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martes, 1 de agosto de 2017

La escritora norteamericana Que ya es un mito ,Cynthia Ozick

















Nació en el Upper East Side de Manhattan en 1928, el año antes del crack, del duro despertar de los felices años 20, pero creció en el Bronx, en Pelham Bay, un barrio de casas pequeñas donde, de camino a la escuela, respiraba la fragancia de los lilos al pasar por los pequeños patios delanteros. La biblioteca pública llegaba todos los viernes por la tarde en forma de camión verde que estacionaba cerca de una casa que tenía un cerdo en su patio. Y había un parque lleno de monumentos decadentes. Y de ranas. Su familia acababa de emigrar a Estados Unidos pero, matiza, no desde Lituania, como señalan las biografías que pueden leerse en la red, sino desde “la Rusia Blanca”, huyendo de los pogromos que diezmaban a los judíos y del hambre comunista. Su abuela le enseñó el yiddish, los insultos de los niños le descubrieron su identidad judía. No empezó a escribir hasta los 42 años. 

Cynthia Ozick es una de las mayores escritoras estadounidenses vivas y también una de las más desconocidas para el lector español, un trabajo de estilo casi obsesivo que vibra en novelas como El chal o en los Cuentos reunidos que acaba de editar Lumen en nuestro país. Cuando en 1985 el Paris Review envió a un periodista a entrevistarla y éste lanzó su primera pregunta, ella se abalanzó sobre su máquina de escribir para responder. Por escrito contesta también a continuación 

-Se cuenta que pelea con la escritura sílaba a sílaba, que escribir para usted es una batalla sin armisticio, que nunca le satisface el resultado.
-Es la talentosa y valiente Eugenia Vázquez Nacarino la que se ha peleado “sílaba a sílaba” para traducir mis relatos al español. Mi batalla personal es más humilde: la lucha de todo escritor serio para encontrar le mot juste. Las palabras que llegan con demasiada facilidad son las de la lengua de todos los días, y si bien se trata de las que el diálogo en la ficción busca repetir, no son las mismas de la prosa literaria. Incluso cuando el diálogo parece más coloquial, nunca ofrece simplemente la transcripción de una conversación real, con sus vacilaciones, repeticiones, titubeos, incertidumbres: debe ser formado, moldeado, organizado con ingenio y concisión, un simulacro astuto, pero todavía sólo un simulacro. El idioma “normal”, nunca contará como literatura. 

-¿Y qué cuenta entonces?
-El mundo del libro lo disputan dos especies de escritores: los que aplican la prosa de segunda mano y los que no. Imagine un gran rollo de tela, no de lino o seda, sino de poliéster barato. El escritor de segunda mano corta piezas de la misma, capítulo por capítulo, cuento a cuento. Sin embargo, independientemente de lo que cosa con ellas, ya sea novela o cuento (o incluso poesía), siempre será poliéster. El segundo tipo de escritor aspira a convertirse no sólo en un escritor de gatillo fácil sino en algo completamente distinto: un escritor que también es artista. El arte literario combina lenguaje forjado de yuxtaposiciones frescas, de palabras que no se escuchan en el mercado o en la tienda de jardinería, con ideas y observaciones que, aunque un poco gastadas (porque todos los cuentos se han contado antes), nos parecen nuevas. Pero hay otro elemento al acecho que no puede ser nombrado o descrito, que va más allá del pensamiento y de la lengua que lo transporta. Una especie de halo de la intuición mezclado con perspicacia, un escurridizo velo de sentimiento que no puede ser deseado o planeado o incluso solicitado. Somos, sin embargo, conscientes de su presencia en, por ejemplo, La muerte de Iván Ilich de Tolstoi, o Campesinos de Chéjov, o La marca de nacimiento de Hawthorne, o en comedias del absurdo como Don Quijote o La importancia de llamarse Ernesto, de Wilde. Y ese es el inasible, insondable, indecible tercer elemento que hace el arte. En muy raras ocasiones, y sólo cuando una obra llega a su fin, puedo sentir un susurro fugaz de ese tercer elemento. Pero pocas veces, casi nunca; la escritura está a la altura de su reputación y de su verdadero nombre. Es un trabajo duro. 

