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jueves, 10 de marzo de 2016

El Crepusculo de prometeo. FRANCOIS fLAHAULT. lA dESMESURA HUMANA.

El autor analiza el libro de François Flahault, ‘El crepúsculo de Prometeo’, una obra en la que se realiza una aproximación a la historia de la desmesura humana. La ecología frente al capital, pero sin olvidar el progreso, la emancipación y la modernidad. Una visión de la sociedad occidental y su empeño de lanzarse hacia una insaciable autodestrucción. Una radiografía del aquí y ahora.
MARIO S. ARSENAL

Todos llevamos un Prometeo dentro. Todas las sociedades anhelan el ideal del primogénito de los titanes. Dados los tiempos que corren, coqueteamos con el término y barajamos entre los dedos esa veladura heroica que siempre infunde fuerza y energía. Hablamos de lo extraordinario, nunca mejor dicho titánico, pero sobre todo reafirmamos nuestras ideas cuando las apoyamos en un paradigma de ilusión y esperanza. Esto es Prometeo.


Todo mito soporta sobre sus hombros la necesidad de una etiología primitiva, explica el mundo y justifica los hábitos: da nombre y cosifica la realidad mundana. Estas condiciones siempre subyacen a su narración. Quizás el caso de Prometeo sea más singular si cabe debido a tres acontecimientos: fijar el sacrificio como mecanismo de gratitud a una realidad superior, en este caso los dioses; la posesión del fuego como elemento evolutivo; y la introducción de la mujer por primera vez en Occidente como compañera del hombre. Poco nos importa, sin embargo, si fue engendrado por Jápeto y Clímene o bien si fue hijo de Gea, aspecto inconcluso según las fuentes antiguas que manejemos. El caso es que Prometeo, ese titán de mente dislocada, pasará por ser, además del benefactor que arriesgó su vida para ceder el fuego a los hombres, a quienes les estaba vedado por castigo divino, el primero en trazar el camino del progreso y ponerlo a disposición de los pobres mortales. Por sus analogías, evidentemente, poco tardó en equipararse a la figura de Cristo, sin dejar de existir por ello decisivos matices, cuya diferencia reside en que el primero no pretende redimir ya que no existe pecado en los hombres y el segundo presupone el pecado y, en consecuencia, se convierte en la salvación. Lejos del paradigma salvífico de la sangre y la limpieza de pecado, Prometeo es la explosión de la cultura, la dinamita que estalla en mitad de la cara del hombre, el afán por avanzar a través de una evolución entendida como posibilidad de acción. Regala el fuego a los hombres para que tengan la alternativa de inventar nuevas tecnologías, para mejorar la calidad de vida de los habitantes que pueblan el orbe y, así, mostrar el único camino posible para que finalmente el ser humano se deshaga de la tiranía de los dioses: la independencia y el autoabastecimiento, quizás el primer planteamiento en la historia de las ideas que insinúa la posibilidad (de nuevo) de un estado sostenible.
Ahora bien, muy alejada de la mitología, más bien todo lo contrario, se sitúa la antropología. Y a este respecto la cosa era imposible que quedase fijada tal cual. Los antropólogos modernos le han dado muchas vueltas a estas cuestiones, se han quebrado los sesos pensando qué ideas subyacen a este entramado amable y profundamente progresista. Y la verdad es que no se han quedado sin conclusiones, antes bien, las han multiplicado generosamente. Es el caso de François Flahault y su interesante libro El crepúsculo de Prometeo. Contribución a una historia de la desmesura humana (Galaxia Gutenberg, 2013). El director del prestigioso Centro Nacional de Investigación Científica de Francia, institución homónima y equivalente a nuestro amenazado CSIC –los titanes no quieran que desaparezca–, nos ofrece una lectura novedosa del paradigma prometeico. Él, como antropólogo que es, se sumerge en diversos recovecos de la historia que ponen de manifiesto la desmesura a la cual deliberadamente pretende aludir cuando menciona el nombre propio del titán. De ese modo, Prípiat, la ciudad fantasma que sirvió de residencia al personal de la central nuclear de la vecina Chernóbil (arriba en la foto), se convierte en una suerte de prólogo desde el cual desarrollar su idea primera tomando como punto de partida una paradigmática estatua que servía de pórtico a los Cines Prometeo antes de que en 1986 el desastre nuclear aniquilase cualquier forma de vida entre sus calles. Así y todo, la catástrofe no es otra cosa que la pretensión de dominar el átomo. Un posible resumen del dilema.
Empezando por mencionar a Descartes e insinuando que acaso la mayor desmesura humana sea la razón misma, Flahault tiene el convencimiento de que es imposible avanzar sin desprenderse de la tradición, lo que implica tomar una distancia propicia que nos permita dilucidar qué parte de Occidente no vemos en Occidente. Primer planteamiento. Porque, entre otras cosas, los mecanismos que explican el extraordinario desarrollo de de las sociedades modernas, su insaciable sed de energías, son los mismos que definen su tendencia a la autodestrucción. Desde este punto de partida traza un magistral recorrido usando un término tan en boga como mal entendido: la ecología. Ésta, entendida como un método de aproximación científica, resulta ser producto de una evolución de las metodologías, es decir, si anteriormente se estudiaban los organismos vivos (biología) sin intención de integrar el ámbito en el que se daban, ahora es la ecología la encargada de estudiar el entorno en el que estos organismos viven. Y no es baladí que fuera su tío-bisabuelo, Charles Flahault, el responsable de difundir el término tal y como ha de entenderse, además de fundar los primeros estudios sobre fitosociología que se conocen. Digamos que todo está relacionado, para acabar con el dilema.
