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domingo, 7 de febrero de 2016

La niña de Rojo. Caperucita urbana.

La narracion pone a Caperucita Roja en unbosque urbano, retratada en una colección de fascinantes imágenes, repletas de detalles y matices, propias del universo Innocenti. Una relectura que acerca el clásico al lector de hoy mediante una secuenciación narrativa de textos e ilustraciones que recuerda al mundo del cómic y en la que asoman esbozos de crítica social.





 
Título: La niña de rojo
Autor: Roberto Innocenti,Aaron Frisch
Ilustrador: Roberto Innocenti
Traducción: Carlos Heras
Editorial: Kalandraka Ediciones Andalucía
Sevilla, 2013
España
Págs: 32
Soporte: Papel
ISBN: 978-84-92608-66-9
Seleccionado por: Fundación Germán Sánchez Ruipérez
      Edad recomendada:  De 9 a 11 años
Otra version de Caperucita Roja.

COCINA yLITERATURA

COCINA LITERARIA

El arte culinario hace su aparición más de una vez en las obras de ficción. Puede tratarse un una simple evocación. como la de la madalena de Proust, de un símbolo de un tipo de vida, como el delicioso bizcocho, todavía caliente y fragante a mantequilla, que come por las mañanas la joven burguesa Cécile Grégoire enGerminal o -versión más elaborada y declaradamente gastronómica- de los platos que cocina Pepe Carvalho en las novelas de Vázquez Montalbán. En todos estos casos, la gastronomía actúa como complemento de la trama, ayuda a definir a un personaje o a redondear la historia. Pero también ocurre que un autor literario o su obra sirven de inspiración para la literatura gastronómica. Es lo que ha hecho, por ejemplo, Mark Crick- fotógrafo y dibujante británico- en Sopa de Kafka, una obra que lleva como subtítulo Un recorrido por la literatura universal en 14 recetas. Este pequeño volumen reúne 14 pastiches literarios que adoptan la forma de receta culinaria. Así, los "Huevos al estragón comentados a la manera de Jane Austen" comienzan así: "Es una verdad por todo el mundo admitida que los huevos que tardan mucho tiempo en consumirse acaban por echarse a perder"; John Steinbeck nos cocina un Risotto de setas ("Allí estaban los boletus, secos, engurruñados, unas láminas retorcidas por la falta de agua, del color de la tierra reseca.", hay que reconocer que parece estar hablando de la tierra agostada del Medio Oeste americano),  y los "Filetes de lenguado al estilo de Dieppe" que nos presenta Borges son, más que una receta, un intrincado laberinto de acontecimientos que acaban con alguna que otra muerte. Kafka, por su parte, más que cocinar, intenta hacer frente a unos invitados imprevistos con lo poco que tiene en su frigorífico; unos comensales que no recuerda haber invitado y que  -cómo no- resultan de lo más inquietante. Un divertimento literio que, gracias a las múltiples habilidades de su autor, incluye ilustraciones  "a la manera de" Andy Warhol, Picasso o Matisse, naturalmente dibujadas por él mismo.

Algo similar se le ha ocurrido a la escritora culinaria Esterelle Payany, en su Les criminels passent à table: 30 recettes vraiment mortelles des méchants de la littérature. Se trata aquí de recetas inspiradas por algunos de los "malos" más fascinantes de la literatura, tanto de los cuentos populares como de las obras clásicas o de autores modernos. Cada capítulo se abre con un fragmento de la obra en que está inspirada e incluye unas bonitas ilustraciones de Jean-François Martin. 
La madrastra de Blancanieves cocina unas tentadoras manzanas al caramelo y Long John Silver aprovisiona su barco con galletas de marinero, mientras que el  estofado con paprika de Drácula debe cocer durante toda la noche para alcanzar su punto óptimo. ¿Y quién podría resistirse al pollo con limón a la veneciana de Tom Ripley?
Claro que, hablando de Venecia, corro a la librería a hacerme con otro libro de recetas de procedencia literaria, A la mesa con Brunetti: por fin sabré cuál es el secreto de esos prodigiosos guisos con los que Paola Brunetti regala a diario a su familia y de paso nos hace salivar de envidia a sus lectores.

cORTAZAR MON AMOUR


sHOPENHAUER Y LA METAFORA DEL AMOR


Tolstoi. Sonata Kreuser. LA PAREJA Y LA SEXUALIDAD y la inTensiDAD.

