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lunes, 3 de octubre de 2016

"Aquí "de Richard McGuire. la novela GrafiCa de este siglo. El Comic que CuenTa la historia Del Mundo desde una miraDa experimental.



Aquí

Traducción: Esther Cruz

Aquí, de Richard McGuire, cuenta la historia de todo lo que ha ocurrido en el rincón de una habitación a lo largo de cientos de miles de años. Supone la tan esperada materialización de una visión pionera en el mundo del cómic a cargo de uno de los más grandes innovadores del género.
Una obra de arte y literatura diferente a todo lo visto o leído hasta ahora [...]. Un libro como éste aparece una vez cada década, si no cada siglo. Os garantizo que recordaréis siempre dónde estabais cuando lo leísteis por primera vez.» Chris Ware
«Todos los cómics son partituras del tiempo, y el libro de Richard es una sinfonía. Se me ocurren pocos libros que justifiquen plenamente la atípica cuota de interés dedicada a los cómics estos últimos años, pero éste es sin duda uno de ellos.» Art Spiegelman
«McGuire tiene un lugar inigualable en mi panteón como uno de los colaboradores más innovadores y con más talento de RAW y The New Yorker. Richard es también un artista de artistas.» Françoise Mouly, editora de arte de The New Yorker y fundadora y coeditora de RAW
«Uno de los más apasionantes experimentos de novela gráfica que he visto en mi vida.» Los Angeles Times










Richard McGuire no es un nombre que suene mucho dentro del mundillo del cómic, pero si buceamos en su biografía nos damos cuenta de que es un culo inquieto. Ha sido colaborador frecuente de la prestigiosa 'The New Yorker', ha publicado cuatro libros infantiles, ha escrito y dirigido dos películas entre 2003 y 2007, y por si fuera poco, ha diseñado y fabricado su propia línea de juguetes, e incluso es fundador y bajista del grupo Liquid Liquid. Tocando tantos palos como parece, no es de extrañar que también lo haya intentado en el noveno arte, pero lo que sorprende es que lo haya hecho de forma tan revolucionaria y original.
Las primeras seis páginas de 'Aquí' se publicaron en 1989 en la revista'Raw', una publicación dirigida por Art Spiegelman (el autor de 'Maus') que en esos momentos aunaba el sector más innovador y vanguardista del cómic. En aquella época ya se vio como una obra sin precedentes queampliaba las posibilidades del cómic. En 2014, McGuire publicaba'Aquí', la consecución de esas primeras páginas; una novela gráfica rompedora y que por fin podemos tener entre las manos.

Uno de los grandes hallazgos de McGuire en su obra es precisamente ése: la desaparición del personaje, y en su lugar poner un eje cronológico, que va dando saltos en el único escenario de la obra. Ése es el otro hallazgo: limitar el espacio a un único plano (casi al estilo de una obra de teatro clásico),compensándolo con una múltiple perspectiva temporal.
En las dobles páginas de las que se compone la novela gráfica, un pequeño cuadro nos señala el año en que se establece cada viñeta. Al principio, cada página es un solo año, pero pronto ésta se desdobla en diferentes viñetas, dando una impresión de múltiples capas de tiempo superpuestas en un solo plano. Así, somos testigos del devenir de la habitación desde el origen de la tierra hasta el futuro lejano, pasando por todas las edades del hombre.

Al no tener una trama en sí, sino que la obra tiene sentido por esa acumulación de fracciones temporales, su principio y final en realidad tampoco importan: de hecho, la obra podría empezar o finalizar en cualquier punto, puesto que no sigue una línea cronológica. Una propiedad que acaba hablándonos de las propiedades del tiempo, su relatividad (en términos de percepción del hombre) o de la futilidad de la vida.
'Aquí' es una de esas obras que no acepta adaptaciones: es una novela gráfica que aprovecha al máximo sus posibilidades como lenguaje propio y que da un paso adelante en las posibilidades del mismo. Por eso mismo es desde ya uno de los mejores títulos de 2015 que todo aficionado debería leer.
'Aquí'
Richard McGuire
Salamandra Graphic, 2015.
Cartoné con sobrecubierta. Color, 304 pgs.
ISBN: 978-84-16131-16-7
Lee las primeras páginas en este pdf.
Más información | Ficha en Salamandra Graphic
















Nota del Diario" El País"



Sentado en su apartamento del West Village, en Manhattan, se quedó mirando una de las esquinas de la sala, y pensó en la persona que habría ocupado esa casa antes que él. La esquina cortaba el plano en dos, quizá se podría llevar esta idea a una página. Aquel día de finales de los ochenta había escuchado una conferencia del historietista Art Spiegelman en la que el autor de Maus definió los cómics como diagramas narrativos. Poco tiempo después un amigo le habló de Windows, un innovador programa informático que usaba ventanas.