El tedio del yo

Cynthia Ozick desprecia la memoria tanto como ensalza la imaginación. Admite recuperar fragmentos de recuerdos en sus ensayos pero jamás en la ficción. “Una historia, un barrio o un paisaje pueden ser invocados, pero nunca un incidente. Huyo de lo autobiográfico, me frustra, me limita demasiado, pone freno a cualquier ápice de fluidez”. Ozick huye del tedio del yo, de ese tipo tan bien conocido que es siempre uno para sí mismo. La liberación brota siempre de la invención, de lo desconocido. “En los campos sin límites de la invención puedo hacer que sucedan cosas que nunca sucedieron, ir a donde me plazca y ver, y hacer, sin miedo, cualquier cosa, todo lo ajeno a mi estrecha experiencia. Puedo vivir otra vida. La ficción es impostura, la alegría de mentir sin penalización”. 

-La crítica explica que su muy singular estilo es “realista”. ¿Así lo describiría?
-Updike escribió una vez que no importaba lo mucho que lo intentara, siempre que escribió una frase resultó ser una frase de Updike. Y una frase es una frase en sus dos acepciones: una cierta longitud de prosa declarativa y un juicio que encarcela. Al igual que cada individuo no puede alterar su ADN, su particular destino biológico, cada escritor está condenado a la clase de prosa que emerge de su pluma. El estilo es innato. Uno no puede controlar su estilo idiosincrásico como no puede cambiar el color de sus ojos. ¡Oh, cómo me gustaría scribir como Tolstoi! Pero para escribir como Tolstoi, o como Updike, uno tiene ser Tolstoi, uno tiene que haber nacido Updike. La envidia es inútil; también lo es la aspiración. 

-He leído varias entrevistas suyas y siempre le preguntan por Henry James, su “maestro”. Bloom dice que todos los escritores malinterpretan a sus precursores para lograr una literatura verdaderamente original. ¿Cómo gestiona su personal “ansiedad de la influencia”?
-Uno puede creerse influido por, digamos, Henry James, uno puede de hecho anhelar ser influido por Henry James, o, más sutilmente, uno puede inconscientemente imitar a Henry James, y el resultado no será nada más que una insensata parodia. Saul Bellow me señalaba en una carta las huellas fácilmente visibles de James en uno de mis primeros cuentos: se había percatado de que, en una pausa en el diálogo, había insertado la frase típicamente jamesiana: “Dudó”. Bloom entiende por “ansiedad” el temor del autor a no alcanzar la originalidad por haber llegado después de una gran figura literaria. Pero, ¿un precursor poderoso realmente amenaza o inhibe la originalidad? ¿Homero impide el Ulises de Joyce? Mi compromiso con James hace mucho tiempo que se detuvo en la veneración de sus poderes. No hay nada que alguna vez tomara de él que no terminara en la locura de la imitación: un secundario efímero emulando al principal. 

-Anna Karenina escrita por Henry James... ¿nunca se habría suicidado?
-¿Qué haría James con Anna Karenina? Sí, ella, incluso en las manos exigentes de James, sería una suicida, pero no del tipo corporal. James no la arrojaría bajo las ruedas de un tren, sino bajo los sutiles tejemanejes de una intriga malévola. A través de diversas maniobras psicológicas, acabaría por hundirse moral y espiritualmente, y su “suicidio” consistiría precisamente en tener que vivir. Aunque algunos quieren denigrar a James como un escritor de la hora del té, él se ocupa de la corrupción y del mal absoluto. Incluso escribe -oblicuamente- del amor sexual apasionado, como entre Merton Densher y Kate Croy en Las alas de la Paloma.

La imaginación va donde quiere

-Los novelistas judíos actuales son en su mayoría laicos cuando no ateos. Pero usted es creyente... ¿Juega algún papel la religión en su obra?
-Se trata de una premisa que me incomoda ya que “la religión” sugiere una piedad rígida y dogmática, y la verdad es que cada vez que me encuentro (¡por suerte no muy a menudo!) una novela que se lee como un tratado o un sermón -o revela un trasfondo didáctico- me dan ganas de tirarla contra la pared. Como judía siento el impacto de una larga, larga historia, de la rica diversidad de los movimientos intelectuales que han caracterizado el pensamiento judío durante milenios, y en cierto sentido esa historia, sin duda, puede colorear lo que escribo; pero no es lo que esencialmente me motiva como novelista. La imaginación va donde quiere. Y así escribo sobre judíos. ¿Quién no? Joyce tiene su Bloom, Borges estaba fascinado con el judaísmo. Andrew Marvell, el poeta inglés del XVII, ¡no podía siquiera cortejar a su tímida amante sin invocar a los judíos! Escribió: “Si tuviéramos suficiente mundo y tiempo / Te amaría diez años antes del Diluvio; / Y tú deberías, por favor, negarte / Hasta la conversión de los judíos”. Osea hasta la eternidad, ¿no? “La conversión de los judíos”... Eso nos lleva de vuelta a la historia española. ¿En cuántos miles y miles de españoles de hoy dejó su huella el ADN de los judíos conversos del siglo XV? 

