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lunes, 8 de febrero de 2016

Literatura y cine. La pianista , una historia con huellas.

La pianista (Die Klavierspielerin) es una novela de la escritora austriaca Elfriede Jelinek, publicada en 1983 por la editorial Rowohlt.
La novela narra la historia de la profesora de piano Erika Kohut, a quien su dominante madre obligó a tocar el piano y está frustrada bajo este control emocional y sexual. El intento de Erika de vencer su timidez a través de una relación sadomasoquista con su alumno Walter Klemmer da paso y termina en la violación de Erika.
La pianista es una de las obras más significativas de Jelinek y puede incluirse en la literatura actual que trata la relación madre-hija. La temática del adiestramiento musical de una chica por parte de una madre que busca destacar y dominar puede observarse también en otras obras de la autora, como es el caso de la novela La protagonista de La pianista es Erika Kohut, una profesora de piano del conservatorio de Viena. Erika ronda los 40, pero aún vive con su madre, desde el "destierro" y la muerte de su enfermo padre. En este estrecho cerco, Erika se encuentra casi por completo bajo el control de su madre, quien no le deja ni comprarse la ropa por sí sola. Por ejemplo, desgarra con ira un vestido nuevo de Erika y hace desaparecer otras prendas de su hija.
El objetivo de la madre es desde un principio hacer de su hija una estrella, controlar todos sus movimientos y no perderla de vista para asegurarse a sí misma una compañía y no tener que quedarse sola. Ya desde niña, su madre adiestra a Erika para ello y la obliga a tocar el piano; la carrera en solitario resulta ser un fracaso, por lo que acepta un puesto como profesora en el conservatorio. Erika no posee ningún espacio privado, ya que el dormitorio que habita no se puede cerrar con pestillo y, por lo tanto, el control constante de la madre está supeditado.
Para la mujer, ya jubilada, el dinero de Erika es la esperanza para la inminente adquisición de un piso propio en el cual pueda seguir viviendo con su hija. La madre considera que Erika le pertenece y no consiente prácticamente ningún intento de socialización, especialmente las relaciones con los hombres. Si su hija llega tan solo 15 minutos tarde a casa, no la deja tranquila hasta que ésta le cuenta el motivo del retraso. Se aprovecha de la buena fe de su hija para utilizarla a su antojo. Todo comportamiento medio por parte de los demás se califica de primitivo y malo, de manera que Erika no advierta su clausura. Pero Erika anhela otras cosas, por ejemplo cuando observa las prendas nuevas de sus compañeras de clase. Como no puede conseguirlas, intenta destruirlas. De manera compulsiva las roba, aunque, presa del miedo, arroja el botín en el siguiente basurero.
En el abrazo agobiante de su madre, Erika muere mentalmente. Periódicamente, Erika organiza pequeños conciertos y obliga a los alumnos a asistir con sus padres; de lo contrario, los alumnos reciben malas calificaciones. Por supuesto, también la música, que en opinión de su madre debería incrementar el valor de su hija, se convierte en una carga para Erika, ya que su madre le exige demasiado. Por eso Erika se refugia en la autoagresión y el voyeurismo. Cita: Sie prüft vorsichtig die Schneide, sie ist rasierklingenscharf. Dann drückt sie die Klinge mehrere Male tief in den Handrücken hinein, aber wieder nicht so tief, daß Sehnen verletzt würden. Es tut überhaupt nicht weh. Das Metall fräst sich hinein wie Butter. ("Examina con cautela el corte hecho con la hoja de afeitar. Después presiona el dorso de su mano con la cuchilla repetidas veces, pero nunca tan fuerte como para herir sus tendones. No duele absolutamente nada. El metal se abre paso al interior como la mantequilla.")
Erika acude a Peepshows (espectáculos voyeur) y contempla a desconocidas mientras ellas se dedican al tráfico de sexo en los parques de Viena. Pero eso no le aporta la suficiente satisfacción. A veces, cuando su madre no está, Erika acude a conciertos por las tardes, conduce al anochecer al Prater de Viena y pasea por la zona. Su objetivo es el Jesuitenwiese. Avanza sigilosamente hacia una pareja y observa su acto sexual. La profesional, una chica turca, advierte la presencia de Erika, pero no puede parar. Al llegar tarde a casa después de aquello, surgen las discusiones con su madre, que ya empezaba a preocuparse cuando simplemente quería dormir largo y tendido, y Erika le devuelve una bofetada, hasta que ambas terminan rendidas en el suelo.