Fue así como la superposición de capas temporales sobre un mismo espacio físico, la página de un cómic, empezó a cobrar forma en la cabeza del inquieto Richard McGuire (Nueva Jersey, 1957). Bajista del grupo Liquid Liquid, escultor, diseñador de juguetes y de portadas de discos, autor de libros infantiles, cineasta de animación y portadista de la revista The New Yorker son algunas de sus ocupaciones.
Pero fue aquella visión que tuvo hace casi tres décadas la que marcó el arranque de un proyecto con el que ha marcado un hito en una de sus actividades, en concreto, en la concepción de la novela gráfica. McGuire habla de ello en el estudio que comparte con otros artistas en el Garment District de Manhattan. Hay pinceles y pilas de papeles, libros de arte y una vieja cama de metal con una colcha de ganchillo tejida en muchos colores. Los espacios de McGuire están llenos de encanto.
En 1989 publicó en la legendaria revista RAW editada por Spiegelman y su esposa, Françoise Mouly, un relato sobre una habitación y el paso del tiempo, que ya rompía las formas superponiendo las viñetas. Esas seis páginas fueron reconocidas de inmediato como una obra revolucionaria para el género que ampliaba las posibilidades del cómic. “Os garantizo que recordaréis siempre dónde estabais cuando lo leísteis por primera vez”, comentó el conocido historietista norteamericano Chris Ware. En 2014, finalmente, apareció el esperado libro, Aquí, en el que desarrolla a lo largo de más de 150 páginas aquel breve relato y recorre el pasado histórico y el futuro lejano en una sola habitación.
McGuire rompe con las convenciones narrativas y formales del género: sus dibujos escapan los márgenes y se van superponiendo en una misma página en la que aparece reproducida un mismo salón por una familia en los años sesenta o en el siglo XVIII. El protagonista es el tiempo y Aquí una reflexión poética repleta de sentimientos, ecos, gestos. Celebrado por la crítica como un clásico imprescindible, su publicación en EE UU fue acompañada de una exposición en la Morgan Library de Nueva York. Salamandra Graphic acaba de publicar la versión en España del libro.
Han pasado más de dos décadas hasta que McGuire retomó el proyecto de Aquí. ¿Por qué decidió hacerlo? “Lo cierto es que tenía un contrato en el año 2000. Había hecho varios libros para niños, pero sentía que debía retomar este proyecto. Hablé con Chris Ware, que me animó. Hice una pequeña maqueta, firmé, y luego ya no sabía como hacerlo. Trabajé en muchas versiones, me fui a Francia para hacer una película de animación y cuando regresé a Nueva York me dieron una beca en el New York Public Library y me pasé un año investigando”, explica el artista.
Él no se siente un novelista gráfico: “He hecho muy poco y no tengo un estilo muy marcado. Hice aquella historieta que publiqué en Raw y este libro, realmente. Lo cierto es que siempre he alternado distintos campos artísticos. Cuando tenía el grupo de música seguía haciendo arte. Me gusta tener múltiples ocupaciones. De las esculturas pasé a los juguetes, luego a los libros de niños, una cosa me lleva a la otra”.
La habitación en la que se desarrolla el libro está inspirada en su casa familiar y hay sutiles referencias a su familia, pero de alguna manera Aquí rompe, también, con la clave autobiográfica de las novelas gráficas. “Así es, esto empezó con Robert Crumb y ha tenido mucho impacto. Pero es que si ves el arco temporal completo te das cuenta de que nuestra presencia es tan breve. Trato la historia del planeta en 300 páginas y si lo piensas así, nuestras vidas son un parpadeo. Sabía que no quería hablar abiertamente de mi familia. Probablemente porque era algo doloroso tras la muerte de mis padres. Luego, poco a poco, fueron entrando en la historia. Por ejemplo, mi padre nos sacaba fotos todos los años en el mismo rincón y posando exactamente igual. Quizá ahí está el germen de la idea”.
Esa superposición de imágenes resulta casi impresionista, escapa a la trama formal, y reviste una elevada complejidad. ¿Cómo se trabaja una estructura así? “Sabía que esto tenía que haber un crescendo y que luego todo se rompía. Hay una conversación que lleva a una discusión, y luego eso se transforma en algo tranquilo que deja paso a una parte sobre la pérdida. Luego llega la calma total, los paisajes sin texto. Lo difícil es que cuando metía un cambio tenía que cambiarlo todo, había un efecto dominó. Los distintos hilos narrativos se entrecruzaban”.

Palabras por el camino

Por el camino se quedaron muchas palabras, en un proceso de depuración narrativa. “Cuando estaba metido de lleno en faena y pensaba en el libro como si fuera música, como una remezcla, también pensaba que esto tenía que poderse leer y lo imaginaba como un poema con una sola voz. Empecé a trabajar todos los textos sin las imágenes, a recortarlos”, dice.
Tal vez tener que imaginar también el futuro, al que se viaja también a través de las viñetas. “No quería que fuera demasiado oscuro, porque eso es algo tan recurrente y típico. En mi libro está la inundación y esa guía que recorre el pasado del siglo XX, y luego las imágenes del futuro más lejano. Traté de retratarlo como una recuperación, la vida continua aunque no se vea ningún ser humano”, explica McGuire, que ha estado reflexionando sobre las influencias que uno recibe incluso sin darse cuenta en muchas ocasiones. “Y ahí está Raymond Carver, y la adaptación de Robert Altman en Short Cuts, Vonnegut y Matadero cinco o William Burroughs y sus juegos temporales. No he inventado nada”, afirma.







Fuente : pAPEL EN BLANCO. bLOG.

















domingo, 2 de octubre de 2016

BiblioTecas de Todos Los tamaños y coloRes. Hablemos hoy de la Biblioteca de Alejandria.