-Rechaza ser tratada como una escritora feminista. ¿Qué le rechina del feminismo actual?
-El feminismo clásico se esforzó para que las mujeres tuvieran acceso a todas las posibilidades mundanas, para que no las excluyeran de las profesiones, de los deportes, de la política, de todas los caminos de la aspiración. Las mujeres ya no estaban condicionadas por su anatomía. Pero las llamadas feministas de hoy parecen haber vuelto a los malos y viejos tiempos renovando esa circunscripción repudiada; apenas miran más allá de la anatomía y existen algunos cursos de “Estudios de la Mujer” que podrían mejor titularse “Estudios del cuerpo”. Y luego, bueno, un escritor es un escritor. ¿Alguien se refiere a García Márquez como un “hombre escritor”? Si eso suena ridículo, entonces lo mismo debería sonar “mujer escritora”. 

-Sabemos que ama a Edith Wharton, Henry James , E. M. Foster... Pero, ¿que opinión le merecen los escritores actuales? 
-¿Estamos hablando de ficción? Entonces supongo que he llegado a la edad de la relectura. Si hubiera suficiente mundo y tiempo... pero no hay, así que me siento atraída más por los libros antiguos que ya han demostrado su imperecedero encanto. 

-A David Foster Wallace le encantaban sus libros. ¿Le gustan a usted los suyos?
-Confieso: he leído muy poco a David Foster Wallace, apenas uno o dos ensayos. Pero he visto una reproducción de la guarda de uno de mis libros llena de escritura a mano de Wallace, y me conmovió. En esa página en blanco había listado las palabras que yo había utilizado, palabras con las que aparentemente no estaba familiarizado, y al lado de cada uno de ellas colocó su definición. Me quedé de una pieza. Tan extraño, tan fraternal, ¡tan cerca de la médula! Me hizo pensar en el cuaderno hebreo de Kafka, en el que copió palabras hebreas nuevas para él y escribió junto a ellas su significado en alemán. De la nueva generación de escritores... ¿habrá alguno igual a Bellow, Nabokov, García Márquez, Clarice Lispector, Alice Munro? Sólo tenemos que esperar. 

Pocos lectores pero suficientes

-Después de toda una vida dedicada a la escritura, ¿qué piensa cuando se lee a sí misma?
-¿Qué pienso de mi propio trabajo? Me decepciona. No es lo suficientemente bueno, no es lo que esperaba. No obstante, ojalá hubiera escrito más así. Por ejemplo, dediqué siete años a la redacción y la producción de una obra de teatro dirigida por Sidney Lumet. Durante ese largo período, él escribió un libro llamado Making Movies. Con toda mi atención puesta en la obra y sus numerosos borradores, yo no escribía nada. Las historias que podrían haber surgido, la novela que nunca llegó a ser se desvanecieron por el bien de las actuaciones y el público. Por supuesto, queda la emoción del teatro, pero, ¡oh qué efímera! Y soy consciente, y de forma aguda, de que mis historias también son efímeras. Tengo pocos lectores, suficientes incluso ahora. Aún así, me gusta fingir que voy a vivir para siempre, para poder sufrir y sufrir y sufrir los espejismos de que los escritores somos presa.

-El Holocausto ha estado siempre muy presente en su obra. ¿Los judíos vuelve a vivir días malos?
-Todo el mundo me lo pregunta: “¿vuelven los judíos a vivir tiempos difíciles?” Lo tomo como una constatación, ya que sin duda lo es, y vivo absorbida por estos acontecimientos horribles desde que me despierto hasta el final del día. Es innegable que los judíos vuelven a ser demonizados en Europa, 70 años después del tormento y asesinato de un tercio de su pueblo. La ficción deliberada del “antisionismo” como algo separado del “antisemitismo” no ha sido más que un pretexto para los terroristas que planean sin cesar matar a tantos judíos como les sea posible en todas partes. Lo más doloroso no es el aullido de los matones callejeros ni de los gamberros del fútbol con sus consignas cruelmente difamatorias y sus pañuelos palestinos, sino la complicidad de la élite sofisticada.