A menudo, la profesora de piano espiaba a sus alumnos, pero se sorprendía, por ejemplo, al ver los carteles de las películas de contenido pornográfico en el cine Metro-Kino de la calle Johannengasse. Tan solo había visto este tipo de cine pornográfico en dos ocasiones, ya que prefería las representaciones. En el camino de vuelta a casa desde el conservatorio, visita tiendas de artículos eróticos, se encierra en una de las cabinas del Peepshow, contempla a las mujeres desnudas sobre el escenario giratorio, recoge un "pañuelo de papel lleno de esperma" del suelo y lo huele. Además, Erika tiene en todo momento junto a ella una hoja de afeitar envuelta con cuidado. Con ella se hace cortes en el dorso de la mano o en los labios vaginales frente a un viejo espejo que su padre utilizaba para afeitarse.
Cuando uno de los alumnos de piano de Erika, el deportista comprometido y estudiante de electrónica Walter Klemmer, decide conquistar a la profesora, a ella le supera. Klemmer aprovecha cualquier ocasión para estar cerca de Erika. Incluso durante una prueba en el gimnasio de una escuela lo hace en público. La profesora no sabe cómo reaccionar ante el comportamiento de su alumno, por lo que le ignora. Pero la perseverancia y la constancia de Klemmer seducen a Erika. Durante un concierto, Erika sale, coge un vaso de agua del vestuario, lo guarda en su bolso y lo aplasta. En ese momento se da cuenta de que hay fragmentos con bordes agudos y los introduce en el bolsillo del abrigo de la flautista que antes había estado flirteando con Walter. La chica a la que pertenece el abrigo, se corta la mano al ponerse el abrigo y grita. Mientras profesores y alumnos corren hacia allí, Erika sube, por lo visto sigilosamente, una planta más arriba y entra en el servicio destinado a los alumnos.
Klemmer la sigue y la saca de la cabina. Le estampa un beso, la agarra por debajo de la falda y, mientras solloza de ansia, la penetra con el dedo índice. De pronto, Erika lo separa de un empujón y lo deja a un palmo de ella. Ella se mantiene erguida, abre la cremallera de su pantalón, agarra su pene erecto y le masturba. Tan pronto como intenta decir algo o acercarse a ella, esta le amenaza con dejarle en ese estado. Inmediatamente antes de que él llegue al orgasmo, Erika retira su mano de su pene. Klemmer le mete prisa para que continúe, pero ella "no quiere seguir tocándolo, de ningún modo" y le prohíbe masturbarse o volverse si quería volver a verla.
En la siguiente clase de piano con Klemmer, Erika se comporta como si nada hubiera ocurrido. Se limita a criticar los progresos de su alumno con el piano. Al final de la clase ella le entrega una carta en un sobre cerrado. Walter le propone pasar el fin de semana juntos. Pero ante eso, Erika se acobarda. De regreso, Klemmer la sigue y la alcanza en la escalera. Cuando la sigue hacia el interior de la casa, la madre no se alegra de este huésped a quien nadie había invitado. Erika afirma que debe hablar con su alumno sobre un asunto y ambos se dirigen a su dormitorio. Debido a que este no se puede cerrar con pestillo, empujan entre ambos la cómoda y la colocan ante la puerta. La madre piensa que al joven solo le interesa su dinero. Ante su ira y su impotencia, bebe diversos licores con el fin de calmarse.
Mientras tanto, Erika le pide a Klemmer que lea la carta. En este sobre se encuentran los deseos mejor guardados de Erika. Escribe que Klemmer debería abatirla, amordazarla, gritarle y violarla. "Cuando suplique, simplemente hazlo como si quisieras hacerlo, refuerza las ataduras, ponlas más tirantes y aprieta las correas 2 o 3 agujeros, cuanto más las aprietes más me gusta, más tensas, y hazme callar con mis viejas medias, que tan firmemente como les es posible me amordazan, de tal modo que no puedo emitir ni el más mínimo sonido". Klemmer no se había imaginado esto así y sale corriendo de la casa. Como Klemmer no vuelve a las clases de piano, Erika se dirige a su clase de clarinete y lo arrastra al trastero de las mujeres de la limpieza. Se arrodilla ante él, en el suelo, y acerca su pene a su boca, pero él no se excita.
Frustrado por su fracaso sexual, Klemmer se dirige al parque a matar un flamenco. No encuentra ningún animal, pero se asusta al ver a una pareja joven, a la cual amenaza con un palo. Después, se masturba delante de la casa en la que Erika convive con su madre. En mitad de la noche, la llama y le exige que le abra la puerta. Apenas lo había hecho cuando él irrumpe en la casa, la abofetea, le clava el puño en el estómago y continúa hasta que esta se retuerce en el suelo. La madre de Erika quiere llamar a la policía, pero él la empuja hacia el dormitorio y la encierra. Antes de abusar de Erika, Klemmer bebe un vaso de agua en la cocina.
Al día siguiente, Erika se dirige a la Escuela Técnica Superior armada con un cuchillo, sin saber si quiere asesinar o recuperar a Klemmer. Se lo encuentra entre alegres compañeros de clase y observa cómo flirtea con una chica. Eso reorienta la agresión hacia sí misma. Impasible, se clava el cuchillo, en lugar de en el corazón, en el hombro, y se dirige a casa mientras se desangra.Die Ausgesperrten (Los excluidos) y el drama Clara S.