Se considera que la gran biblioteca de Alejandría fue el primer centro de investigación del mundo, y el núcleo intelectual más importante de la antigüedad.
Alejandría fue fundada por Alejandro Magno en el 332 a. C., tras entrar éste en Egipto y poner fin al dominio persa. El Mar Mediterráneo, la isla de Faros y la cercanía del río Nilo hacían de esta ciudad una base naval perfecta, al tiempo que facilitaban el comercio con otras naciones. Pronto se convirtió en la segunda ciudad más grande de Egipto, y sede de su puerto principal.
En los siglos V y IV a. C. Atenas era la cuna del pensamiento occidental, con figuras como Sócrates, Platón o Aristóteles. Es sabido que Alejandro Magno fue discípulo de Aristóteles, bajo cuya tutela fue puesto a los 13 años, por lo que el hijo del rey de Macedonia no sólo fue un aguerrido conquistador, sino también un hombre cultivado y apasionado por el conocimiento. Declaró que Alejandría sería el centro intelectual del mundo conocido y, en su corazón, construiría una institución de enseñanza.
A la muerte de Alejandro Magno en 323 a. C., Ptolomeo I Sóter, uno de sus generales más destacados, fue nombrado gobernador de Egipto. Con él se inició una larga dinastía que administró el país de los faraones durante más de trescientos años. Él fue el encargado de llevar a la práctica el sueño de Alejandro de hacer de Alejandría un centro de conocimiento y aprendizaje. Asistido por el arquitecto Demetrio de Falero, Ptolomeo I inició la construcción del denominadoMuseo (santuario de las Musas) hacia el 290 a.C., que fue concluido bajo el mandato de su hijo, Ptolomeo II Filadelfo.
Si bien se desconoce la ubicación exacta del Museo, se cree que estaba instalado en el nordeste de la ciudad, en el barrio palaciego. El Museo estaba compuesto por varias salas dedicadas a distintas ramas del saber, desde un zoológico, a un jardín botánico, un observatorio astronómico y un salón de anatomía. También disponía de habitaciones para alojar a los sabios y a los estudiantes, cuyos gastos eran costeados por la casa real, que acudían a Alejandría atraídos por el impulso intelectual.
La biblioteca fue, sin duda, el eje destacado del santuario, el de mayor crecimiento y difusión a lo largo de la historia. A medida que fue adquiriendo importancia y aumentando sus volúmenes, fue necesaria la construcción de un edificio cercano que albergara el resto de los libros. Así se edificó, durante el reinado de Ptolomeo III, la “biblioteca hija”, situada en una zona próxima al puerto, concretamente en elSerapeum (templo consagrado al dios Serapis).
Se calcula que la biblioteca llegó a albergar unos 700.000 manuscritos, cada uno de los cuales era catalogado, referenciado y colocado en el estante (bibliothekai) preciso destinado a ese saber. El primer catálogo temático de la historia (Pinakes) se atribuye a Zenódoto, el primer bibliotecario de Alejandría. Las personas que trabajaban en la biblioteca se afanaban en la búsqueda de libros de todas las culturas conocidas, la mayoría eran comprados o donados (como la biblioteca de Aristóteles), pero otros eran copiados. Todo buque que atracaba en Alejandría era registrado por la guardia, en el caso de que se encontrasen libros, estos eran confiscados y llevados a la biblioteca; en ocasiones, se compensaba a sus dueños por la pérdida; mientras que en otros casos los libros eran copiados y devueltos los originales. Las copias eran especialmente ricas por las anotaciones críticas que se hacían en los márgenes.
Se dice que la primera traducción al griego del Antiguo Testamento fue escrita en Alejandría. Ptolomeo II habría encargado a 70 sabios judíos que tradujesen y copiasen los libros de la Ley judía. La conocida como “versión de los 70” habría sido la base de muchas traducciones posteriores.
Durante la regencia de Ptolomeo II Alejandría y su biblioteca vivieron su máximo esplendor, inmersas en un trajín constante de libros y estudiosos. Entre los visitantes más célebres se encuentran Arquímides, Euclides, Hiparco, Claudio Ptolomeo y Galeno.
Foto | Reconstrucción de la biblioteca de Alejandría realizada en la serie 'Cosmos' de Carl Sagan En Papel en blanco | La biblioteca de Alejandría, centro del saber universal (II)




sábado, 1 de octubre de 2016

Cuentos Extraños de May Sinclair. Uno de los Cuentos Favoritos de Jorge Luis Borges








Probablemente, el nombre de May Sinclair no les suene demasiado hoy en día a los aficionados a la buena literatura, ni siquiera quizá a los que gustan del género fantástico, pero a principios del siglo XX fue una de las grandes figuras de la escena literaria londinense. Amiga de autores esenciales como Eliot, Pound, Hardy o Henry James, famosa sufragista y estudiosa del psicoanálisis, cultivó la poesía, el ensayo, la novela y el relato.