Sonata a Kreutzer – Lev N. Tolstói

 
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Sonata a Kreutzer - Lev N. Tolstói“Sonata a Kreutzer” es una obra de una intensidad subyugadora, una de esas obras cuyo crescendo arrebata al lector, que se ve incapaz de abandonar la obra hasta no concluir su lectura. Enhebra además, junto a esa fuerza del argumento, una serie de razonamientos tan certeros que son un puntal fundamental para crear el asombro del lector: asombro ante lo que narra la obra, asombro ante unos razonamientos cuya lógica evidente permitimos que se oculte bajo los buenos modos de nuestra vida ‘civilizada’.
En esta brevísima novela, Lev Tolstói nos relata la historia de Pózdnyshev, un hombre que se casa enamorado y dispuesto a llevar una vida de tranquila felicidad doméstica. Pero las dulzuras de la luna de miel pronto dejan paso a la rudeza de la vida cotidiana, cuando el amor se quita la máscara y queda la descarnada realidad. Cuando por último entran en escena los celos, el final trágico se precipita: Pózdnyshev quitará la vida a su mujer.
El protagonista es consciente de que lo que ha hecho está mal y la idea del cuerpo de su esposa, inerte sólo por su causa, le llena de horror. No obstante, comprende que sus actos han sido el fruto de una serie de hechos y convenciones de las que él no ha tenido la energía suficiente para escapar.
La primera parte de la novela, en la que el protagonista se dedica a narrar sus reflexiones acerca de lo que suponen las relaciones entre hombres y mujeres, es magistral. Tolstói se sirve de un personaje que ha tocado fondo, un asesino, para poner en su boca pensamientos que nadie más podría expresar sin causar escándalo y que sin embargo, están llenos de razón.
Pózdnyshev no se engaña y considera que un único sentimiento preside las relaciones entre hombres y mujeres: el deseo sexual. Un deseo primigenio, esencia misma del ser humano, pero que éste ha tenido que disfrazar bajo la palabra ‘amor’, para no tener que reconocer ante sí mismo que, al menos en ese aspecto, muy poco le diferencia del resto de los animales.
Al hombre se le educa además desde su primera juventud para que satisfaga esa pasión y se le enseña a mirar a la mujer como vehículo para la obtención de un placer que, además, es saludable. El hombre no es capaz de contemplar a la mujer como una compañera, mucho menos como a una igual: la mujer es simplemente un objeto de placer. A algunas se las puede conseguir de una manera sencilla; para conseguir a otras, y por un convencionalismo social, es necesario pasar por el trámite del matrimonio.
La mujer, por su parte, debe convertirse en una simple mercadería y lograr convencer a algún hombre de que pague el precio (el matrimonio) para poder disfrutar con ella de los placeres sensuales; además de abrirle a ella a su vez la puerta a esos placeres que de otra manera le están vedados. Pózdnyshev, de regreso del infierno tras matar a su esposa, se rebela contra una sociedad que bendice unas relaciones desiguales.
El hombre humilla a la mujer cada vez que la contempla como un objeto destinado sólo a su placer. E inevitablemente, la contempla así siempre, porque eso le dictan sus instintos y eso aplaude la sociedad. El hombre precisa satisfacer su sensualidad siempre, y eso le lleva a ser el único animal que no respeta los periodos de gestación o lactancia de su compañera: no aprecia el milagroso esfuerzo de dar vida a un nuevo ser, sino que sigue buscándola para su solaz. Siendo esto así, jamás podrá darse una relación de igualdad entre hombres y mujeres.
La segunda parte de la novela, en la que el protagonista abandona las reflexiones generales sobre las relaciones entre hombres y mujeres, para centrarse en los detalles de su infeliz vida matrimonial, donde los momentos de deseo acabaron por no poder encubrir el odio que se había ido desarrollando entre los cónyuges, es menos interesante. A pesar del final dramático, de la tensión creciente que conduce a él, tiene menos capacidad de apelar al lector.
Una reflexión apunta, no obstante, entre el relato de los acontecimientos. Y es que la esposa de Pózdnyshev, hermosa, liberada por los médicos del peligro de la maternidad, vuelve a ser un bocado apetecible, no sólo para su esposo. La idea de que pueda gozar de placeres sensuales con otro, liberada del temor de engendrar un hijo fuera del matrimonio, enerva a un marido que, por una vez, teme a una mujer dueña de su sexualidad.
En resumen, una obra que invita a reflexionar sobre el papel de la sexualidad en las relaciones entre hombres y mujeres, enseñándonos que, en algunos sentidos, poco han cambiado a pesar del paso del tiempo.