Porque, insiste Ozick, es en las universidades donde el boicot a Israel es seguido con más celo, y el contagio, asegura, comienza a llegar a los EE.UU. “Que la legitimidad de Israel sesenta y siete años después de su renovación histórica se cuestione en casi todas partes es un síntoma de podredumbre moral, bien visible en esa expresión radicalmente malvada, obscena, de “el derecho a existir”. ¿Quién cuestionaría el derecho a existir de un gato o un perro? Y ahora los judíos, rodeados de enemigos que claman por su destrucción, ¿han de ser despojados de nuevo del derecho a existir?Hay días en que no sé si estoy viviendo en el siglo XXI o en los temblorosos años treinta. Sin duda su publicación no esperaría semejante alegato en una entrevista literaria. Pero ha sido usted el que me ha preguntado por “los judíos que viven otra vez tiempos difíciles”.
 

martes, 11 de julio de 2017

BiblioteCas



Dibujos de violencia y amor: la vida maldita de la sobrina de Freud


Martha Freud fue conocida no solo por ser la sobrina del padre del psicoanálisis sino también por ilustrar hermosos cuentos para niños.


La autora infantil Tom Seidmann-Freud (1892-1930) es una de las artistas de culto del siglo XX

Su tío Sigmund decía que “estaba un poco loca” debido a su forma de actuar. Se trataba nada más ni nada menos que de Martha Freud, una de las mejores ilustradoras de libros infantiles de todos los tiempos.
Al día de hoy, sus obras son tan importantes que serán expuestas en la muestra “Documenta”, en Alemania; junto a ellas también se revelará su fuerte historia de vida, que terminó muy prematuramente a los 37 años luego de cometer un suicidio.
Según revela Infobae, Martha Freud solía vestirse como varón en “ciertas ocasiones” y firmar con el nombre de Tom Seidmann-Freud, un pseudónimo masculino que surgía de sus apellidos de casada y soltera, respectivamente.
La ilustradora tenía 19 años cuando comenzó a estudiar arte, paralelamente, realizó los dibujos para sus dos primeros libros: “La pequeña nube” y “El jardín del dolor”. Sus dibujos habían llamado la atención de los críticos, quienes los describían como “pintorescamente feos y geniales”.
Desafortunadamente, Martha Freud comenzó a padecer tragedias desde muy joven; luego de casarse con su esposo Yankel y tener a su primera hija, falleció uno de sus mejores amigos y su hermano Theodor, estos hechos marcaron no solo su vida personal sino también profesional y artística.
Paralelamente, Martha y su esposo, que trabajaban juntos en asuntos editoriales, conocieron al escritor Jaim Najman Bialik, con quien luego iniciaron una sociedad que dio origen a la editorial Ophir, que quebró con la crisis económica del ’30.
Desafortunadamente, los problemas financieros llevaron a Yankel a suicidarse, abandonando así a Martha y su pequeña hija de seis años.
Pocos meses tuvieron que pasar para que, finalmente, Martha dejara de comer, como consecuencia de la tristeza y la pena que sentía por la muerte de su marido. Finalmente, el 7 de febrero de 1930, la sobrina de Freud se suicidó tomando pastillas.
Luego de su fallecimiento, todos sus dibujos y obras fueron recopilados por su hermana Lilly y guardados dentro de una caja por temor a que fuesen destruidos por el Nazismo. Tuvieron que pasar muchos años para que, finalmente, el arte de Martha vuelva a manos de sus progenitores y pueda ver la luz en la exposición “Documenta"

A los 15 años, y ya con la familia trasladada de Viena a Berlín, Martha adoptó Tom como nombre y comenzó a vestirse a la manera masculina. Como futura estudiante de arte, no quería que el género fuese un obstáculo para la trascendencia de sus trabajos.
Sus creaciones, tras estudiar arte en Londres, se encuadraron rápidamente en el Jugendstil, el nombre alemán con el que se conoció el Art Nouveau o modernismo. Poco después, en 1920, conoció a Jakob Seidmann, con quien se casó 2 años después. Estuvieron juntos para siempre.
Con unas composiciones delicadas pero firmes en el trazo y una acuarela colorista, comenzó a hacerse un hueco en el panorama editorial. Publicó libros de cuentos como Kleine Märchen (La pequeña hada) oDie Fischreise (El viaje del pez). En 1924 llegaría Buchder Hasengeschichten, el libro de las historias de las liebres.