En el volumen Cuentos extraños (Uncanny Stories, 1923) -publicado en España junto a la novela corta Vida y muerte de Harriett Frean (The Life and Death of Harriett Frean, 1922)- encontramos una estupenda muestra de sus historias protagonizadas por fantasmas, a menudo -en mi opinión, las mejores- de tono sentimental o romántico, alejadas de la vertiente más terrorífica del género.
Entre ellas, pequeñas joyas como “La víctima”, que Eliot ya había publicado, en 1922,  en la revista The Criterion junto a su famoso poema La tierra baldía (The Waste Land); “Donde el fuego no se apaga”, un cuento que encantaba a Borges y que posiblemente sea el más complejo y arriesgado de la colección, o “Si los muertos supieran”, en el que el fantasma de una anciana regresa al mundo de los vivos para asegurarse de que su hijo la quería y no deseaba su muerte.
Aquí os dejo un fragmento de este último, en el que se puede apreciar la sensibilidad y elegancia de la prosa de May Sinclair.
Algo le empujó a volverse y a mirar la silla de su madre.
Y entonces la vio.
Estaba entre él y la silla, erguida y delgada, con la ropa con la que había muerto, el camisón de franela amarillento y la bata.
La aparición se sostenía con dificultad. El cabello apenas se veía y no era más que un sombrero de blanca neblina. El rostro era un marco insustancial para la boca y los ojos, y para las lágrimas que caían en dos surcos brillantes. Era menos una forma que una emoción visible, una angustia.
Hollyer se puso de pie y la miró a los ojos. A través del cristal de sus lágrimas la visión le devolvía una mirada acusatoria y apenada, intensa y terrible.
Entonces, lentamente y con frialdad, empezó a retroceder y se fue alejando, sin mover los pies, con una quietud sobrenatural, sin abandonar, hasta el último instante, su mirada de indestructible reproche.
Y se convirtió en una masa informe a medida que se acercaba a la ventana y ante ella se detuvo un segundo antes de desaparecer, encogiéndose como el vaho en un cristal.
Traducción de Amado Diéguez.
Publicado por Alba Editorial.

Me piden el cuento más memorable de cuantos he leído. Pienso en "El escarabajo de oro" de Poe, en "Los expulsados de Poker-Flat" de Bret Harte, en "Corazón de la tiniebla" de Conrad; en "El jardinero" de Kipling —o en "La mejor historia del mundo"—, en "Bola de sebo" de Maupassant, en "La para de mono" de Jacobs, en "El dios de los gongs" de Chesterton. Pienso en el relato del ciego Abdula en "Las mil y una noches", en O. Henry y en el infante don Juan Manuel, en otros nombres evidentes e ilustres. Elijo, sin embargo —en gracia de su poca notoriedad y de su valor indudable— el relato alucinatorio "Donde su fuego nunca se apaga", de May Sincalir. 
Recuérdese la pobreza de los Infiernos que han elaborado los teólogos y que los poetas han repetido; léase después este cuento. 