tOLSTOI Y SU MUJER
                                            ( 1902)

viernes, 5 de febrero de 2016

Samuel Beckett

Molloy - Samuel Beckett

Autor: Samuel Beckett
ISBN: 978-84-206-0857-0
Género: Literatura contemporánea
Editorial: Alianza
Fecha publicación: 1951
Fecha edición: 2010
Páginas: 263
 
Sinopsis:
Primera de las novelas de la gran trilogía que completan Malone muere y El innombrable. Molloy constituye el punto de arranque de la etapa en que, tras la Segunda Guerra Mundial, Samuel Beckett (1906-1989) abandona el ingles en favor del francés como lengua literaria y ahonda en la visión trágica del mundo contemporáneo a través de imágenes en las que lo grotesco sirve para potenciar al máximo el patetismo y desolación de la vida humana.
La enajenación, la soledad, la falta de identidad y el anonimato condenan a los personajes del novelista irlandés a una lucha sin sentido con su propia existencia, para la que ni siquiera la aniquilación final de la muerte constituye ya una esperanza.
 
Fragmentos;
A mí lo que me gustaría es hablar de las cosas que aún me quedan, despedirme, terminar de morirme de una vez. No me dejan.
...
Que no vengan a hablarme de la luna, en mi noche no hay luna, y si alguna vez hablo de las estrellas se debe a un descuido.
...
Mi madre me veía con gusto, es decir, me recibía con gusto, pues hacía mucho tiempo que no veía nada. Haré lo posible por hablar de ella con serenidad. Éramos los dos tan viejos, yo había nacido siendo ella tan joven, que parecíamos una pareja de viejos compinches, sin sexo, sin parentesco, con los mismos recuerdos, los mismos rencores, las mismas esperanzas. No me llamaba nunca hijo, cosa que por otra parte yo tampoco habría soportado, sino Dan, no sé por qué, no me llamo Dan. Quizá Dan era el nombre de mi padre, sí, quizá me tomaba por mi padre. Yo la tomaba por mi madre y ella me tomaba por mi padre. (...) Cuando tenía que darle algún nombre la llamaba Mag. Y la llamaba Mag porque, aunque no hubiera sabido razonarlo, para mí la letra g abolía la sílaba ma, le escupía en la cara, por así decirlo, mejor que cualquier otra letra. Y al mismo tiempo así satisfacía una necesidad, profunda y sin duda inconfesada, la necesidad de tener una ma, es decir, una mamá, y de anunciarlo en voz alta. Porque antes de decir mag se dice ma, es evidente. Y da, en mi tierra, quiere decir papá.
...
Terminé comprendiendo que mi modo de reposar, mi actitud durante el reposo, a horcajadas sobre mi bicicleta, el brazo sobre el manillar, la cabeza entre los brazos, atentaba ya no recuerdo contra qué, el orden, el pudor. Señalé modestamente mis muletas y aventuré algunos rumores sobre mi enfermedad, que me obligaba a reposar como podía y no como debía. Entonces creí comprender que no había dos leyes, una para los sanos y otra para los inválidos, sino una sola, a la que debían someterse ricos y pobres, jóvenes y viejos, felices y desdichados.
...
Voy a advertiros de una cosa: cuando las asistentas sociales os ofrecen graciosamente una bazofia como para ni mirarla, lo cual en ellas constituye una obsesión, es inútil mostrarse recalcitrante. Os perseguirán hasta los confines de la tierra blandiendo su vomitivo. Las del Ejército de Salvación no están mucho mejor. No, relamente no conozco defensa alguna contra el gesto caritativo. Hay que inclinar la cabeza, tendiendo las manos confusas y temblorosas, y decir gracias, señora; gracias, buena señora. El que no tiene nada no tiene derecho a despreciar la mierda.
...
Me parece mucho más peligroso el dolor que se reprime.
...
Aquella noche emprendí el camino de regreso. No fui muy lejos. Pero fue un comienzo. El primer paso es lo que cuenta. El segundo ya cuenta menos.
...
13.º ¿Qué diantres hacía Dios antes de la creación?
...
17.º ¿Qué iba a hacer hasta el momento de mi muerte? ¿No podría hallarse algún medio de adelantarla sin incurrir en pecado?
...
 