El mismo año que apareció El viaje del pez, los Seidmann conocieron en Berlín a Jaim Najman Bialik, el gran escritor y traductor judío que se proponía llevar la mejor literatura del mundo a los niños de Palestina, en hebreo. Bialik estaba encantado con El viaje del pez. En poco tiempo, la amistad se convirtió en sociedad y los tres montaron con mucha ilusión la editorial Ophir (que era el nombre de una tierra bíblica de grandes riquezas, desde donde se cree que le llegaba cada tres años un cargamento de oro, plata, piedras preciosas, marfil, monos y pavos reales al rey Salomón), precisamente con la idea de crear y recrear la mejor literatura infantil en hebreo.




El estilo de ilustración de Tom Seidmann-Freud cambió. Abandonó los lineamientos del Jugendstil para tomar los de la Nueva Objetividad (Neue Sachlichkeit), el arte moderno que reinaba durante la República de Weimar, con sus líneas más geométricas, sus tonos más claros y el uso de colores delicados y hasta transparentes.

Comenzaron a traducir al hebreo y a ilustrar clásicos de Andersen y de los hermanos Grimm y el giro en el estilo y el diseño también se adueñó de los contenidos, ya que por una cuestión ideológica introdujeron en los relatos la idea de un judaísmo socialista con el que soñaban. También hubo revolución en el tema de género, ya que las diferencias entre niñas y niños en las ilustraciones se hicieron menos notorias.



Los títulos del catálogo (libros de literatura de diferente tipo, incluso libros móviles, pero también fabulosos textos de pedagogía y metodología para leer, escribir y también para realizar operaciones matemáticas) comenzaron a circular y obtenían excelentes comentarios en el grupo de artistas e intelectuales más refinados. Hasta Walter Benjamin (quien también es objeto de una muestra en Documenta, Kassel) escribió elogiosamente sobre los libros de Ophir. Pero desfortunadamente no alcanzó con el entusiasmo, ni con la retórica y los elogios.



A la muerte de Tom, su hermana Lily reunió todos sus bocetos, dibujos, pruebas de color y notas, colocó los materiales en una enorme caja sellada y la guardó. Con la llegada del nazismo, desaparecieron del mercado la mayoría de los libros de las editoriales de los Seidmann, por lo que algunos de los dibujos más bellos del mundo ingresaron en la oscuridad. Muchos de los miembros de la familia Freud (incluida la madre de Tom, Mitzi y otras tres hermanas), murieron en campos de concentración y el resto de los integrantes del clan padeció diferentes formas del desarraigo para sobrevivir.

Cuando Lily murió, en 1978, la caja sellada con la obra de Tom llegó a manos de Angela, que vivía en Israel y que había cambiado su nombre por el nombre hebreo de Aviva, que se traduce como primavera o renovación. Su apellido, entonces, ya era el de su esposo: Hariri.




Imposible no imaginar las emociones que habrá sentido esa mujer en el momento en que se reencontró con la obra de su madre, un tesoro fabuloso que comenzó a divulgar y que difundió hasta su muerte, ocurrida en 2011. Hoy son sus tres nietos (Amnon Harari, Ayala Drori y Osi Gevim) quienes cuidan la memoria y la obra de aquella ilustradora extraordinaria, que a los 37 años sintió que su vida no era y nunca sería un cuento de hadas y pensó que ya no tenía sentido seguir adelante.

La obra de Tom Seidmann-Freud hoy cotiza en alza: la artista maldita y sufrida se convirtió en artista de culto. Sus dibujos se venden en subastas, sus libros comienzan a reeditarse (hace unos años, cada bebé en Tel Aviv recibía un librito publicado por la municipalidad con canciones de Bialik y dibujos de Tom Seidmann-Freud) y los expertos se engolosinan con sus diversas técnicas y hablan de folk art y surrealismo o comparan alguno de sus estilos con la modernidad de Miyazaki, el creador de El viaje de Chijiro.