Jorge Luis Borges
"Por qué eligió este cuento Jorge Luis Borges",
No había nadie en el huerto. Enriqueta Leigh salió furtivamente al campo por el portón de hierro sin hacer ruido. Jorge Waring, teniente de marina, la esperaba allí.
Muchos años después, siempre que Enriqueta pensaba en Jorge Waring, revivía el suave y tibio olor de vino de las flores de saúco, y siempre que olía flores de saúco reveía a Jorge con su bella y noble cara como de artista y sus ojos de azul negro.
Ayer mismo la había pedido en matrimonio, pero el padre de ella la creía demasiado joven, y quería esperar. Ella no tenía diecisiete años todavía, y él tenía veinte, y se creían casi viejos ya.
Ahora se despedían hasta tres meses más tarde, para la vuelta del buque de él. Después de pocas palabras de fe, se estrecharon en un largo abrazo, y el suave y tibio olor de vino de las flores de saúco se mezclaba en sus besos bajo el árbol.
El reloj de la iglesia dio las siete, al otro lado de campos de mostaza silvestre. Y en la casa sonó un gong.
Se separaron con otros rápidos y fervientes besos. Él se apuro por el camino a la estación del tren, mientras ella volvía despacio por la senda, luchando con sus lágrimas.
—Volverá en tres meses. Puedo vivir tres meses más —se decía.
Pero no volvió nunca. Su buque se hundió en el Mediterráneo, y Jorge con él.
Pasaron quince años.
Inquieta esperaba Enriqueta Leigh, sentada en la sala de su casita de Maida Leigh, donde habitaba sola desde hacía pocos años, después de la muerte de su padre. No alejaba su vista del reloj, esperando las cuatro, la hora que Oscar Wade había fijado. Pero no estaba muy segura de que él viniera, después de haber sido rechazado el día antes.
Y se preguntaba ella por qué razones lo recibía hoy, cuando el rechazo de ayer parecía definitivo, y había pensado ya bien que no debía verlo nunca más, y se lo había dicho bien claro.
Se veía a sí misma, erguida en su silla, admirando su propia integridad, mientras él quedaba de pie, cabizbajo, abochornado, vencido; volvía a oírse repetir que no podía y no debía verlo más, que no se olvidara de su esposa, Muriel, a quien él no debía abandonar por un capricho nuevo.
A lo que había respondido él, irritado y violento:
—No tengo por qué preocuparme de ella. Todo acabó entre nosotros. Seguimos viviendo juntos sólo por el qué dirán.
Y ella, con serena dignidad:
—Y por el qué dirán, Oscar, debemos dejar de vernos. Le ruego que se vaya.
—¿De veras lo dice?
—Sí. No nos veremos nunca más. No debemos.
Y él se había ido, cabizbajo, abochornado y vencido, cuadrando sus espaldas para soportar el golpe.
Ella sentía pena por él, había sido dura sin necesidad. Ahora que ella le había trazado su límite, ¿no podría, quizá, seguir siendo amigos? Hasta ayer no estaba claro ese límite, pero hoy quería pedirle que se olvidara de lo que había dicho.
Y llegaron las cuatro, las cuatro y media y las cinco. Ya había acabado ella con el té, y renunciado a esperar más, cuando cerca de las seis llegó él, como había venido una docena de veces ya, con su paso medido y cauto, con su porte algo arrogante, sus anchas espaldas alzándose en ritmo. Era hombre de unos cuarenta años, alto y robusto, de cuello corto y ancha cara cuadrada y rósea, en la que parecían chicos sus rasgos, por lo finitos y bellos. El corto bigote, pardo rojizo, erizaba su labio, que avanzaba, sensual. Sus ojillos brillaban, pardos, rojizos, ansiosos y animales.
Cuando no estaba él cerca, Enriqueta gustaba de pensar en él; pero siempre recibía un choque al verlo, tan diferente, en lo físico al menos, de su ideal, que seguía siendo Jorge Waring.
Se sentó frente a ella, en un silencio molesto, que rompió al fin:
—Bueno; usted me dijo que podía venir, Enriqueta.
Parecía echar sobre ella toda la responsabilidad.
—¡Oh, sí; ya lo he perdonado, Oscar!
Y él dijo que lo mejor era demostrarlo cenando con él, a lo que ella no supo negarse, y, simplemente, fueron a un restaurante en Soho.
Oscar comía como gourmet, dando a cada plato su importancia, y ella gustaba con su liberalidad ostentosa sin la menor mezquindad.
Al fin terminó la cena. El silencio embarazoso de él, su cara encendida le decían lo que estaba pensando. Pero, de vuelta, juntos, él la había dejado en la puerta del jardín. Lo había pensado mejor.
Ella no estaba segura de si se alegraba o no por ello. Había tenido su momento de exaltación virtuosa, pero no hubo alegrías en las semanas siguientes. Había querido dejarlo porque no se sentía atraída, y ahora, después de haber renunciado, por eso mismo lo buscaba.
Cenaron juntos otra y otra vez, hasta que ella se conoció le restaurante de memoria: las blancas paredes con paneles de marcos dorados; las blandas formas turcas, azul y punzó; los almohadones de terciopelo carmesí que se prendían a su saya; los destellos de la platería y cristalería en las innúmeras mesitas; y las fachas de todos colores, rasgos y expresiones de los clientes; y las luces en sus pantallitas rojas que teñían el aire denso de tabaco perfumado, como el vino tiñe el agua; y la cara encendida de Oscar, que se encendía más u más con la cena. Siempre, cuando él se echaba para atrás con su silla y pensaba, y cuando alzaba los párpados y la miraba fijo, cavilando, ella sabía qué era, aunque no en qué acabaría.
Recordaba a Jorge Waring y toda su propia vida desencantada, sin ilusiones ya. No lo había elegido a Oscar, y en verdad, no lo había estimado antes, pero ahora que él se había impuesto a ella no podía dejarlo ir. Desde que Jorge había muerto, ningún hombre la había amado, ninguno la amaría ya. Y había sentido pena por él, pensando cómo se había retirado, vencido y avergonzado.