 
Beckett siempre me impresiona.
Con Beckett he descubierto que una "novela" no tiene siempre que exponernos un "caso", no siempre tiene que contarnos una experiencia personal, ni la historia de Molloy, ni la de Moran (protagonistas ambos de este libro)... No, el arte de Beckett es precisamente un... "algo", no un algo contado sobre ese algo.
Beckett consigue que la atención del lector no vaya dirigida a lo que nos cuenta (porque algo nos cuenta), si no al modo de contárnoslo.
Beckett no narra, reflexiona.
Y en esa reflexión nos presenta a Molloy y a Moran, los dos buscan algo; Molloy, a su madre, Moran a Molloy. Nos cuenta una historia, sí, pero ésta es sólo el pretexto.
Esas búsquedas vienen salpicadas; nos salpica la vejez, la enfermedad, la inmovilidad, el estancamiento... síntomas físicos del paso del tiempo. Y esas lesiones físicas, ese envejecimiento del cuerpo no hacen sino mostrarnos la alteración, la descomposición y la incapacidad humana (no de la humanidad, si no del individuo/s), y con esa soledad que acompaña a los "buscadores", con su misma supervivencia -porque ninguno vive, sobrevive-, marcada por enfermedades, parálisis, amputaciones, abandonos... Beckett nos muestra que todos estamos enfermos, inmóviles, amputados. Y solos.
Y es que, como Molloy, transitamos por la vida "chupando piedras", empeñados en contarlas, en no gastarlas demasiado, en mantenernos ocupados en "nada" mientras la vida se nos escapa.
 
La histora se presenta en dos partes; la primera la de Molloy, la segunda, la de Moran. Dos monólogos. Son como dos relatos independientes pero a la vez imprescindibles el uno del otro. Los sucesos del primero se reproducen en el segundo y aunque todo parezca precipitarse al vacío, aunque todo se nos presente igual, aunque no estemos seguros de si los sucesos son reales o imaginarios, lo que Beckett nos ofrece es buscar una meta, esa meta que se aleja hasta cuando parece ya cercana.
 Así es la vida.
 
Y llegamos al final.
Todo lo leído hasta el momento se tambalea. ¿Quién es Molloy? ¿Y Moran? ¿Tendré suficientes piedras para el camino? ¿Es verdad que no llueve?
Penetré en el misterioso terreno de Beckett. ¿O no entré? Lo que sí sé es que no he salido...
Y que llegará la medianoche. Y que lloverá.
 
Molloy (y me refiero al libro) es...como una continua ansiedad por el acontecimiento que nunca ocurre. La desesperanza de la espera. La inhumanidad.
 
Beckett siempre me impresiona.
Me imagino a Beckett, con esa cara, esa expresión, esas arrugas y esos rasgos tan suyos... menospreciándome por haber hecho un comentario tan ininteligible de su obra, por haberla querido interpretar.
Y podría oír su risa, como podría oír las gotas de lluvia caer. Si es que estuviera lloviendo, claro.
 
 