El alma del arte estuvo a oscuras y en una caja sellada, durante 50 años. Ni la locura, ni los nazis ni la muerte por mano propia lograron apagar el brillo de ese tesoro en colores. La obra de Tom sobrevivió al Holocausto y regresó para enamorarnos a todos.













 Martha Tom Freud con su hija









miércoles, 28 de junio de 2017

Manicomios depOETAS. Alda Merini, poeta italiana y candidata al Nobel Pasó veinte años en un manicomio y murió pobre






Alda Merini (Milán, 21 de marzo de 1931 - ibíd. 1 de noviembre de 2009)1 fue una escritora y poeta italiana







Alda Giuseppina Angela Merini nació el 21 de marzo de 1931 en una casa de la vía Papiniano n.º 57 de Milán,2 en el seno de una familia humilde (el padre era dependiente en una compañía de seguros, Assicurazioni Generali Venezia, y la madre era ama de casa). Fue la menor de tres hermanos (una hermana y un hermano que aparecen en los poemas de Merini). Alda estudió en el Instituto Laura Solera Mantegazza y no consiguió matricularse en el Liceo Manzoni al no superar el examen de italiano. Durante este tiempo estudió piano, instrumento que apreciaba especialmente.
Publicó a edad muy temprana, con sólo quince años, gracias a la protección de Giacinto Spagnoletti, que fue quien descubrió su talento artístico. En 1947, Merini encuentra le prime ombre della sua mente («las primeras sombras de su mente»)3 y es internada durante un mes en el Hospital Psiquiátrico de San Raffaele Turro (Villa Turro) de Milán. Cuando sale, Giorgio Manganelli (a quien había conocido en casa de Spagnoletti junto a Luciano Erba y a Davide Turoldo) lleva a Merini a terapia con los psicoanalistas Fornari y Cesare Musatti.
Giacinto Spagnoletti incluyó a Merini entre los poetas de su Antologia della poesia italiana 1909-1949, publicada en 1950.4 En 1951, por la sugerencia de Eugenio Montale y de Maria Luisa Spaziani, el editor Scheiwiller publica dos poemas inéditos de Merini en el libro Poetesse del Novecento.
Entre 1950 y 1953, Merini frecuenta por trabajo y amistad al poeta Salvatore Quasimodo. En 1953 se casa con Ettore Carniti, propietario de algunas panaderías de Milán.
En 1953 aparece su primer volumen propio de poemas, La presenza di Orfeo. En 1955 publica Nozze Romane (Bodas romanas) y Paura di Dio (Miedo de Dios). Este mismo año nace su primera hija, Emanuela. Alda dedicará al médico que cuidó de su niña, Pietro De Paschale, la selección de versos Tu sei Pietro (Tú eres Pedro) que se publicó en 1961.




Tras Tu sei Pietro comienza un periodo de silencio y aislamiento, debido a su internamiento en el Hospital Psiquiátrico Paolo Pini, que dura hasta 1972 (con periodos en los que volvía a la casa familiar, durante los cuales nacieron otros tres hijos, entre otros su predilecta hija Barbara).5
Hasta 1979 se alternaron los periodos de salud y enfermedad. En 1979 Merini vuelve a escribir: nacen en este momento sus textos más intensos, en los que narra sus experiencias en el hospital psiquiátrico. El libro se titulará La Terra Santa y será publicado en 1984 por Vanna Scheiwiller.
En 1981 muere su marido y la poeta se queda sola. En este periodo entabla una relación telefónica con el poeta Michele Pierri que, en aquel momento difícil de su retorno a la literatura, había demostrado apreciar su poesía. Se casa con él en octubre de 1983 y se traslada a Tarento, donde vive durante tres años. En este periodo escribe los veinte poemas-retrato de La gazza ladra (La urraca ladrona, alusión a una famosa ópera homónima de Rossini); también escribió numerosos textos para Perri. También en Tarento terminó L'altra verità. Diario di una diversa (La otra verdad. Diario de una distinta). Siempre frágil, en Tarento también tuvo problemas psiquiátricos.

