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jueves, 4 de febrero de 2016

Jhon Cheever. El nadador

El nadador se basa en un cuento que John Cheever publicó en la revistaThe New Yorker. Cheever era un especialista en la amargura de la clase media-alta y la retrató con una lucidez autodestructiva. Para que se hagan una idea de su estado de ánimo, Cheever decía: "Un cuento o un relato es aquello que te cuentas a ti mismo en la sala de un dentista mientras esperas a que te saquen una muela". Con semejante material resultaba difícil hacer una película taquillera, pero Hollywood contaba con el tirón de Burt Lancaster. Para reforzar su encanto, se pasa toda la película en traje de baño, incluso enseña un culo que tiene el mérito de estar justificado por el guión y de corresponder a un hombre de 55 años. Estamos en 1968, el año de todos los excesos, y Lancaster interpreta a un ex triunfador en plena crisis existencial, que decide cruzar todo un condado pasando por las piscinas de sus amigos y conocidos sin tropezarse con ningún diputado de ERC en acción de combate. Lancaster lleva años sin aparecer por esta zona residencial y se reencuentra con gente que le aprecia pero también con ex amantes despechadas, vecinos resentidos y acreedores agresivos.
Cheever era un especialista en la amargura de la clase media-alta y la retrató con una lucidez autodestructiva
Al principio, Lancaster se muestra entusiasmado con su idea. "Piscina tras piscina se forma un río hasta nuestra casa", dice. En efecto, en regiones privilegiadas abundan las piscinas, convertidas en oasis artificiales y signo de estatus, con o sin cobertura legal. Es, además, un buen tema de conversación. Uno de los propietarios que visita Lancaster parece incapaz de hablar de otra cosa. "Tenemos el mejor filtro de la comarca", le dice con un orgullo parecido al que algunos manifiestan por las prestaciones de su teléfono móvil. De lo cual se deduce que, además de para bañarse y decorar una parcela de paraíso, la piscina también sirve para presumir (y ampliar el viejo debate mar o montaña a otro dilema más interesante: playa o piscina). Junto a cada piscina, Lancaster va encontrando bebedores compulsivos o arrepentidos que se han levantado con resaca. "Anoche bebí demasiado" es una de las frases que más se repetían en el planeta Cheever y aquí también asoma como estribillo existencial. Los que toman el sol junto a una piscina no dejan de beber y de ofrecerle cócteles. A medida que avanza en su recorrido, el espectador se va dando cuenta de que Lancaster esconde un pasado atormentado y, arrastrado por la evidencia del fracaso, se va mostrando cada vez más inestable y vulnerable.
Su aspecto, en cambio, es espléndido, pese a que tenía 55 años. Se preparó a consciencia para este proyecto, dirigido inicialmente por Frank Perry, que abandonó la producción por discrepancias creativas y fue sustituido por Sidney Pollack. Lancaster es uno de esos actores respetados y respetables, poco dado a la bravuconería. Por el contrario, a veces soltaba alguna curiosa aseveración, como cuando declaró: "Juzgo los restaurantes por su pan y su café". Es un sistema similar a juzgar los hoteles o las casas por sus piscinas: tomar un detalle aparentemente complementario y transformarlo en decisivo. Es, en cualquier caso, uno de los elementos más cinematográficos de la escenografía residencial. Allí suelen acabar los cadáveres (flotando, rodeados por una mancha de sangre más escandalosa que la que, según sostiene la leyenda urbana, se producía si te meabas dentro del agua) los borrachos y los actores porno. En la película también sale una piscina vacía, uno de los paisajes más melancólicos de cuántos puede ofrecernos el ecosistema vacacional, en la línea de la atmósfera moral de una historia cuya moraleja podría ser: pese a su deslumbrante encanto, las piscinas no dan la felicidad.


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