Estuvo cierta del final antes que él. Sólo que no sabía cómo y cuándo. Eso lo sabía él.
De tiempo en tiempo repitieron las furtivas entrevistas allí, en casa de ella.
Oscar se declaraba estar en el colmo de la dicha. Pero Enriqueta no estaba del todo segura; eso era el amor, lo que nunca había tenido, lo deseado y soñado con ardor. Siempre esperaba algo más, y más allá, algún éxtasis, celeste, supremo, que siempre se anunciaba y nunca llegaba. Algo había en él que le repelía; pero por ser él, no quería admitir que le hallaba un cierto dejo de vulgaridad.
Para justificarse, pensaba en todas las buenas cualidades, en su generosidad, su fuerza de carácter, su dignidad, su éxito como ingeniero.
Lo hacía hablar de negocios, de su oficina, de su fábrica y máquinas: se hacía prestar los mismos libros que él leía, pero siempre  que ella empezaba a hablar, tratando de comprenderlo y acercársele, él no la dejaba, le hacía ver que se salía de su esfera, que toda la conversación que un hombre necesita la tiene con sus amigos hombres.
En la primera ocasión y pretexto que hubo asuntos de él, fueron a París por separado.
Por tres días Oscar estuvo loco por ella, y ella por él.
A los seis empezó la reacción. Al final del décimo día, volviendo de Montmartre, estalló ella en un ataque de llanto, y contestó al azar cuando él le inquirió la causa, que el hotel Saint-Pierre era horrible, que le daba en los nervios y no lo soportaba más. Oscar, con indulgencia, explicó su estado como fatiga subsiguiente a la continua agitación de esos días.
Ella trató con energía de creer que su abatimiento creciente venía de que su amor era mucho más puro y espiritual que el de él; pero sabía perfectamente que había llorado de puro aburrimiento.
Estaba enamorada de él, y él la aburría hasta desesperarla; y con Oscar sucedía más o menos lo mismo. Al final de la segunda semana ella empezó a dudar de si alguna vez, en algún momento lo había podido amar realmente.
Pero la pasión retornó por corto tiempo en Londres.
En cambio, se les fue despertando el temor al peligro, que en los primeros tiempos del encanto quedaba en segundo término. Luego, al miedo de ser descubiertos, después de una enfermedad de Muriel, la esposa de Oscar, se agregó para Enriqueta el terror de la posibilidad de casarse con él, que seguía jurando que sus intenciones eran serias, y que se casaría con ella en cuanto fuera libre.
Esta idea le asustaba a veces en presencia de Oscar, y entonces él la miraba con expresión extraña, como si adivinara, y ella veía claro que él pensaba en lo mismo y del mismo modo.
Así que la vida de Muriel se hizo preciosa para ambos, después de su enfermedad: era lo que les impedía una unión definitiva. Pero un buen día, después de unas aclaraciones y reproches mutuos, que ambos se sabían desde mucho antes, vino la ruptura y la iniciativa fue de él.
Tres años después fue Oscar quien se fue del todo ya, en un ataque de apoplejía, y su muerte fue inmenso alivio para ella. Sin embargo, en los primeros momentos se decía que así estaría más cerca de él que nunca, olvidando cuán poco había querido estarlo en vida. Y antes de mucho se persuadió de que nunca habían estado realmente juntos. Le parecía cada vez más increíble que ella hubiera podido ligarse a un hombre como Oscar Wade.
Y a los cincuenta y dos años, amiga y ayudante del vicario de Santa María Virgen en Maida Vale, diácona de su parroquia, con capa y velo, cruz y rosario, y devota sonrisa, secretaria del Hogar de Jóvenes caídas, le llegó la culminación de sus largos años de vida religiosa y filantrópica, en la hora de la muerte. Al confesarse por última vez, su mente retrocedió al pasado y encontrose otra vez con Oscar Wade. Caviló algo así si debía hablar de él, pero se dio cuenta de que no podría, y de que no era necesario: por veinte años había estado él fuera de su vida y de su mente.
Murió con su mano en la mano del vicario, el que la oyó murmurar:
—Eso es la muerte. Creía que sería horrible, y no. Es la dicha; la mayor dicha.
La agonía le arrancó la mano de la mano del vicario y enseguida terminó todo.
Por algunas horas se detuvo ella vacilante en su cuarto, y remirando todo lo tan familiar, lo veía algo extraño y antipático ahora.
El crucifijo y las velas encendidas le recordaban alguna tremenda experiencia, cuyos detalles no alcanzaban a definir; pero que parecían tener relación con el cuerpo cubierto que yacía en la  cama, que ella no asociaba a su persona.
Cuando la enfermera vino y lo descubrió, vio Enriqueta el cadáver de una mujer de edad mediana, y su propio cuerpo vivo era el de una joven de unos treinta y dos años. Su frente no tenía pasado ni futuro, y ningún recuerdo coherente o definido, ninguna idea de lo que iba a ocurrirle. Luego, de repente, el cuarto empezó a dividirse ante su vista, a partirse en zonas y hacer de piso, muebles y cielo raso, que se dislocaban y proyectaban hacia planos diversos, se inclinaban en todo sentido, se cruzaban, se cubrían con una mezcla transparente, de perspectivas distintas, como reflejos de exterior en vidrios de interior.
La cama y el cuerpo se deslizaron hacia cualquier parte, hasta perderse de vista. Ella estaba de pie al lado de la puerta, que aún quedaba firme: la abrió y se encontró en una calle, fuera de un edificio grisáceo, con gran torre de alta aguja de pizarra, que reconoció con un choque palpable de su mente: era la iglesia de Santa María Virgen, de Maida Vale, su iglesia, de la que podía oír ahora el zumbido del órgano. Abrió la puerta y entró. Ahora volvía a tiempo y espacio definidos, y recuperaba una parte limitada de memoria coherente; recordaba los detalles de la iglesia, en cierto modo permanentes y reales, ajustados a la imagen que tomaba posesión de ella. Sabía para qué había ido allí.