TAMBIÉN A ERIKA KOHUT podría decírsele aquello de Cocteau a Marlene Dietrich. Lo del nombre que principia como una caricia y termina como un zurriagazo.

Erika Kohut es el nombre de una mujer que únicamente autoriza, o al menos así lo cree ella, previo formulario escrupulosamente cumplimentado, las caricias del látigo y la de los cables pelados. Sus vínculos con los seres vivos son administrativos y procedimentales, impedimentos y restricciones que ella levanta como un muro defensivo sin procurarse apenas un par de atalayas para no morir asfixiada dentro de él. La música es una de ellas. Y es que Erika es una pianista con muchas teclas que tocar.

Igualmente, yo llegué a esta novela desde el cine y no desde el premio Nobel. Haneke, como tantas otras veces, me escupió a la puta cara las verdades del barquero después de haberme zarandeado como un pelele sin moverme del sillón. Fané y descangayado, comprendí que debía leer pronto esta novela, La pianista, pero la sospecha de que el texto no estuviera a la par que la adaptación cinematográfica, me llevó a dar algún rodeo, a mostrarme reacio a la lectura, posponiéndola una y otra vez. Pasado el tiempo, continuaban siendo tan vívidas las imágenes de la película, que tuve la certeza de que abordar la novela me iba a causar una gran decepción.

Isabelle Huppert no iba a estar en la novela, eso era más que suficiente para que yo continuara sin querer acercarme al libro. En la novela aparecería, como mucho, Elfriede Jelinek, con esos labios finos de anfibio pintarrajeados de carmín con los que suele aparecer en las fotos de interné que he mirado. Que no digo yo que no, oye, pero no es igual. No obstante, la leí, la he leído ya.

La novela no tiene la vivacidad que Haneke, a fuerza de saltarse sus convencionalismos estéticos más característicos, le imprime a la película. Como si el director hubiera rehusado a su habitual profilaxis documental por una dicción declamativa más conveniente a la hiperestésica sensibilidad de Erika. Desanudar la trabazón emocional que aflige a Erika haciendo explícito para el espectador el sumario íntegro de sus patologías a través de hechos consumados, y no con las vagarosidades y crípticas metáforas que se congregan adiposamente en la novela.

Erika fue educada para ser concertista profesional de piano, pero el fracaso le hizo subirse al remolque de la pedagogía. Mientras se ahoga en su indigerible frustración, se va sepultando a paladas que ella misma se echa encima en un compacto sustrato teórico intelectual que le confiere un prestigio amateur y vecinal de mesa camilla y canutillos de nata los domingos por la mañana. Se indigna cuando alguien increpa a Schubert y lo tilda de artesano. Ella sabe que Schubert es un artesano, pero hay que decirlo con señorío, como lo decía Adorno.