jueves, 4 de febrero de 2016

Jhon Cheever. El nadador

El nadador se basa en un cuento que John Cheever publicó en la revistaThe New Yorker. Cheever era un especialista en la amargura de la clase media-alta y la retrató con una lucidez autodestructiva. Para que se hagan una idea de su estado de ánimo, Cheever decía: "Un cuento o un relato es aquello que te cuentas a ti mismo en la sala de un dentista mientras esperas a que te saquen una muela". Con semejante material resultaba difícil hacer una película taquillera, pero Hollywood contaba con el tirón de Burt Lancaster. Para reforzar su encanto, se pasa toda la película en traje de baño, incluso enseña un culo que tiene el mérito de estar justificado por el guión y de corresponder a un hombre de 55 años. Estamos en 1968, el año de todos los excesos, y Lancaster interpreta a un ex triunfador en plena crisis existencial, que decide cruzar todo un condado pasando por las piscinas de sus amigos y conocidos sin tropezarse con ningún diputado de ERC en acción de combate. Lancaster lleva años sin aparecer por esta zona residencial y se reencuentra con gente que le aprecia pero también con ex amantes despechadas, vecinos resentidos y acreedores agresivos.
Cheever era un especialista en la amargura de la clase media-alta y la retrató con una lucidez autodestructiva
Al principio, Lancaster se muestra entusiasmado con su idea. "Piscina tras piscina se forma un río hasta nuestra casa", dice. En efecto, en regiones privilegiadas abundan las piscinas, convertidas en oasis artificiales y signo de estatus, con o sin cobertura legal. Es, además, un buen tema de conversación. Uno de los propietarios que visita Lancaster parece incapaz de hablar de otra cosa. "Tenemos el mejor filtro de la comarca", le dice con un orgullo parecido al que algunos manifiestan por las prestaciones de su teléfono móvil. De lo cual se deduce que, además de para bañarse y decorar una parcela de paraíso, la piscina también sirve para presumir (y ampliar el viejo debate mar o montaña a otro dilema más interesante: playa o piscina). Junto a cada piscina, Lancaster va encontrando bebedores compulsivos o arrepentidos que se han levantado con resaca. "Anoche bebí demasiado" es una de las frases que más se repetían en el planeta Cheever y aquí también asoma como estribillo existencial. Los que toman el sol junto a una piscina no dejan de beber y de ofrecerle cócteles. A medida que avanza en su recorrido, el espectador se va dando cuenta de que Lancaster esconde un pasado atormentado y, arrastrado por la evidencia del fracaso, se va mostrando cada vez más inestable y vulnerable.
Su aspecto, en cambio, es espléndido, pese a que tenía 55 años. Se preparó a consciencia para este proyecto, dirigido inicialmente por Frank Perry, que abandonó la producción por discrepancias creativas y fue sustituido por Sidney Pollack. Lancaster es uno de esos actores respetados y respetables, poco dado a la bravuconería. Por el contrario, a veces soltaba alguna curiosa aseveración, como cuando declaró: "Juzgo los restaurantes por su pan y su café". Es un sistema similar a juzgar los hoteles o las casas por sus piscinas: tomar un detalle aparentemente complementario y transformarlo en decisivo. Es, en cualquier caso, uno de los elementos más cinematográficos de la escenografía residencial. Allí suelen acabar los cadáveres (flotando, rodeados por una mancha de sangre más escandalosa que la que, según sostiene la leyenda urbana, se producía si te meabas dentro del agua) los borrachos y los actores porno. En la película también sale una piscina vacía, uno de los paisajes más melancólicos de cuántos puede ofrecernos el ecosistema vacacional, en la línea de la atmósfera moral de una historia cuya moraleja podría ser: pese a su deslumbrante encanto, las piscinas no dan la felicidad.


miércoles, 3 de febrero de 2016

BENJAMIN Lacombe. Alicia en el Pais de las Maravillas


pAREJA JAJAJAJAJAJA

EL HUMR DE tUTE.

uNA HISTORIA DE AMOR. lA VIDA DESPUES DE LA MUERTE.

Laurie Anderson: Poesía al cine inspirada por Lou Reed

La cantante y viuda del rockero neoyorquino estrena en la Mostra de Venecia, 'Heart Of A Dog', su cinta que compite por el León de Oro

09/09/2015 08:00  EFE / FOTOS: AP Y REUTERS
VENECIA, 9 de septiembre.- Laurie Anderson es conocida principalmente por su música, pero es una artista con múltiples facetas, que ahora ha volcado en un proyecto muy personal, Heart Of A Dog, una película bien recibida hoy en Venecia, donde compite por el León de Oro y que está "inspirada" por la fuerza de Lou Reed.
"El espíritu de Lou -fallecido en octubre de 2013- está muy presente en esta película, quería hacer algo que tuviera algo de su ecuanimidad", explicó hoy Anderson en rueda de prensa.
El cantante aparece en algunas imágenes del filme como él mismo e interpretando a un médico, además de escucharse algunas estrofas de su música.
"Lou está en la película en muchas formas", agregó la artista.
Una película hecha de recuerdos de infancia, de imágenes de su perro, Lolabelle, de naturaleza, de filosofía -con citas de Kierkegard y Wittgenstein-, de música, de historia y de actualidad.
"Es tu historia y la mía, la de todo el mundo", le dijo Anderson a un periodista.
Un poético recorrido por la vida, la muerte y los sueños, que salta de la vida de su perro al patinaje de su infancia, incidentes personales o lo que supusieron los atentados del 11 de septiembre para su país y para ella misma.
Un desafío para una artista que debuta así como realizadora de películas, aunque en realidad lo que Anderson ha hecho es una gran performance visual que fusiona gran parte de su trabajo hasta ahora en música, arte e historias.