El servicio religioso había terminado, el coro se había retirado, y el sacristán apagaba las velas del altar. Ella caminaba por la nave central hasta un asiento conocido, cerca del púlpito, y se arrodilló. La puerta de la sacristía se abrió y el reverendo vicario salió de allí en su sotana negra, pasó muy cerca de ella y se detuvo esperándola: tenía algo que decirle. Ella se levantó y se acercó a él, que no se movió, y parecía seguir esperando, aunque ella se le acercó luego más que nunca, hasta confundir sus rasgos. Entonces se apartó algo para ver mejor, y se encontró con que miraba la cara de Oscar Wade, que se estaba quieto, horriblemente quieto, cortándole el paso.
Ella retorcedió, y las anchas espaldas la siguieron, inclinándose a ella y sus ojos la envolvían. Abrió ella la boca para gritar, pero no salió sonido alguno; quería huir, pero temía que él se moviera con ella; así quedó, mientras las luces de las naves laterales se apagaban una por una, hasta la última. Ahora debía irse, si no, quedaría encerrada con él en esa espantosa oscuridad. Al fin consiguió moverse, llegar a tientas, como arrastrándose, cerca de un altar. Cuando miró atrás, Oscar Wade había desaparecido.
Entonces recordó que él había muerto. Lo que había visto no era Oscar, pues, sino su fantasma. Había muerto hace diecisiete años. Ahora se sentía libre de él para siempre.
Salió al atrio de la iglesia, pero no recordaba ya la calle que veía. La acera de su lado era una larga galería cubierta, que limitaban los altos pilares de un lado, y brillantes vidrieras de lujosos negocios del otro; iba por los pórticos de la calle Rívoli, en París. Allí estaba el porche del hotel Saint-Pierre. Pasó la puerta giratoria de cristales, pasó el vestíbulo gris, de aire denso, que ya conocía bien. Fue derecho a la gran escalera de alfombra gris, subió los innumerables peldaños en espiral alrededor de la jaula que encerraba al ascensor, hasta un conocido rellano, y un largo corredor gris, que alumbraba una opaca ventana al final. Y entonces, el horror del lugar la asaltó, y como no tenía ningún recuerdo ya de su iglesia y de su Hogar de Jóvenes, no se daba cuenta de que retrocedía en el tiempo. Ahora todo el tiempo y todo el espacio eran lo presente ahí.
Recordaba que debía torcer a la izquierda, donde el corredor llegaba a la ventana, y luego ir hasta el final de todos los corredores; pero tenía temía algo que había allí, no sabía bien qué. Tomando por la derecha podría escaparse, lo sabía; pero el corredor terminaba en un muro liso; tuvo que volver a la izquierda, por un laberinto de corredores hasta un pasaje oscuro, secreto y abominable, con paredes manchadas y una puerta  de maderas torcidas al final, con una raya de luz encima. Podía ver ya el número de esa puerta: 107.
Algo había pasado allí, alguna vez, y si ella entraba se repetiría lo mismo. Sintió que Oscar Wade estaba en el cuarto, esperándola tras la puerta cerrada; oyó sus pasos mesurados desde la ventana hasta la puerta.
Ella se volvió horrorizada y corrió, con la rodillas que se le doblaban, hundiéndose, a lo lejos, por larguísimos corredores grises, escaleras abajo, ciega y veloz como animal perseguido, oyendo los pies de él que la seguían, hasta que la puerta giratoria de cristales la recibió y la empujó a la calle.
Lo más extraño de su estado era que no tenía tiempo. Muy vagamente recordaba que una vez había habido algo que llamaban tiempo, pero ella no sabía ya más qué era. Se daba cuenta de lo que ocurría o estaba por ocurrir, y lo situaba por el lugar que ocupaba, y medía su duración por el espacio que cruzaba mientras ello ocurría. Así que ahora pensaba: "Si pudiera ir hasta el lugar en que eso no había pasado aún. Más atrás aún".
Ahora iba por un camino blanco, entre campos y colonias envueltos en leve niebla. Llegó al puente de dorso alzado; cruzó el río y vio la vieja casa gris que sobrepasaba el alto muro del jardín. Entró por el gran portón de hierro y se halló en una gran sala de cielo raso bajo, ante la gran cama de su padre. Un cadáver estaba en ella, bajo una sábana blanca, y era el de su padre, que se modelaba claramente. Levantó entonces la sábana, y la cara que vio fue la de Oscar Wade, quieta y suave, con la inocencia del sueño y de la muerte. Con la vista clavada en esa cara, ella, fascinada, con una alegría fría y despiadada: Oscar estaba muerto sin duda ninguna ya. Pero la cara muerta le daba miedo al fin e iba a cubrirla, cundo notó un leve movimiento en el cuerpo. Aterrorizada, alzó la sábana y la estiró con toda su fuerza, pero las otras manos empezaron a luchar convulsivas, aparecieron los anchos dedos por los bordes, con más fuerza que los de ella, y de un tirón apartaron la sábana del todo, mostrando los ojos que se abrían, y la boca que se abría, y toda la cara que la miraba con agonía y horror; y luego se irguió el cuerpo y se sentó, con sus ojos clavados en los de ella, y ambos se inmovilizaron un momento, contenidos por mutuo miedo.
De repente se recobró ella, se volvió y corrió fuera del salón, fuera de la casa. Se detuvo en el portón, indecisa hacia dónde huir. Por un lado, el puente y el camino la llevarían a la calle Rívoli y a los lóbregos corredores del hotel; por el otro lado, al camino cruzaba la aldea de su niñez.