La Kohut ofrece recitales extraoficiales a sus alumnos y a sus veleidosos padres, que la aplauden con fervor cuando construye el contrapunto adecuado y se da después a la fuga, escapando airosa, de las delicadas penitenciarías de Bach. Erika recoge las ovaciones con altivez, como quien devuelve el guante tras haber matado al duelista, la madre se relame y le mete prisa: vamos niña, no vayan a pedir más, que lo hacemos gratis.

Esa forma inferior de vivir la música entre escolares y palurdos la desazona. Un halo de severidad y descortesía relumbra su conducta pública. La privada, compartida con su madre viuda, es peor, es la relación entre dos hermanas siamesas que se envidian y se vigilan cuando duermen, y a la vez, no pueden matarse sin que mueran las dos.

Pero no todo van a ser alumnos cohibidos por la displicencia de la profesora sarampión y sus vestidos de cretona, pronto aparecerá el desinhibido pichabrava organizando el galanteo, acorralando a doña escarcha entre la polla y el espejo. Veremos qué es peor.

El espejo nos devuelve la coreografía vital de una mujer que rechaza para ser rechazada y se complace de ello. Un epítome de parafilias apiladas en un alma de mujer de tamaño convencional, supongo. Demasiados instrumentos para un cuarto tan pequeño, demasiado ruido para ser música de cámara solamente. A Erika le suenan las disconformidades del alma como la orquesta filarmónica de Viena acompañada de media docena de corales, excesiva algarabía que atemperar con una sola batuta –aunque sea la del robusto joven piragüista-.

La novela viene a ser el ajuar de soltera que Erika va desembalando para nosotros –voyeurs involuntarios- como si de un striptease se tratara, solo que en vez de ir desprendiéndose de indumentaria, nos va ofreciendo, depravación tras depravación, un desnudo psiquiátrico integral muy turbador, seamos sinceros; aunque el reiterado tono de acotación teatral que utiliza Jelinek y las descripciones impresionistas, antojadizas y equívocas, según la tornadiza luz que decida concedernos en cada escena, a cada alzada y caída del telón, llegue a convertir la novela en algo poco fluido, espeso y cargante, bituminoso o alquitranado.

Erika en la bañera, hurgándose con las viejas cuchillas filomatic de su padre, la geografía física reservada al placer. Viéndose sangrar, flemática. Erika se corta y se punza la carne y no le duele nunca. Erika en la oscuridad desabrida de un parque apartado, a esa hora en que los deseos se satisfacen casi de cualquier manera, oculta, espiando como joden los seres clandestinos, desarropados, a la intemperie, la ceremonia inminente fornicial animalaria, temerosa de ser descubierta o deseando que eso ocurra. Animada por el peligro de ser desventrada por un energúmeno más que por la contemplación de la follanza, por sentir esa nerviosidad doncellueca seguida del picor venido del coño que le hace mearse toda patas abajo. Erika soñando en aclimatar a su cuerpo objetos metálicos, fríos, coriáceos, filosos, córneos.., allí donde debería reposar algo blando, tierno, delicado. Erika aspirando el husmo de un tisú enlefado por un sarraceno en la cabina de un sex-shop de un suburbio…

Tantas escenas de entrañas latiendo a contrasentido, ilustradas y ejemplificadas con puntería y complejidad que, decir aquí como se dice en otros sitios, que La pianista es sado y masoquismo, dominación y subordinación, Edipos y frigideces, anhedonia y qué sé yo qué más es como no decir nada y no lo digo.

Pero sí voy a decir que Erika Kohut es toda ella un simposio, un concilio internacional de animistas, freudianos, jungianos, lacanianos, chamanes, exorcistas, conductistas, cognitivistas, gestaltistas…, y que, dos mil o tres mil ponencias después, el diagnóstico, de llegar a haberlo, no sería más que aproximativo y epidérmico. El aquelarre seguiría sin disolverse, las brujas habrían aparcado las escobas, pero se habrían ido andando a buscar un after para continuar bailando.

“El amor nos muestra hasta dónde podemos estar enfermos dentro de los límites de la salud. El estado amoroso no es una intoxicación orgánica, sino metafísica”. –E.M.Cioran-

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