En julio de 1986 regresó a Milán y recibió la asistencia de la doctora Marcella Rizzo, a la que dedicó más de una poesía. Reinicia antiguas amistades, entre ellas la de Vanni Scheiwiller, que publica L'altra verità. Diario di una diversa, su primer libro en prosa, al que seguirán Fogli bianchi en 1987 y Testamento (1988).
Merini inicia un periodo de gran fecundidad literaria y de estabilidad psicológica. En invierno de 1989 la poeta frecuenta el café-librería Chimera, situado en los Navigli (canales) de Milán, cerca de su casa, y ofrece sus escritos mecanografiados a sus amigos del café. En este periodo nacen libros como Delirio amoroso (1989) e Il tormento delle figure (El tormento de las figuras, 1990).
En los años siguientes, distintas publicaciones consolidan su regreso a la escena literaria. En 1991 se publica Le parole di Alda Merini (Las palabras de Alda Merini) y Vuoto d'amore (Vacío de amor), seguidos en 1992 por Ipotenusa d'amore, en 1993 La palude di Manganelli o il monarca del re (La ciénaga de Manganelli o el monarca del rey) y el librito Aforismi, con fotografías de Giuliano Grittini. Este año gana el Premio Librex-Guggenheim «Eugenio Montale» en la categoría de poesía, premio que la consagra entre los grandes literatos contemporáneos italianos, junto a figuras como Giorgio Caproni, Attilio Bertolucci, Mario Luzi, Andrea Zanzotto o Franco Fortini.
En 1996 gana el Premio Vareggio por La vita facile y en 1997 consigue el Premio Procida-Elsa Morante. Ese mismo año se promovió en Italia su candidatura al Premio Nobel, impulsada especialmente por el dramaturgo Dario Fo, pero no prosperó. Al año siguiente, sería Fo quien ganó el Nobel.
En 1997 se publica su antología poética La volpe e il sipario (La zorra y el telón), con ilustraciones de Gianni Casari, donde hace evidente que su técnica poética nace de lo oral. Sus poemas son muy breves, cercanos al aforismo, género que frecuentará durante estos años y que culminará con la publicación de libros como Il Catalogo Generale delle Edizioni Pulcinoelefante (El catálogo general de las ediciones pulgoelefante, Scheiwiller, 1997), Aforismi e magie (Aforismos y magias, Rizzoli, 1999) o Lettera ai figli (Carta a los hijos, editado por Michelangelo Camilliti con ilustraciones de Alberto Casiraghi).

En 2000 aparece Superba è la notte (Soberbia es la noche, Einaudi) con el conjunto de poemas

Fue nombrada doctora honoris causa por la Universidad de Mesina en octubre de 2007.8
Murió en Milán el 1 de noviembre de 2009.





"Soy una pequeña abeja furibunda. Me gusta cambiar de color. Me gusta cambiar de medida". La poetisa Alda Merini eligió estas palabras para abrir su página web.Nacida en Milán, en 1931, de familia modesta, la poetisa murió en esa misma ciudad el pasado domingo, 1 de noviembre, a causa de un tumor óseo. Fumaba 70 u 80 cigarrillos al día, pero a sus 78 años sostenía que el tabaco le había alargado la vida. Siempre llevaba un collar de perlas, pero vivía y murió en la indigencia por elección personal.
Se la considera una de las voces más claras y profundas de la poesía italiana del siglo XX. Quienes la conocieron han escrito estos días que era simpática y nostálgica, y que su personaje vital recordaba al eco de sus versos, de apariencia simple y burguesa, pero a la vez transgresores, intensos y dolorosos.

Con lucidez extrema, Merini narró en sus poemas la experiencia de la locura (vivió casi 20 años en manicomios, de 1961 a 1978) y de la estrechez física y económica. "Me inquieto mucho cuando me atan al espacio", escribió.