Sin necesidad de entrar en casos concretos, el libro es fruto de una investigación atenta y pormenorizada, un generoso ensayo desde el que se esgrimen las más variadas cuestiones, pero sobre todo, es una contribución deliberada al mecanismo sostenible de la vida y las personas, de cómo una metodología puede ofrecer grandes resultados dependiendo del grado de acercamiento a las formas de la vida en toda su complejidad. Así, la llamada ecología comportamental, una rama que suele incorporarse dentro de la etología (encargada ésta de estudiar las costumbres) y que se centra en el comportamiento de organismos en relación a aquellos otros con los que convive, pretende ser la primera alternativa para explicar nuestros propios mecanismos, los humanos; insiste en ofrecer respuestas a cuantas maneras tenemos de hacer las cosas, de manejarnos entre la amalgama de seres distintos con los que nos rodeamos todos los días.
Prometeo. Philadelphia Museum of Art (Rubens)
Después de este discurso más propio de un naturalista que de un filósofo, Flahault reconduce su tesis hacia el problema de fondo. ¿Qué es Prometeo para él? ¿Qué representa culturalmente la figura del titán? Para darse a entender, pues la relación entre Prometeo y las desgracias a más de uno puede resultarle confusa, enfrenta los dos términos anteriores. Con una fórmula de moda: Prometeo vs. Ecología. Y en mayúsculas. No faltan las contradicciones, ahora veremos cuáles.
Mientras que Flahault atribuye a la Ecología los dones últimos y primeros por los que definir una existencia armónica, equilibrada y sostenible en su propio ecosistema, arrastra a Prometeo –era de esperar– al terreno del frenesí técnico acentuando su carácter industrial, tecnológico, en definitiva, capitalista. No obstante, y aunque parece que no es suficiente, su cara oculta revela la libertad, el progreso, la emancipación, la modernidad. Es aquí donde peca el autor de un tímido fundamentalismo al no profundizar más en el vínculo entre Prometeo y el capitalismo. A nuestro juicio, el aumento de producción y el aumento de consumo no explican cuál es la conexión entre ambos contrincantes. Las lindes del fenómeno socioeconómico y el mito griego parecen quedar, de ese modo, un tanto en el aire. Pero más allá de estos pequeños detalles, el planteamiento sigue siendo sorprendentemente lúcido para acabar siendo un auténtico tratado de antropología actual.
Sin detenerme más tiempo en los ejemplos, cierra el broche con un apunte extraordinario acerca de los errores del espíritu prometeico. Aquí Flahault se manifiesta preclaro en toda su complejidad y nos parece todo un acierto glosar ciertos paradigmas occidentales cuya repetición, de boca en boca, no ha hecho sino alimentar el error. Estos son los que dan sentido a todo el libro, a saber, que el ser humano no forma parte de la naturaleza, que elaboramos discurso sin tener en cuenta nuestra tendencia a la megalomanía, que negamos la realidad social frente al individuo que creemos autosuficiente y el hecho de creer que podemos enunciar un yo absoluto e incondicional. Para ello recurre a las premisas de no intervencionismo enunciadas por Milton Friedman; una utopía basada en la regulación libre que ya tuvo su concreción en los programas televisivos Free to choose (1980) en los que participó el mismo Donald Rumsfield y en los que se cuestionaba la teoría económica de la “mano invisible” de Adam Smith, sobre la que todavía muchos economistas arrojan ciertos recelos. No es gratuito recordar las palabras de Montesquieu: “El hombre tiende al abuso de poder. Avanza hasta que encuentra límites”. Conclusión: en el momento en que es posible abusar, se abusa. Porque una fuerza sólo se limita cuando halla otra fuerza que le obliga a hacerlo, es decir, una resistencia. Y así llega hasta esbozar el síndrome de hospitalismo, la importancia del cariño en la vida infantil. Un planteamiento intelectual verdaderamente formidable que tiene su mejor respuesta en la tesis fundamental de que la socialización es aculturación. Y termina con un repaso a la definición de “bien común” sugiriendo una nueva categoría reglada, la de los “bienes comunes vividos”. Si la primera procede del tenemos, la segunda parte del somos.
Quizás la intención de Flahault es desmontar de una vez por todas y desde la antropología esos pilares mal entendidos que la tradición esencialmente liberal romántica nos ha inculcado desde tiempos remotos. El atrevimiento del autor al concedernos una realidad más rica y vertebrada, más compleja pero a la vez más sostenible, más sencilla desde el punto de vista humano y temerosa de los mecanismos de industrialización, convierte este panfleto en un documento imprescindible desde el que reflexionar sobre nuestra realidad multiconectada. Pueden leer un fragmento del libro aquí.
Nunca nos quedan certezas, es más, a veces es lo único que poseemos. Nietzsche estaría orgulloso de que ciento cincuenta después le diéramos la razón a pies juntillas. Es lo que permanece. Y si de verdad existe la cara oculta de Prometeo, como así su autor quiere dar a entender, sofísticamente me resisto a pensar que algún día podamos llegar a conocerla. Mientras tanto siempre nos quedará la figura de Epimeteo y el deseo de flirtear con la caja vacía de Pandora en la que sólo se guarda la esperanza.
François Flahault. El crepúsculo de Prometeo. Contribución a una historia de la desmesura humana (trad. Noemí Sobregués). Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2013, 208 pp., 22 euros. ISBN 978-84-15472-35-3







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