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lunes, 7 de marzo de 2016

Francesca Woodman. La Fotografa Poeta que anticipo la Selfie

Murió en invierno, el 19 de enero de 1981, después de lanzarse al vacío desde el tejado de un edificio del East Side neoyorquino, víctima de una depresión. En ese momento nadie fue capaz de identificar aquel cuerpo, que yacía con el rostro desfigurado, el mismo que ella misma había retratado, una y otra vez, buscando dar voz a su arte y que hoy nos resulta tan familiar en su obra. Aquel día moría Francesca Woodman, la desconocida joven fotógrafa de 22 años. Nacía su culto.


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Francesca Woodman (Denver, 1958) dejaba tras sí una obra de gran poder poético que habla por sí misma. Más de 800 fotografías impresas, en las que normalmente aparece disfrazada o desnuda, como una figura semi-oculta, o como una presencia fantasmagórica, en silenciosas habitaciones abandonadas donde la arquitectura y los objetos circundantes parecen tener una presencia física más tangible que la suya propia. Su escenificación ha sido interpretada por algunos como un anticipo de su truculenta muerte, y ha dotado a su leyenda de un aura romántica y maldita que alimenta el misterio que se cierne sobre su figura.
Cuando se cumplen 35 años de su muerte, su obra se exhibe en el Foam Museum de Amsterdam, bajo el título de Francesca Woodman, On Being an Angel, en un exposición que alberga 120 fotografías y seis vídeos realizados durante su corta carrera. Su talento precoz ha sido reconocido, y bienvenido como una 'rara avis' dentro del panorama de la fotografía, donde hasta ahora no existían, como ocurre en la música y en la literatura, reconocimientos tan prematuros, y ha servido de inspiración a las generaciones venideras, así como de estímulo para sus coetáneos, Cindy Sherman, entre otros. “Es muy interesante la forma en la que explora la relación de su cuerpo con el espacio”, dice Kim Knopper, comisaria de la exposición, “su obra suscita mucha fascinación. Tuvo un estilo propio siendo muy joven lo que es muy destacable”. Aun así, hay quienes consideran que la obra está sobredimensionada y sublimada por una desgracia, y que es el fruto de una joven obsesionada por su imagen.
Camino del internado, a sus los trece años, su padre, George Woodman, pintor y fotógrafo, la regaló su primera cámara, una Yashica. La misma que utilizó casi siempre a lo largo de su prodigiosa trayectoria. Su madre, Betty Woodman, es también artista: ceramista y escultora. Fue en este entorno familiar tan creativo donde se le inculcó el arte como una prioridad, algo serio en la vida, valorado como una religión. “No hubiera sabido hacer otra cosas que ser artista. Era una artista sin remedio, aunque ella a veces lo dudase”, comenta Betsy Berne, su amiga y compañera del Rhode Island School Design de Providence y de sus últimos años en Nueva York. Francesca vivió varios años en Roma, de ahí las resonancias clásicas de su obra y su influencia del surrealismo, del que se empapó en sus frecuentes visitas a la Librería Maldoror, especializada en este movimiento, y del que también heredó su gusto por la literatura gótica, de donde proviene esa atmósfera fantasmal que envuelve a su fotografía. También se advierten influencias de la fotógrafa de moda Deborah Turbeville y del francés Duane Michals. En cualquier caso, aun bebiendo de distintas fuentes, la obra escapa a cualquier etiqueta y mantiene una extraña singularidad.


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“Es cuestión de conveniencia, siempre estoy disponible”, solía responder Woodman cuando se le preguntaba por su afán de retratarse. “Aunque a veces utilizaba modelos, para ella era más fácil trabajar sola”, señala su amiga Betsy, quien coincide con Knopper al no ver más rastro autobiográfico en sus imágenes que el inherente a toda obra artística. En cambio sí observan una búsqueda formal en sus intenciones. “Francesca era muy excéntrica, el tipo de persona que no deja indiferente, muy brillante, carismática y muy teatral. La gustaba mucho dramatizar y le afectaba todo profundamente. Era muy fuerte, aunque jugaba a ser frágil. Ahora cuando veo la interpretación que se está dando a algunas de sus fotografías me hace gracia. Era bromista y tenía un sentido del humor muy particular. No era tan seria como se la considera ¡Era joven!”, señala Berne. Aun así su público suele sentir verdadera intriga por los detalles autobiográficos que creen develar en la obra.
Una vez que acabó su formación académica se trasladó a Nueva York donde intentó abrirse camino como fotógrafa pero su reconocimiento tardó en llegar. “Era muy ambiciosa, tenía la urgencia característica de la juventud. Creo que establecía una competitividad con sus padres, quienes ya gozaban de cierto reconocimiento dentro del mundo artístico.” añade su amiga. “Tenía el reconocimiento propio de alguien joven recién salido de la universidad, comenzaba a exponer, pero su muerte prematura lo interrumpió”, matiza Kim Knopper. La ruptura con su pareja fue otro tropiezo en su camino, que desembocó en un primer intento de suicidio: diagnosticada con depresión, lo volvería a intentar cinco meses después. Esta vez no erró.
Al igual que el peso del suicidio ha condicionado y limitado la valoración de su obra, esta se ha visto, con frecuencia, asociada al movimiento feminista. “Estaba al corriente de las reivindicaciones del movimiento, pero no había ningún un propósito de manifestarse como una de ellas en su arte. Después de su muerte, algunas críticas de arte feministas han utilizado su obra en su discurso”, cuenta la comisaria de la exposición. “Lo que si considero importante es situar su obra a medio camino entre el performance y la fotografía. Sus obras funcionan a veces como fotografías y otras como documentos de un performance”.


En el documental de C. Scottt Willis,Los Woodmans, George Woodman hace hincapié en que fue quizás la excesiva vulnerabilidad de su hija el precio a pagar por la belleza de sus imágenes, subrayando que existe un riesgo psíquico en el arte. La tragedia de su hija es para él la mejor prueba de ello. Pero durante su vida Francesca Woodman supo ser la actriz de un drama que ella misma dirigía y mostraba con ambivalencia a través de una serie de imágenes en las que jugaba con aparecer y desaparecer. Era siempre un sí pero no, su explicita desnudez se contrarrestaba al esconder su rostro. Estaba presente al tiempo que se ocultaba. Knopper apunta a que su obra podría ser considerada como un 'preselfie', con un significado más profundo. Pero tal vez, en un época en la que abunda el exhibicionismo sin pudor en las redes sociales, sea más adecuado calificarla como el 'anti-selfie', ya que paradójicamente mostrándonos tanto de ella consiguió mantener el misterio; desvelando su alma, no su presencia ni su vida.



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