Loca de dolor

En una entrevista reciente, contaba que se volvió loca de dolor: "Murieron mis padres a la vez, cuando yo era muy joven. Y luego me separaron de mis hijas, no me dejaron estar con ellas. Fueron criadas por tres familias. No sé cómo encontré el tiempo para tenerlas. Se llaman Emanuela, Barbara, Flavia y Simonetta. Siempre les digo que no digan que son hijas de la poetisa Alda Merini. Esa loca. Ellas responden que soy su madre y basta, que no se avergüenzan de mí. Me conmueven".
Se casó con Ettore Carniti, un hombre celoso y muy infiel. Una noche que volvió a casa oliendo a perfume de otra mujer, ella cogió una silla y se la rompió en la cabeza. Él sobrevivió al golpe y llamó a la ambulancia. A ella la llevaron al Paolo Pini, el viejo manicomio de Milán.
El lugar era "terror, odio, sombra y muerte, el infierno de Dante, pero hice amigos allí", contaba. "Ése fue mi Premio Nobel". Le dieron 37 electrochoques. "Salir viva fue un milagro, allí se entraba para morir".
En 1953 publicó su primer libro, Presencia de Orfeo. Empezó a escribir siendo una niña, y uno de sus primeros poemas se lo dedicó al legendario banquero Enrico Cuccia. "Una vez me lo crucé por la calle y le dije: 'Yo tengo hambre'. Él contestó: 'Buena señal'. Y tiró derecho".
"La poesía nace de un terreno de dulzura, de amor. Las verdades me vienen de los sueños, los muertos me visitan", contaba.
Escribió también prosa y aforismos, y en 1996 fue propuesta para el Premio Nobel de Literatura por la Academia francesa. Su gran obra, La Terra Santa, le valió en 1993 el Premio Eugenio Montale. Se declaraba loca de amor por Rilke, y le gustaban Hölderlin, Valéry, Melville, Gide, Pirandello, Dante, Manzoni. Y en la vida: "Quasimodo, Manganelli, Montale, Raboni, la Spaziani. A algunos los amé y los tuve".
Otros de sus libros son Testamento, Vuoto d'amore, Ballate non pagate, Superba è la notte, L'anima innamorata, Corpo d'amore, La carne degli Angeli, Più bella della poesia è stata la mia vita o Clinica dell'abbandono.
Era una persona religiosa y muy pagana. "Me he portado siempre como una gran pecadora y no me he arrepentido de nada", dijo al diario La Repubblica en 2006. "No voy a la Iglesia a murmurar, pero Dios está aquí conmigo. Olfateo su olor. Dos cosas me convencen de la existencia de Dios: que no soy dueña de mi voluntad y que el océano Pacífico no pueden haberlo creado los científicos".
En sus últimos años, puso letra a canciones de artistas como Milva, Lucio Dalla, Roberto Vecchioni o Giovanni Nuti. Y dejó estos versos: "Navego como una sombra / en el sueño del día / y sin saber / me reconozco como tantos / inclinada sobre un altar / para ser comida quién sabe por quién".

fUENTE : WILKIPEDIA,  Diario El Pais , Miguel Mora



poema




Canto de respuesta 

Haber estado en ciertos lugares tristes,
cultivar fantasmas,
como dices tú, atento amigo mío,
no da derecho a creer que dentro
dentro de mí continúe la locura.
He seguido siendo poeta hasta en el infierno
sólo que yo buscaba de Eurídice
la casta sombra y no tengo más palabras...
Ésta, Franco, la tierna respuesta
a tu dilema: yo soy poeta
y poeta seguí siendo tras los barrotes;
sólo que afuera, sin casa y perdida
he continuado a mi pesar el canto
de la tristeza, y dentro de cada flor
de mi voz existe aún la esperanza
de que nada haya sucedido que devaste
mi surco de luz y haya perdido
la verdadera llave que me cierra a la verdad.




LA MIRADA DEL POETA
Si alguien tratara de entender tu mirada
defiéndete Poeta con ferocidad
tu mirada son cientos de miradas que ay te han visto temblando
 
Del libro Vuoto d’amore (Vacío de amor)


LA OTRA VERDAD
                                                                     a Simona y Giulia
En tiempos de la prisión inútil
yo amé a un compañero,
un desgraciado sin santidad.
Y así de este amor infeliz
has nacido tú,
flor de mi pensamiento.
Nadie en el manicomio ha dado nunca un beso
sino al muro que lo oprimía
y esto significa que la santidad
es de todos, como de todos es el amor.
 
Del libro Clinica dell’abbandono (Clínica del abandono)
 Traducción:
de Daniela Camacho Gimenez
Te espero  y cada día
me apago un poco a la vez
y he olvidado tu rostro.
Me pregunto si mi desesperación
es igual a tu ausencia
no, es algo más:
es un gesto de muerte fija
que no sé regalarte.



HUIDA DE LOBA

A quien me pregunta
cuántos amores he tenido
le respondo que mire
en los bosques para ver
en cuántas trampas ha quedado
mi pelo.