalmente irrelevante. —Hay otro asunto —me dijo—. Tenemos que ha­blar de la cuestión de la nubilidad. Lo normal era que yo hubiese salido con un ¿nubi­qué?, aunque sabía, desde que lo mencionó, lo que sig­nificaba aquello. Yo tenía dieciocho años, así que le dije: —En principio, ¿no podemos hablar de parejabi­lidad? 
















martes, 21 de marzo de 2017

Un Libro sobre la New York acabada: A unos pocos kilómetros de Kingston se encuentra la emblemática localidad de Woodstock, a la que Sante dedica uno de los ensayos del libro. Le pregunto qué ha quedado de todo aquello. “Woodstock no nació con el festival. Hace un siglo ya era un importante centro de cultura bohemia. Antes de la Primera Guerra Mundial había allí varias editoriales independientes. Hay muchos momentos interesantes en la historia del lugar. Byrdcliff, la colonia de artistas sigue viva, igual que el Maverick Concert Hall, donde John Cage estrenó su célebre pieza 4’33”. Escuchada allí, se comprende que no tiene nada que ver con el silencio. Hoy Woodstock se ha convertido en el lugar del mundo donde más caro es el vacío. Está lleno de millonarios budistas que viven en espacios gigantescos en los que sólo hay una alfombra que cuesta una fortuna y un Buda del siglo XI. En cuanto al festival que congregó a medio millón de jóvenes rebeldes, representa el momento en que la sociedad de consumo le dio la puntilla al sueño de la revolución. Muchos acabaron al volante de un BMW”.

Sante evoca sus años de estudiante, las clases de poesía que impartía Kenneth Koch en Columbia Universiy, su amistad con Jim Jarmusch, con quien compartió piso, los antros en los que tocaba una jovencísima Patti Smith y a la que seguía de concierto en concierto, los primeros pasos de Robert Mapplethorpe, el Village de Dylan, los encuentros con su vecino, el poeta Allen Gingsberg. “Estábamos todos muy unidos, incluso los famosos eran gente muy cercana. Hoy eso sería imposible de reproducir”.
Habla con admiración de los escritos de Joseph Mitchell, el cronista del New Yorker, a quien llegó a tratar. Sus autores predilectos no son los que se suelen citar normalmente: “Una de mis novelas favoritas es The Lost Week End (1945), de Charles Jackson, una oscura historia de alcoholismo que Billy Wilder llevó a la pantalla. Me fascinan las novelas sobre Harlem de Chester Himes. La mejor es Un ciego con una pistola (1969). Los ensayos sobre Nueva York de otro escritor negro, James Baldwin, son soberbios."
Hay en los escritores que evoca una mezcla de magia y disidencia que también se da en los ensayos que integran Mata a tus ídolos. En ellos se evoca a pioneros de la fotografía, como Eugène Atget, Walker Evans, Robert Frank, o Pierre Mac Orlan. A propósito del último, Sante puntualiza: “Era amigo de Apollinaire. En un ensayo de 1929 habla de las cualidades ocultas de la fotografía, de la capacidad de este medio para hacer converger en el marco de un instante emociones visuales muy profundas. El fotógrafo no cuenta, el genio es la fotografía misma”. Ilustra sus palabras señalando dos poderosas instantáneas que hay en un rincón de su casa, una inundación y un incendio. “Son anónimas”, dice, sonriendo.

Hablando de blues y de jazz se le acumulan las anécdotas. Su bluesmanfavorito es Charlie Patton (1891-1934), “cuya persona encarna violentamente todas las contradicciones del género. Era un hombre elegantísimo, ministro evangélico, nómada y mujeriego. Tuvo cientos de amantes, y estuvo a punto de perder la vida a manos de un marido celoso. No ha habido nadie que toque el blues como lo hacía él”.

A unos pocos kilómetros de Kingston se encuentra la emblemática localidad de Woodstock, a la que Sante dedica uno de los ensayos del libro. Le pregunto qué ha quedado de todo aquello. “Woodstock no nació con el festival. Hace un siglo ya era un importante centro de cultura bohemia. Antes de la Primera Guerra Mundial había allí varias editoriales independientes. Hay muchos momentos interesantes en la historia del lugar. Byrdcliff, la colonia de artistas sigue viva, igual que el Maverick Concert Hall, donde John Cage estrenó su célebre pieza 4’33”.  Escuchada allí, se comprende que no tiene nada que ver con el silencio. Hoy Woodstock se ha convertido en el lugar del mundo donde más caro es el vacío. Está lleno de millonarios budistas que viven en espacios gigantescos en los que sólo hay una alfombra que cuesta una fortuna y un Buda del siglo XI. En cuanto al festival que congregó a medio millón de jóvenes rebeldes, representa el momento en que la sociedad de consumo le dio la puntilla al sueño de la revolución. Muchos acabaron al volante de un BMW”.
Fuente: El Pais

LLEGO EL oTOÑO