LA VIDA DESPUÉS DE LA MUERTE

Quería mostrar "el mundo de la vida después de la muerte", para lo que utilizó el drama del 11 de septiembre o el síndrome de la muerte súbita del lactante, todo ello pasado por el prisma de los sueños.
"La película es realmente sobre historias y sobre cómo contamos esas historias", algo en lo que trabajó desde el principio pero que pudo estructurar gracias a las antiguas películas de su infancia que uno de sus hermanos le pidió que digitalizara.
En palabras del productor del filme, Dan Janvey, "el punto de inflexión del filme (fue) cuando abrimos esas cajas de viejas películas y vimos que sus imágenes funcionaban muy bien con la historia".
Un trabajo de dos años y medio en el que Anderson ha volcado muchas de sus obsesiones personales.
Como la dificultad que tiene como artista visual para expresarse a través de las palabras o la búsqueda de la felicidad. "Intenté aprender sobre mí misma" y sobre la evolución del mundo contemporáneo.
"Se ha producido mucho caos en el mundo en los últimos quince años" y eso es algo que Anderson ha querido reflejar en el filme. Y para ellos cambia continuamente el punto de vista de la historia, a través de los ojos del perro, de las cámaras que vigilan a los ciudadanos o de ella misma.
"He intentado cambiar el proceso de ver el filme (...), pedir que lo vean desde muchos puntos de vista diferentes. Es un gran desafío para los espectadores. Es casi como una obra de radio, tienes que usar tu imaginación para visualizar los personajes que solo son descritos y que nunca aparecen", explicó.
Un filme con una estructura de canción -"yo soy músico", recordó la artista muy sonriente- y al que ha intentado darle una estructura rítmica como la que usa para sus performances.
Y en la que está la admiración de Anderson por las filosofías orientales, por el tai-chi -"heredé la colección de armas de Lou e intentado ponerme fuerte para usarlas porque son muy pesadas", y por su forma de hacer la transición entre la vida y la muerte.
"En Estados Unidos es una situación muy controlada sobre la que la gente no habla mucho. La idea es pasar la experiencia sin mucho dolor pero también sin mucha consciencia", algo que "horroriza" a Anderson, por lo que era una tema que quería tratar en la película.
Un filme dedicado al "magnífico espíritu" de su marido y que se cierra con la canción de Reed Turning Time Around.

VIRGINIA wOOLF. eL FARO.

Al faro", la eterna pregunta

Juan Luque, La luz del puerto
“Y como todo lo demás en aquella extraña mañana, las palabras se transformaron en símbolos, que se grabaron por todas las superficies de las paredes de color gris verdoso. Si pudiera unirlas, pensó (Lily), incorporarlas a una frase, descubriría la verdad de las cosas.”
 Virginia Woolf, Al faro


El argumento de Al faro de Virginia Woolf podría resumirse en muy pocas líneas. Los Ramsay, cultos e inteligentes, acompañados de algunos amigos, pasan el verano en una casa junto al mar. Los hechos narrados en la primera parte de la novela transcurren entre las horas del almuerzo y el final de la cena. Después se produce un salto temporal atravesado por la muerte y la historia. Algunos personajes regresan al mismo escenario; uno de ellos, Lily Briscoe, pintará de nuevo un cuadro en el que “seguirá ahondando su camino (…) en dirección al pasado”.
Un leve conflicto familiar, relacionado con una excursión al faro, en una isla cercana, tejerá, con los sutiles hilos de las emociones cotidianas, la tela de araña del tiempo y el espacio donde se desenvuelven los personajes, vivos o muertos, como detenidos en una pintura. El conflicto dejará al descubierto dos formas distintas de sentir. Por una parte, la del señor Ramsay, un afamado filósofo y, por otra, la de la hermosa señora Ramsay, cuya sensible inteligencia la lleva a anteponer la vida y la armonía a todo lo demás, incluso olvidándose de ella misma. El señor Ramsay se indigna con su esposa quien, para no defraudar las ilusiones del más pequeño de sus ocho hijos, asegura que es posible ir al faro:

La extraordinaria irracionalidad de aquella observación, la insensatez de la mente femenina le enfureció. Había cabalgado por el valle de la muerte, había sido destrozado y había temblado; y ahora su esposa prescindía por completo de los hechos, hacía que sus hijos concibieran esperanzas totalmente injustificadas, decía mentiras, pura y simplemente. Golpeó con el pie el escalón de piedra. “¡Condenada mujer!”, dijo. Pero ¿qué había dicho ella? Simplemente que quizá mañana hiciera bueno. Y quizá lo hiciera.

       La actitud de su marido provocará la reacción acostumbrada en la señora Ramsay:

Buscar la verdad con aquella sorprendente falta de consideración por los sentimientos de otras personas, desgarrar los delicados velos de la civilización de manera tan caprichosa y brutal le pareció a la señora Ramsay un ultraje tan horrible al decoro más elemental que, sin replicar, aturdida y cegada, inclinó la cabeza como para permitir que la violencia del granizo la golpeara y el chaparrón de agua sucia la salpicara sin que saliera de sus labios el menor reproche. No había nada que decir.

El señor Ramsay, trasunto del padre de Virginia Wolf, aparece como un personaje consciente de que, a pesar de su espléndida inteligencia, su obra filosófica no perdurará:

Porque si el pensamiento es como el teclado de un piano, dividido en un determinado número de notas, o está ordenado como el alfabeto  en veintiocho letras consecutivas, la inteligencia del señor Ramsay no encontraba dificultad alguna para recorrer aquellas letras, una a una, con firmeza y precisión, hasta alcanzar, por ejemplo, la letra Q.

Pero qué sucedería después de la letra Q; al señor Ramsay ni siquiera le sirve de consuelo el argumento de que “la piedra misma a la que se da una patada durará más que Shakespeare”. Cada vez que se sumerge en estas crisis acude a su mujer “pidiendo afecto”. Así irrumpirá de nuevo en la intimidad creada entre la señora Ramsay y James, el hijo pequeño quien, simbólicamente, siempre deseará tener a mano un atizador o un cuchillo para atacar a un padre cuya tiranía rompe el equilibrio y la perfección. Entonce la señora Ramsay lanzará “al aire”

(…) una lluvia vertical de energía, una columna de espuma, creando, simultáneamente, una impresión de animación y vivencia, como si todas sus energías se estuvieran transformando en fuerza capaz de quemarse e iluminar (aunque seguía sentada tranquilamente, recogiendo una vez más su media), por lo que  sobre aquella deliciosa fecundidad, sobre aquella fuente y manantial de vida, se abalanzó la fatal esterilidad del macho, como un espolón de bronce, desnudo y yermo. Quería compasión. Era un fracasado, dijo.
(…) Quería compasión, tener, en primer lugar la seguridad de su genio y, después, que se le introdujera en el círculo de la vida, que se le calentara y tranquilizara, que se le devolvieran los sentidos, recobrar la fecundidad y que todas las habitaciones de la casa se llenaran de vida.

La sabiduría de la señora Ramsay, por encima de las teclas del piano, y de las letras del alfabeto, quedará patente en la forma de reordenar las situaciones, los movimientos y los sentimientos de los personajes. Durante la cena observará y tomará decisiones:

No se había logrado la menor integración. Todos seguían aislados. Y el esfuerzo total para unirlos, para dar fluidez a la cena y crear un ambiente compartido dependía de ella. Advirtió una vez más, con carácter de simple comprobación desprovista de hostilidad, la ineficacia de los varones, porque si ella no lo hacía, nadie lo haría, de manera que, dándose un golpecito como se le da a un reloj que se ha parado, el viejo pulso familiar recobró su ritmo, como el reloj que echa a andar: un dos, tres, un dos, tres. Y así sucesivamente repitió, escuchando el pulso todavía débil y resguardándolo y animándolo como se puede proteger del viento con un periódico una llamita vacilante.