¡Ah, si pudiera huir más lejos, hacia atrás, fuera del alcance de Oscar, estaría al fin segura! Al lado de su padre, en su lecho de muerte, había sido más joven; pero no lo bastante. Tendría que volver a lugares donde fuera más joven aún, y sabía dónde hallarlos. Cruzó por la aldea, corriendo, pasando el almacén, y la fonda, y el correo, y la iglesia, y el cementerio, hasta el portón sur del parque de su niñez.
Todo eso parecía más y más insustancial, se retiraba tras una capa de aire que brillaba sobre ello como vidrio. el paisaje se rajaba, se dislocaba, y flotaba a la deriva, le pasaba cerca, en viaje hacia lo lejos, desvaneciéndose, y en vez del camino real y de los muros del parque, vio una calle de Londres, con sucias fachadas, claras, y en vez del portón sur del parque, la puerta giratoria del restaurante en Soho, la que giró a su paso y la empujó al comedor que se le impuso con la solidez y precisión de su realidad, lleno de conocidos detalles: las blancas paredes con paneles de marcos dorados, las blandas alfombras turcas, la facha de los clientes, moviéndose como máquinas, y las luces de pantallitas rojas. Un impulso irresistible la llevó hasta una mesa en un rincón, donde un hombre estaba solo, con su servilleta tapándole el pecho y la mitad de la cara. Se puso ella a mirar, dudosa, la parte superior de esa cara. Cuando su servilleta cayó, era Oscar Wade. Sin poder resistir, se le sentó al lado; él se reclinó tan cerca que ella sintió el calor de su cara encendida y el olor del vino, mientras él le murmuraba:
—Ya sabía que vendrías.
Comieron y bebieron en silencio.
—Es inútil que me huyas así —dijo él.
—Pero todo eso terminó —dijo ella.
—Allá sí; aquí, no.
—Terminó para siempre.
—No. Debemos empezar otra vez. Y seguir, y seguir.
—¡Ah, no! Cualquier cosa menos eso.
—No hay otra cosa.
—No, no podemos. ¿No recuerdas cómo nos aburríamos?
—¿Que recuerde? ¿Te figuras que yo te tocaría si pudiera evitarlo?... Para eso estamos aquí. Debemos: hay que hacerlo.
—No, no. Me voy ahora mismo.
—No puedes —dijo él—. La puerta está con llave.
—Oscar, ¿por qué la cerraste?
—Siempre fui así. ¿No recuerdas?
Ella volvió a la puerta, y no pudiendo abrirla, la sacudió, la golpeó, frenética.
—Es inútil, Enriqueta. Si ahora consigues salir, tendrás que volver. Lo dilatarás una hora o dos, pero ¿qué es eso en la inmortalidad?
—Habrá tiempo de hablar de inmortalidad cuando hayamos muerto. ¡Ah!...
Eso pasó. Ella se había ido muy lejos, hacia atrás, en el tiempo, muy atrás, donde Oscar no había estado nunca, y no sabría hallarla, al parque de su niñez. En cuanto pasó el portón sur, su memoria se hizo joven y limpia: flexible y liviana, se deslizaba de prisa sobre el césped, y en sus labios y en todo el cuerpo sentía la dulce agitación de su juventud. El olor de las flores de saúco llegó hasta ella a través del parterre, Jorge Waring estaba esperándola bajo el sáuco, y lo había visto. Pero de cerca, el hombre que la esperaba era Oscar Wade.
Te dije que era inútil querer escapar, Enriqueta. Todos los caminos te retornan a mí. En cada vuelta me encontrarás. Estoy en todos tus recuerdos.
—Mis recuerdos son inocentes. ¿Cómo pudiste tomar el lugar de mi padre y de Jorge Waring? ¿Tú?
—Porqué los reemplacé.
—Nunca. Mi cariño por ellos era inocente.
—Tu amor por mí era parte de eso. crees que lo pasado afecta lo futuro. ¿No se te ocurrió nunca pensar que lo futuro afecta lo pasado?
—Me iré lejos, muy lejos —dijo ella.
—Y esta vez iré contigo —dijo él.
El saúco, el parque y el portón flotaron lejos de ella y se perdieron de vista. Ella sola hacia la aldea, pero se daba cuenta de que Oscar Wade la acompañaba detrás de los árboles, al lado del camino, paso a paso, como ella, árbol a árbol. Pronto sintió que pisaba un pavimento gris, y una fila de pilares grises a su derecha y de vidrieras a su izquierda la llevaban, al lado de Oscar Wade, por la calle Rívoli. Ambos tenían los brazos caídos y flojos, y sus cabezas divergían, agachadas.
—Alguna vez ha de acabar esto —dijo ella—. La vida no es eterna: moriremos al fin.
—¿Moriremos? Hemos muerto ya. ¿No sabes qué es esto y dónde estamos? Ésta es la muerte, Enriqueta. Somos muertos. Estamos en el infierno.
—Sí. No puede haber nada peor que esto.
—Esto no es lo peor. No estamos plenamente muertos aún, mientras tengamos fuerza para volvernos y huirnos, mientras podamos ocultarnos en el recuerdo. Pero pronto habremos llegado al más lejano recuerdo, y ya no habrá nada, más allá, y no habrá otro recuerdo que éste.
—Pero ¿por qué?, ¿por qué? —gritó ella.
—Porque esto es lo único que nos queda.
Ella iba por un jardín entre plantas más altas que ella. Tiró de unos tallos y no podía romperlos. Era una criatura.
Se dijo que ahora estaría segura. Tan lejos había retrocedido que había llegado a ser niña otra vez. Ser inocente sin ningún recuerdo, con la mente en blanco, era estar segura al fin.
Llegó a un parterre de brillante césped, con un estanque circular rodeado de rocalla y flores blancas, amarillas y purpúreas. Peces de oro nadaban en el agua verde oliva. El más viejo, de escamas blancas, se acercaba primero, alzando su hocico, echando burbujas.
Al fondo del parterre había un seto de alheñas cortado por un amplio pasaje. Ella sabía a quién hallaría más allá, en el huerto: su madre, que la alzaría en brazos para que jugara con las duras bolas rojas que eran las manzanas colgando de su árbol. Había ido ya hasta su más lejano recuerdo, no había nada más atrás. En la pared del huerto tenía que haber un portón de hierro que daba a un campo. Pero algo era diferente allí, algo que la asustó. Era una puerta gris en vez del portón de hierro. La empujó y entró al último corredor del hotel Saint-Pierre.

Traducción de Xul Solar

[Tomado de Cuentos memorables según Jorge Luis Borges, Punto de lectura, México, 2009.]