         Pero no satisfecha con una sola metáfora, Virginia Woolf va enlazando imágenes en cada escena recreada. Así, la señora Ramsay, apiadada de uno de los invitados al que siente aislado en la reunión:

 Inició toda aquella tarea como un marinero que ve, no sin cansancio, cómo, aunque el viento hincha las velas, apenas tiene deseos de volver a navegar y se le ocurre que, si el barco se hubiera hundido, se habría limitado a dar vueltas y más vueltas hasta encontrar reposo en el fondo del mar.

Edición de Al faro en Alianza Editorial.
        Traducción de José Luis López Muñoz
Dos son los rasgos esenciales del estilo de Virginia Woolf: la sintaxis y las imágenes; las frases se alargan con incisos que en ocasiones nos hacen que tengamos que dar la vuelta para retomar el hilo. Pero, una vez atravesado este escollo, nos iremos transformando en nadadores experimentados, nos familiarizamos con esa forma de narrar y pintar. Y entonces, conseguiremos disfrutar del placer de nadar, de atravesar los párrafos donde las metáforas y las imágenes van engarzándose y componiendo un largo poema. Porque no podemos acercarnos a las novelas de Woolf con la esperanza de refugiarnos en la comodidad de la acción. De ese modo, lo ocurrido con el paso de los años, apenas se nos muestra; y ese tiempo en el que los personajes desaparecen de la escena, se transformará en el caos que invade los espacios que en otra época fueron conocidos y transitados:   

Noche tras noche, en verano y en invierno, la agitación de las tempestades y la quietud del buen tiempo reinaron sin interferencia. Al detenerse a escuchar (si hubiera habido alguien para hacerlo) desde las habitaciones altas de la casa vacía, sólo se hubieran oído las sacudidas y los derrumbamientos de un caos gigantesco iluminado por los relámpagos, mientras vientos y olas se divertían como si fueran monstruos amorfos cuya mente no se deja atravesar por la luz de la razón, encaramándose unos encima de otros, atacando y zambulléndose en la oscuridad o con luz (porque la noche y el día, los meses y los años se confundían en una masa informe) en juegos sin sentido, hasta que se tenía la impresión de que el universo entero se peleaba consigo mismo en brutal confusión, en un estallido de apetitos incoherentes.

En la última parte de la novela, será la pintora Lily Briscoe la que se encargará de componer el cuadro final. El recuerdo de un momento único –una escena en la que la señora Ramsay acaba diciendo “aquí la vida permanece detenida”– sobrevive en Lily “como una obra de arte”. Al ser consciente de ello Lily-Virginia vuelve a plantearse la eterna pregunta:

¿Cuál era el significado de la vida? Eso era todo: una simple pregunta que tendía a hacerse más apremiante con el paso de los años. La gran revelación no se había producido. Quizás no se produjera nunca. Había, en cambio, iluminaciones, cerillas repentinamente encendidas en la oscuridad, pequeños milagros cotidianos.

El arte, la estética, la literatura constituyen el camino para sumergirnos en el tiempo: 

Lily retrocedió a fin de tener una perspectiva total del cuadro. Era un extraño sendero el que había que recorrer con la pintura. Se llegaba cada vez más lejos, siempre adelante, hasta que al final se tenía la impresión de estar en un estrecho tablón, completamente a solas, sobre el mar. Y al mismo tiempo que unía el pincel en la pintura azul, Lily se sumergió también en aquel momento del pasado.

Porque “nada permanece, todo cambia; aunque no las palabras ni tampoco la pintura”. Sin embargo nada se nos da gratuitamente; hace falta voluntad y empuje creativo pues, como pensaba Lily-Virginia “el aparato humano para pintar o para sentir era una máquina muy pobre, (…) una máquina muy ineficaz que siempre se estropeaba en el momento más crítico; había que obligarla heroicamente a proseguir su tarea”.
La creación y el arte se convertirán en esas cerillas encendidas en la oscuridad, en una posibilidad de revelación, o al menos en una forma de replantearnos el significado de nuestras vidas, por ello:

Mientras mojaba el pincel con aplicación, Lily pensaba en que era necesario estar a la altura de las experiencias ordinarias, sentir, sencillamente, que una silla es una silla, que una mesa es una mesa y que, al mismo tiempo, son un milagro.